Las trampas del hogar

En Apego, la sobria película de Patricia Velázquez, encontramos un nuevo abordaje para asuntos y motivos que se han convertido en frecuentes en la cinematografía nacional.

Los primeros sonidos e imágenes de Apego, el nuevo largometraje de Patricia Velázquez, se prestan para el equívoco: pasajes de una vieja película familiar, en los que aparece en blanco y negro, lejano en el tiempo y el espacio, Chile y las gentes que lo habitaban, al tiempo que suena “Mira niñita”, de Los Jaivas.

La narración nos conduce de inmediato al presente: un encuentro familiar; una decena de personas, tres generaciones. La ocasión merece una fotografía: “Se la podríamos enviar a los familiares en Chile”, dice el patriarca, con un claro acento chileno. Se trata de una apertura que parece introducir un relato nostálgico, sobre la patria que se abandonó y recuerda y sobre la vida en el exilio. Algo hay de esto. Sin embargo, conforme la narración avanza y acompaña a tres de los asistentes de este encuentro familiar, resulta evidente que son otras las prioridades.

Las suertes de tres personajes se cruzan en Apego: las de Julia (la actriz Teresita Reyes) y Andrés (Leonardo Perucci), exiliados chilenos, con más de 40 años de radicar en Costa Rica, y la de su hija Ana (Kattia González), arquitecta y madre de dos niñas, recientemente divorciada. Mientras que la madre descubre las redes sociales y recupera el contacto de un amigo de su juventud, el padre se prepara para pensionarse y se encuentra huérfano de motivos. Ana es testigo excepcional de ambos procesos, pues sus hermanos le han delegado tácitamente la responsabilidad de velar por los padres. Por supuesto, tiene también por qué preocuparse: la relación con su exmarido y las obligaciones que vienen con la maternidad coinciden con dificultad con las oportunidades laborales que se le presentan.

Segundo largometraje de Patricia Velásquez, después de Dos aguas (2015), Apego explora con agudeza las trampas del afecto y del hogar, en particular las que vienen con el cumplimiento de los roles de madre, hija o pareja. Lo hace con una propuesta casi siempre sobria, sensible en no pocas oportunidades, ajena al ruido y al lucimiento, pero también a la cadencia contemplativa que ha caracterizado una parte del cine latinoamericano contemporáneo.

Tres que son uno

Apego es una película de personajes, y la construcción de estos resulta casi de manual: no hay frase, gesto o acción que no describa el carácter de uno (Ana corta la ropa que el exmarido dejó en casa) o prepare al público respecto a las decisiones que tomarán (Julia habla sobre la nieta, pero Andrés prefiere leer e ignorarla). La fotografía de Alejo Crisóstomo opera en consecuencia: prescinde prácticamente de primeros planos que separen a los protagonistas de su contexto y privilegia los planos de conjunto, mediante los cuales da cuenta de la interacción entre los sujetos, o entre estos y su entorno. Esta decisión supone, además, no forzar la cercanía con los espectadores: que estos cuenten con cierta libertad para forjarse un juicio respecto a Ana, Julia y Andrés.

Se trata de un filme de lo doméstico y la dirección artística de Olga Madrigal, también de manual (correcta, quizás poco imaginativa), responde a los mismos objetivos que la fotografía, y participa de la construcción de los personajes a partir de los detalles en la casa de los padres, el estrecho apartamento de Ana o su lugar de trabajo.

El guion, también de Velásquez, divide el relato en tres “capítulos”: “Julia”, “Ana” y “Andrés” (en ese orden). El desarrollo del relato hace parecer innecesaria la segmentación: se trata, casi siempre, de Ana, quien padece las tribulaciones de sus padres, al mismo tiempo que enfrenta las propias.

No es infrecuente que un relato fílmico reúna diferentes líneas argumentales. Ocurre así en Apego: una línea es el renacimiento vital de Julia; otra, la caída en la depresión de Andrés; la tercera, la fatiga y la desilusión de Ana. Tampoco es infrecuente que de la pugna entre estas líneas surja una como la hegemónica, dejando a las otras como una suerte de comentario o contrapunto rítmico o temático. Así ocurre en el filme de Velásquez, y esto suscita otro equívoco: como con las primeras imágenes, que insinuaban un ir hacia adelante con la mirada puesta en el retrovisor (es decir, el pasado), la división en capítulos sugería una equivalencia entre las historias de los personajes, o al menos la alternancia de sus perspectivas, pero es finalmente la suerte de Ana la que interesa a la narración, y es su punto de vista el privilegiado.

Estos que llamamos equívocos no se convierten, sin embargo, en un lastre para el relato. Muy pronto resulta claro que las historias de Julia y Andrés, con todo el interés que pueden suscitarnos —y pese a que es la incursión de la madre en redes sociales la que detona el conflicto—, no tienen otra función que dibujar mejor la aventura emocional de Ana. La centralidad de la hija es clara no solamente por el tiempo en pantalla (pocas las escenas en las que se ausenta) y el rol que desempeña (protagonista, testigo e interlocutora de los padres), sino porque es el personaje al que le parece permitida la memoria (protagoniza los flashbacks) y la imaginación (la única secuencia onírica).

Romper ataduras

Hemos dicho que Apego es un filme de lo doméstico. Lo sugieren las primeras imágenes (la reunión familiar, los recuerdos del antiguo hogar: América del sur) y lo confirman los conflictos a los que deben hacer frente los personajes. En este sentido, parece dar continuidad a una parte importante de los largometrajes costarricenses estrenados en los últimos veinte años, como Mujeres apasionadas (2004), de Maureen Jiménez, A ojos cerrados (2010), de Hernán Jiménez, o El compromiso (2011), de Óscar Castillo.

No obstante, no es un filme sobre el ayer, que es eso que convierte una casa en un hogar, y un país en una patria. En efecto, mientras en estos y otros filmes costarricenses el pasado y la casa de los padres se erigían como espacios deseables, por conservar o reconquistar, en Apego estos son un lastre para la sanación y el crecimiento de los personajes de Ana, Julia y Andrés. No hay “hogar, dulce hogar” en Apego: el de Julia y Andrés se derrumba (si no es que no fue un simple simulacro), el de Ana no es más que un apartamento colmado de prisas y disgustos.

Las tensiones entre el pasado y el presente tienen por correlato los desencuentros entre lo privado y lo público (o entre lo doméstico y lo profesional), y la hija tiene la lucidez de reconocer dichas fricciones en la historia de sus padres (ella, ama de casa; él, profesor de historia o políticas…, es decir, especialista de lo público), para a continuación decidir sobre su propia circunstancia.

Apego se convierte así en un filme desafiante: no hay apego a una casa que ya no es hogar ni nostalgia por una patria que valgan la felicidad de un ser humano. El hecho de que cobren conciencia de esto los personajes femeninos (Julia y Ana) —quienes, como explicita el relato, siempre son las primeras de las que se esperan los sacrificios—, subraya el carácter feminista del largometraje de Velásquez.


<em>Apego</em>

Realización, guion y edición: Patricia Velásquez.

Fotografía: Alejo Crisóstomo.

Música original: Óscar Herrera. Con Kattia González, Teresita Reyes, Leonardo Perucci, Luis Carballo, Janko Navarro, Zoé Arguedas.

Costa Rica 2019.

80 minutos.


 


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