Boris Johnson

Brexit es el amanecer de una nueva era. ¿De cuál?

El gobierno de Boris Johnson deberá enfrentar la posibilidad de que se establezca nuevamente la frontera entre las Irlandas y el resurgimiento de los aires de independencia de Escocia, que votó contra el Brexit.

En la tarde del viernes, a horas de la entrada en vigencia del acuerdo con el cual el Reino Unido ponía fin a su pertenencia a la Unión Europea, el primer ministro Boris Johnson celebró previendo que el Brexit será “el amanecer de una nueva era”. Un análisis cuidadoso muestra que la duda es pertinente: ¿de cuál era?

Entusiasta partidario del Brexit y conservador, Johnson arrasó en las elecciones del pasado diciembre, resultado que puso fin al impasse en que se mantenían las negociaciones en un parlamento dividido ya no solo por discrepancias partidarias, sino por una creciente polarización en torno al Brexit.

La caja de Pandora

La emoción (o la conmoción) provocada por la retirada del Reino Unido de un acuerdo que ha sido presentado a los ciudadanos europeos como el camino del futuro quedó patente en la sesión en que el Parlamento Europeo aprobó, el pasado 29 de enero, los términos de separación negociados con los británicos.

La conmovedora Auld Lang Syne —la canción con la que los escoceses despiden a los amigos— sonó en la sala del Parlamento Europeo, luego de votada la separación, cantada por los más de 700 parlamentarios.

Pero la conmoción apenas empezaba.

“Si Usted piensa que los brexiters están enojados ahora, solo espere hasta que las maravillas prometidas por el Brexit fracasen”, podía leerse en las páginas del Independent de Londres, el pasado domingo.

Lo que sigue ahora, de aquí hasta fin de año, será el verdadero Brexit. Se trata de negociaciones sobre los detalles de la separación, que incluyen desde materias financieras o comerciales hasta derechos de pesca, tema particularmente sensible en el caso del Reino Unido.

“Decimos adiós a un amigo que se embarca en una aventura. Ojalá les vaya bien, pero, si no, siempre habrá una silla en la mesa para ellos”. La frase es de Leo Varadkar, jefe de Gobierno de Irlanda.

“Sin una cancha pareja en temas ambientales, laborales, tributarios y ayuda pública no podrá haber acceso del más alto nivel al mercado único”, Comisión Europea.

Entre los muchos temas sensibles que las negociaciones deberán resolver, lo de la frontera entre las dos Irlandas no es el menor. La posibilidad de que se restablezca una frontera entre Irlanda del Norte —integrante del Reino Unido— y la República de Irlanda —miembro de la UE— amenaza con hacer resurgir también un conflicto que los desangró durante 30 años (1968-1998).

El tema del control de esa frontera, sobre todo del tránsito de mercancías, ya confrontó al primer ministro Johnson con el jefe negociador europeo, el francés Michel Barnier. Se trata de la exigencia de la UE de que se establezca un control sobre los productos provenientes de Irlanda del Norte antes de que ingresen al resto del Reino Unido: Inglaterra, Escocia y Gales.

“Terminó la primera fase y todo está por reconstruir”, advirtió Barnier. El Reino Unido y la Unión Europea corren el riesgo de una ruptura brutal si no logran, antes de fin de año, un acuerdo sobre su futura relación luego del Brexit. El nivel de acceso de los productos británicos al mercado único europeo será proporcional al grado de respeto que muestren por las normas europeas, en particular en cuanto a las “ayudas estatales”, agregó.

En una carta publicada en diversos periódicos del continente la semana pasada, la presidenta de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen, y los presidentes del Consejo Europeo, el francés Charles Michel, y del Parlamento, David Sassoli, también advirtieron a los británicos: la naturaleza de las relaciones en el futuro dependerá de los acuerdos que se adopten en los próximos once meses.

“Sin libertad de tránsito de personas no podrá haber libre movimiento de capitales, bienes y servicios. Sin una cancha pareja en temas ambientales, laborales, tributarios y ayuda pública no podrá haber acceso del más alto nivel al mercado único. Sin ser miembro, no se pueden retener los beneficios de la membresía”, le recordaron a los británicos.

Un problema complicado. El Reino Unido nunca se sumó a la zona del euro ni al acuerdo de Schengen sobre libre circulación de personas en el espacio europeo. Las presiones migratorias recientes hicieron el tema particularmente sensibles para los países europeos y uno de los argumentos de los partidarios del Brexit era que, con el retiro de la UE, el control de sus fronteras seguiría en manos del Gobierno británico.

Pero Johnson ya anunció también que el Reino Unido se resistirá a adoptar las normas europeas en materia social y ambiental.

Historia antigua

El Brexit remueve viejas historias políticas europeas, incluyendo el complicado relacionamiento de Inglaterra con el continente. Hurgando en el pasado, nadie puede sorprenderse de la decisión de los ciudadanos ingleses, ni de los renovados conflictos en sus relaciones con las otras tres repúblicas que conforman en Reino Unido.

“Durante casi la mitad del milenio pasado el objetivo de la política exterior británica fue evitar el surgimiento de una única potencia dominante en la Europa continental, y el liderazgo asumido por Alemania en la Europa actual no puede ser visto por los estadistas ingleses más que como un fracaso de esa política”, recuerda Paul Lever, exembajador inglés en Berlín (1997-2003).

Una idea que retoma el exsecretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, en su notable libro Un mundo restaurado, sobre la Europa de la primera mitad del siglo XIX, después de las guerras napoleónicas. Para una potencia insular como Gran Bretaña —diría— un continente unificado bajo un solo gobierno representaba una amenaza mortal. El encargado de evitar esa tragedia fue el Secretario británico de Exteriores, Lord Castlereagh, y la figura clave en las negociaciones, el responsable de apagar el fuego de los disturbios sociales y restablecer el equilibrio de fuerzas en una Europa azotada por las guerras napoleónicas, fue su colega austríaco, el príncipe Metternich.

Con el Brexit ya aprobado, Lever publicó, en 2017, su libro Berlin Rules. Ahí explica su punto de vista sobre cómo las formas de integración europea fueron transformando el ordenamiento económico, político y social del continente en una copia del modelo alemán.

“Ahora estamos hablando alemán”, se titula el primer capítulo de su libro. A partir de ahí va analizando cada aspecto de la construcción europea, hasta la entrada en vigencia, en 2013, del Pacto Fiscal Europeo. Era lo que el Gobierno alemán venía exigiendo desde hacía tiempo: presupuestos balanceados, límites a la deuda pública y al déficit fiscal. Gran Bretaña no firmó el pacto; como tampoco había adoptado el euro, ni sumado al Acuerdo de Schengen por el cual 26 países europeos eliminaron los controles en las fronteras comunes.

¿Cómo extrañarse ahora de que los británicos reivindiquen su derecho a decidir en materias económicas y a mantener el control de sus fronteras? El Brexit solo puede sorprender a quienes se olvidan de los viejos intereses británicos, por más que el mundo haya cambiado.

Escocia

Si el Brexit renueva tensiones en la frontera entre Irlanda e Irlanda del norte, no menores son las que surgieron con Escocia.

Con una amplia mayoría a favor de permanecer en la Unión Europea, el tener que irse obligada por el voto mayoritario del Brexit en Inglaterra renueva las pretensiones independentistas de los escoceses.

“Esta noche sacarán a Escocia de la Unión Europea en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de la gente de Escocia”, dijo el viernes pasado la jefe del Gobierno escocés, Nicola Sturgeon, líder del Partido Nacional (SNP).

El 62% de los votantes escoceses votó contra el Brexit en el referéndum del 2016. Sturgeon habló de la tristeza y la ira que el Brexit provocó entre sus paisanos. “Es el momento de centrarnos en renovar nuestra fortaleza para asegurar nuestro derecho a elegir y ganar la independencia de Escocia”, afirmó, en un discurso pronunciado en Edimburgo.

El tema es particularmente sensible no solo para el Reino Unido, sino también para países como España (que enfrenta el desafío secesionista de Cataluña), o de Francia, o Italia, donde también existen tendencias separatistas. Algo de lo que no parece darse cuenta el polaco Donald Tusk, un conservador que presidió el Consejo Europeo hasta noviembre pasado.

“Escocia sería recibida con entusiasmo por la Unión Europea si se independiza del resto del Reino Unido”, dijo Tusk a la BBC el fin de semana pasado. Una afirmación “irresponsable”, según el ministro británico de Exterior, Dominic Raab.

Parece cierto que amanece una nueva era. Con tantos temas polémicos pendientes, es menos claro qué era será esa.

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