Iglesia pide que se reanude el diálogo y la negociación

Frente a crisis en Nicaragua: “Solo tenemos futuro si actuamos como una sola región”

UNIVERSIDAD entrevistó al primer cardenal salvadoreño, Gregorio Rosa Chávez,_quien explicó la posición de la Iglesia Católica ante la convulsión social y política que vive Nicaragua.

Para el primer cardenal salvadoreño, Gregorio Rosa Chávez, la situación que vive Nicaragua es un retroceso en todo sentido, con lo que él denomina un pueblo dividido y mentes envenenadas, donde urgen el diálogo y la sensatez.

Es una realidad muy cercana para el purpurado, quien fue discípulo de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, el obispo que fue asesinado por defender al pueblo durante la crisis armada de los años ochenta en El Salvador. Además, Rosa Chávez participó activamente en las negociaciones de paz.

En el marco del Simposio internacional en honor a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, denominado “Vida, obra y su impacto en la Centroamérica de hoy” y organizado por la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica (UCR), el cardenal salvadoreño visitó Costa Rica para contar su experiencia al lado del obispo.

UNIVERSIDAD conversó con el cardenal Rosa Chávez sobre la posición de la Iglesia Católica en el conflicto que se vive en Nicaragua y el apoyo que reciben de otros países; sobre todo, desde la experiencia que se vivió en El Salvador durante la época de conflicto armado.

El cardenal ha hecho referencia, en diversos medios informativos, a que los dirigentes católicos de los países centroamericanos se mantienen en solidaridad con todo el pueblo nicaragüense

“La Iglesia Católica de El Salvador pide a las autoridades de Nicaragua que prevalezca el diálogo para evitar que más personas sigan perdiendo la vida. Nos unimos al llamado del Papa Francisco y de su representante en Nicaragua en favor de una tregua y a volver a la mesa de diálogo, pues creemos que es la única salida viable a este conflicto”, afirmó.

A continuación, un extracto de la conversación con el cardenal salvadoreño.

Desde su experiencia de haber acompañado a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, compartir su lucha y ser parte de las negociaciones de paz en El Salvador durante los años ochenta, ¿cómo ve lo que sucede en materia de violencia en Centroamérica y específicamente en Nicaragua?

–Para analizar esta situación debemos ubicarnos, como contexto, en el período de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. En los años setenta, Centroamérica se encontraba con una gran convulsión social y ese proceso nació como obispo y más adelante como arzobispo, cuando tuvo que enfrentar una situación muy difícil en El Salvador.

Monseñor Romero se vio obligado a defender al pueblo y eso le costó la vida. Ahora, si nos pasamos al contexto de Nicaragua, se observaba un gran parecido, pues en tiempos de la guerra había una batalla entre dos bloques –soviético y norteamericano– y ambos enviaban armas al país vecino, mientras que en El Salvador todos eran salvadoreños. Iniciamos el diálogo en El Salvador en 1984 y duró cinco años; en ese tiempo, fallecieron muchas personas. Entonces es impresionante como la gente tiene que pagar con la vida lo que son las ideologías y la lucha por el poder.

Dicho esto, pasamos a la problemática de Nicaragua, pues la Iglesia Católica insiste en establecer el diálogo y propuso medidas para dar al proceso legitimidad, pero el Presidente deslegitimó a los obispos, los llamó golpistas y otro tipo de insultos. Eso pasa cuando uno está en este trabajo.

El Papa repite constantemente la consigna de imponer el camino del diálogo; incluso, el Nuncio llamó a una tregua, pero no es nada fácil, porque lo que quieren es aferrarse al poder y la democracia definitivamente es otra cosa.

Para usted, que está vinculado desde su posición de cardenal con los demás países, ¿cómo ha sido el papel que ha venido jugando la Iglesia Católica en Nicaragua y qué tipo de represión han recibido?

–Duele mucho cuando un pueblo está dividido, con la mente envenenada y eso nos tocó a nosotros en El Salvador. En tiempos de Monseñor Romero hubo una campaña permanente contra la Iglesia de parte del Gobierno en los medios de comunicación; incluso, actualmente muchas personas siguen creyendo las historias que contaban. Por ejemplo, que Monseñor daba la misa con una pistola en la cintura; eso indica cómo envenenaron la mente de las personas, y todavía tienen la duda si era cierto o no.

Es el mismo pueblo, hermanos contra hermanos. ¿Cómo hacer para que ese pueblo pueda vivir en paz, libertad y democracia? ese es el dolor de un pastor. Ahora cuando uno actúa, lo sitúan en un lugar, pues la ideología de fondo divide en dos bandos, pero no puede uno dejar de dar el servicio, aunque eso le cueste, incluso, la vida. De hecho, hay peligro para los pastores en Nicaragua, peligro real, por eso pedimos que la sensatez impere, que las razones se impongan sobre las balas, aunque repito que no es fácil cuando hay que tomar una posición, pero no se pueden hacer concesiones.

¿Cómo vería Monseñor Romero esta situación que vive Nicaragua?

–Cuando fuimos a Roma con el cardenal Brenes de Managua hablamos sobre estas cosas, y tuve ese sentir que Monseñor Romero estaba cerca de ellos, pues ellos han actuado como él lo hizo, pero no de forma independiente, sino como todo un cuerpo de pastores, con esa fortaleza y compromiso.

Hemos rezado por ellos, para que el proceso de paz prospere, porque la paz es un tesoro que no tiene valor; por tanto, cualquier precio que se pague es poco, y esperamos que Dios ayude para que se ablanden las resistencias y se avance a través de la razón y no la fuerza.

Al conversar con el cardenal Leopoldo Brenes de Managua, ¿qué noticias son las que le contó sobre la situación actual en Nicaragua?

–Esta rebelión de la gente no se esperaba, ni que fuera tan masiva, mucho menos que la Iglesia Católica acompañara al pueblo, tampoco se esperaba; eso no estaba en los cálculos políticos que se habían hecho. Ante esta realidad, hay una reacción desmesurada y desproporcionada, que se evidencia en las noticias que se ven en las redes sociales; entonces, ¿cómo lograr abrir paso a la razón en ese clima tan polarizado? Uno va a ser atacado si está con ese deseo de ayudar, incluso podría ser perseguido, pero los obispos lo tienen muy claro.

El Papa los ha orientado y es un trabajo muy heroico y arriesgado, ellos están abriendo sus puertas y no pueden hacer otra cosa al ver que la gente sufre. Lo mismo hizo Monseñor Romero y el precio fue su vida.

En Costa Rica no hemos visto ni una posición muy clara de la Iglesia Católica, ni una sanción contundente a lo que sucede en Nicaragua, mientras los sacerdotes en el país hermano están jugando este papel histórico. ¿Cuál es el mensaje que está emitiendo el Papa y que en consecuencia debería ser la posición en nuestro país?

–Hicimos un mensaje de apoyo a los obispos de Nicaragua con fecha al 19 de julio y la dimos a conocer a través de la Conferencia Episcopal, porque nosotros vivimos una experiencia tan parecida, de dolor y martirio, entonces no nos cuesta entenderla.

Sobre este tema, le puedo contar una anécdota de un obispo costarricense cuando comenzamos a hablar sobre el martirio. Este se levantó y frente a toda la gente dijo que estaban demasiado chineados y acomodados. Pero para nosotros es más sencillo comprenderlo, porque lo vivimos.

La situación que viven los obispos en Nicaragua es un riesgo y lo saben; son un ejemplo al mundo, aunque a mí me conmueve y me obliga a revisarme en mis actitudes.

Centroamérica venía avanzando con un proceso de paz; se logró cierta estabilidad económica y política, pero la pobreza y la violencia se quedaron rezagadas, y ahora vuelve un conflicto de esta índole a la región. ¿Considera usted que estamos retrocediendo?

–Hay una cosa básica: nosotros solo tenemos futuro como región, unidos. En la Iglesia Católica, desde el año 1942, nos reunimos cada uno o dos años; somos amigos, nos conocemos, tenemos un espacio de diálogo y sabemos que tenemos que buscar un futuro como región, no como países independientes.

Costa Rica impulsó una América sin armas y el Esquipulas II, pero se estableció un cambio que fue frágil, con instituciones que se tambalean por tanta corrupción. Por ejemplo, en El Salvador hay un presidente preso y otro con orden de captura; otros dos expresidentes costarricenses estuvieron en la cárcel. Entonces, nos preguntamos: ¿qué está pasando en la sociedad? Hay una alta corrupción e impunidad y se oyen quejas en todos los países sobre la alta decepción que hay con el sistema político. Los dirigentes de la sociedad debemos transformar esta realidad y esto supone un proceso que comienza en el corazón de la gente.

Toda vida vale, pero hay una tendencia a querer bienestar, en el sentido de que nadie me estorbe y esa es la cultura, pero debemos tomar conciencia para recuperar los valores y eliminar la indiferencia y el excesivo consumo.

En el fondo, este drama nicaragüense es un reto para nosotros de volver a ser prójimo.

¿Cuál debería ser la posición de la Iglesia Católica para acompañar este proceso de cambio, no solo de Nicaragua, sino de toda Centroamérica?

–El Papa lo dice con una comparación muy bonita: “el pastor debe ir delante del rebaño, en medio y detrás. Adelante para abrir camino; en medio para ver lo que pasa en el pueblo; y atrás para ver que nadie se quede rezagado”.

Para eso hay que saber para dónde vamos, qué futuro, qué proyecto de nación hay y respetar el ritmo de la gente.

¿Desde dónde deberían jugar este rol los miembros de la Iglesia Católica?

–La Iglesia somos todos y, para que el mundo cambie, primero tenemos que cambiar nosotros.



Sobre el cardenal

Gregorio Rosa Chávez, nació en 1942 en el departamento de Morazán en El Salvador. Es un obispo católico y se convirtió recientemente en el primer cardenal salvadoreño.

Se formó en el Seminario Menor San José de la Montaña y estudió Filosofía, Teología y Comunicación Social.

Fue uno de los sacerdotes más cercanos a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, quien fue asesinado durante la crisis armada en El Salvador por tomar posición a favor del pueblo.

Rosa Chávez fue nombrado obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San Salvador, en el año 1982, es Presidente de Cáritas para América Latina y el Caribe, y ha sido uno de los principales propulsores de la canonización de Monseñor Romero.

En mayo de 2017, el Papa Francisco anunció que el obispo auxiliar se convertiría en el primer cardenal de El Salvador y en junio del mismo año le impuso la birreta cardenalicia.



 

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