Golpe de Estado fallido en Turquía

“¿Cuándo, exactamente, empezó a descarrillar todo esto?”

“Hemos tomado el poder con el fin de proteger el orden democrático y mantener los derechos humanos”, exclamó una facción del ejército turco

El viernes pasado, Turquía se vio sumida en el caos.

“Hemos tomado el poder con el fin de proteger el orden democrático y mantener los derechos humanos”, exclamó una facción del ejército turco.
“El imperio de la ley democrática y secular se ha visto erosionado por el actual gobierno. Pondremos en vigencia una nueva constitución”, se indicó en un comunicado del grupo militar, leído por un presentador del canal nacional de televisión.
“La sublevación por parte de los militares golpistas ha sido sofocada”, afirmó el gobernador de Estambul, Vasip Sahin, aunque continuaban los enfrentamientos entre golpistas y partidarios del gobierno.
“El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas turcas, Hulusi Akar (del que se había comentado que había sido secuestrado por los golpistas), continúa ejerciendo sus funciones”, aseguró un oficial de Inteligencia Nacional de Turquía, Nuh Yilmaz.
“Estamos analizando la posibilidad de una intentona, nada podrá perjudicar la democracia turca”, se indignó el primer ministro turco Binali Yildirim.
“Aquellos que participen de este acto ilegal pagarán el precio más alto”, advirtió Yildirim.
“Vamos a limpiar nuestro ejército de traidores. Han levantado las armas contra el pueblo. Habrá muchas detenciones en nuestras fuerzas armadas, incluidos en los puestos más altos”, sentenció el presidente Recep Tayyip Erdogan.

El presidente Recep Tayyip Erdogan ha aterrizado en el aeropuerto de Estambul. El intento del golpe militar, que se produjo la noche del viernes, ha fracasado.

Líderes de la oposición que, en el pasado, se habían opuesto al gobierno de Erdogan, se manifestaron también contra el golpe.

En Washington, el presidente Barack Obama pidió a todos los partidos apoyar al presidente legítimamente electo de Turquía.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a la cual pertenece Turquía, pide total respeto a las instituciones democráticas.

Fethullah Gülen y kurdos

El presidente Erdogan acusó a Fethullah Gülen de ser el responsable por el golpe. Se trata de un “carismático predicador musulmán que construyó desde su autoexilio, en los Estados Unidos, un movimiento político religioso, social y económico con un asombroso poder de movilización en Turquía y en más de ciento treinta países, de consecuencias impredecibles”, explicó Pablo Kendikian, director de la Agencia Prensa Armenia y autor de un libro sobre Gülen.

Gülen, en todo caso, condenó “en fuertes términos el intento de golpe militar en Turquía” en una declaración citada por el sitio web del movimiento Alliance for Shared Values, inspirado por él.
Erdogan y Gülen fueron socios políticos hasta 2013, cuando la alianza se rompió luego de que los partidarios de Gülen dieran a conocer una serie de documentos sobre corrupción en el gobierno de Erdogan, que era entonces Primer Ministro.

Según la prensa inglesa, Erdogan y Gülen sufrieron en mano de los militares y trabajaron juntos para desechar la influencia que entonces estos tenían en la política turca; “pero tan pronto Erdogan no necesitó a los seguidores de Gülen se volvió contra ellos, confiscó sus negocios y bienes, los arrestó con cargos falsos, llamándolos terroristas”.

Según la agencia de prensa armenia, “años atrás, Gülen y Erdogan formaron parte de la trama Ergenekon, un plan mediante el cual se descabezó la cúpula de las Fuerzas Armadas, defensoras del orden laico en el país, y que sirvió también como instrumento para perseguir a los opositores de la idea de la islamización del Estado turco”.

Por otra parte, para la Unión de las Comunidades del Kurdistán (KCK), representante del movimiento kurdo, el gobierno del AKP, partido de Erdogan, es “fascista”.

La situación, enuncia un comunicado del KCK, es la prueba de la falta de democracia en Turquía, donde “un poder autoritario intenta un golpe para derrocar otro poder autoritario (…) Eso es lo que ha pasado en Turquía”, segura. El pueblo kurdo “está bajo un ataque sin precedentes, genocida, fascista y colonialista en el Kurdistán”.

Se trata de una largo conflicto, de un pueblo repartido entre Turquía, Irak, Irán y Siria pero que, a finales de los años 90, vio destruido cerca de tres mil ciudades y localidades kurdas por el ejército turco.

¿Cuándo empezó?

“¿Cuándo, exactamente, empezó a descarrillar todo esto?”, se preguntó Michael Rubini, un académico que trabaja en el American Enterprise Institute, autor de un libro sobre el Kurdistán.
En un artículo publicado en la revista Foreign Policy de este mes, Rubini relató cómo Erdogan llegó a acaparar el poder en Turquía. Es una vieja historia que se repite en todas partes.

Su partido, Justicia y Desarrollo (AKP), llegó al poder en noviembre del 2002, con 34% de los votos, no porque un tercio de los turcos apoyaran su posiciones conservadoras en temas religiosos y sociales, sino porque querían un cambio, afirmó.

Los años anteriores se habían caracterizado por escándalos de corrupción, crisis bancaria y la caída del valor de la lira turca.

Para evitar la fragmentación del parlamento, que hacía muy difícil formar gobierno, en 1982 los militares habían impuesto en la constitución una norma que excluía del parlamento los partidos que no alcanzasen 10% de los votos. En 2002, cinco partidos quedaron entre 5% y 9% y, por lo tanto, sin representación parlamentaria.

Sus votos se redistribuyeron entre los demás partidos, y el tercio de votos del AKP se transformó en dos tercios. “Eso les permitió hacer prácticamente todo lo que querían”, comentó Rubini.
Erdogan estabilizó la lira. Eliminó seis ceros de la moneda, promovió una agenda favorable a los negocios, haciendo más fácil invertir en Turquía.

La deuda pública del país es muy reducida –cerca de 33% del Producto Interno Bruto–, pero la privada se ha disparado, según los analistas.

Entonces, apareció la “arrogancia de Erdogan”, opinó Rubini. Mientras ganaba elección tras elección, rechazó el secularismo que había impuesto hace más de 90 años el líder del país y fundador de la República, Kemal Ataturk, reivindicando haber crecido en una “generación religiosa”.

Estableció el control de la prensa y, contra su promesa de evitar problemas con los vecinos, buscó en los grupos islámicos como Nusra y Estado Islámico instrumentos para combatir a los kurdos de Siria y al presidente de ese país, Bashar al-Assad.

Prometió paz, pero su política aisló Turquía en el Oriente Medio y la alejó de Occidente, se lamentó Rubini.

Erdogan atrajo una amplia gama de apoyo en los primeros años de su gobierno, incluyendo muchos liberales que respaldaron sus planes de reforma de la economía y de remoción de los militares de la política.

En años recientes, alejó a muchos turcos con sus políticas crecientemente autocráticas, aplastó la libertad de expresión, impuso un papel importante de la religión en el vida pública y renovó la guerra contra los kurdos en el sudeste del país, afirmaron los corresponsales del New York Times, Tim Arango y Ceylan Yeginsu.

Hecho añicos

¿El golpe era inevitable?, se preguntó Rubini. No, afirmó. Aunque si Erdogan sobrevive, la fracasada rebelión podría contribuir a acelerar su caída.

Según los periodistas del NYT, el golpe representa un dilema para los Estados Unidos y Europa: ¿Apoyamos un golpe no democrático o a un líder cada vez menos democrático?

Con todas las crisis del Medio Oriente, la administración Obama descansaba en el hecho de que había un hombre fuerte democráticamente electo, un incondicional miembro de la OTAN, del que Washington podía depender: ¡el presidente Erdogan de Turquía!

Ya no queda nada de eso, está todo hecho añicos.

Ahora, una espiral de violencia amenaza con terminar en una sangrienta guerra civil, en opinión del exembajador de Estados Unidos en Turquía y funcionario del Pentágono durante la administración de George W. Bush, Eric S. Edelman.

Los acontecimientos del viernes podrían poner en aprietos algunas de las prioridades de la política de Estados Unidos y Europa en la región.

“Ellos confiaban en Turquía para ayudar en la batalla contra el Estado Islámico, para detener el flujo de migrantes desde Siria y para alojar las agencias de inteligencia norteamericanas y de la OTAN para enfrentar las rebeliones en Oriente Medio”.

No hace mucho, Turquía era citada en Washington como modelo de estado islámico, un país en el que, como Indonesia, se “podía encontrar el justo equilibrio entre un islamismo moderado y la democracia”.
Es evidente que esas esperanzas han desaparecido, tanto en Turquía como en Indonesia, donde un nuevo gobierno también se inclina hacia una mayor preponderancia religiosa.

Los europeos, por su parte, que hace unos meses negociaron con los turcos la entrega de $6.000 millones (y la promesa de acelerar las negociaciones para su ingreso a la Unión Europea) para encargarse de los refugiados sirios, miran con horror las consecuencias de este intento de golpe.

Erdogan tiene muchos enemigos. También tiene apoyos, incluyendo un sector importante de los turcos que salió a las calles, a su llamado, para enfrentar a los golpistas.

Entre los enemigos, están el presidente egipcio, Abdel Fattah el-Sisi, y el sirio, Bashar al-Assad. Estaba enfrentado también a Rusia, desde que derribaron un avión de ese país que atacaba posiciones del Estado Islámico en Siria.

Esto, sin embargo, parece haber cambiado, luego que Erdogan pidió finalmente –siete meses después– disculpas a su colega ruso, Vladimir Putin, a fines del mes pasado. Algo que, en opinión de la especialista Marwa Osman, citada por la agencia rusa RT, resulta significativo, cuando “la guerra de Siria amenaza más que nunca con extender a Turquía”.

No hace falta mucho más para entender la gravedad de lo ocurrido y la importancia de ese nuevo factor de inestabilidad en una de las regiones más inestables del mundo.


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