Cineasta Patricia Howell:

Cortometraje Lobas libera a mujeres de los mandatos machistas

La cineasta Patricia Howell revisita el libro Mujeres que corren con los lobos para contar su propia versión de la libertad femenina.

En el cortometraje Lobas, Patricia Howell dialoga con el libro Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés, para recuperar “mi derecho a no ser una mujer domesticada”.

Así lo expresó durante una entrevista con UNIVERSIDAD, a propósito de su película de ficción recién terminada y que comienza a circular en el país.

Howell es una de las pioneras del cine nacional, dio sus primeros pasos en el Centro Costarricense de Producción Cinematográfica y del cual llegó a ser su primera directora mujer.

En sus años de juventud, estudiaba periodismo y fotografía y escribía poesía, “pero sentía que algo me hacía falta, me sentía disgregada”. En ese momento, entró en contacto con el cine.

Sacar a esa “loba salvaje” que todas llevamos adentro, para suscitar otro status quo, ha sido la coordenada seguida por Howell. Con ese deseo latente estudió cine en Londres, Inglaterra.

En ese país vivió cuatro años, lo cual le dio la oportunidad de filmar por Europa, “pero me agarró nostalgia; eran las épocas en que estaba la revolución sandinista fraguándose; a mí me hacía falta Latinoamérica y me vine a Costa Rica”.

Ya en nuestro país, el Centro de Cine le dio un puesto de camarógrafa en un espacio donde no había ni una sola mujer, “ni una”, recuerda. Sin embargo, solamente la dejaban cargar el trípode, hasta que se rebeló y dejó de llegar al trabajo.

Entonces, el director en esa época, Carlos Freer, le asignó “una peliculilla”: nada menos que la filmación de la coreografía Juan Santamaría, de Elena Gutiérrez, con música de Benjamín Gutiérrez.

“Dificilísima, la más difícil del mundo; hacer una coreografía de danza en tres días con una cámara; fue muy difícil de editar”, recordó la cineasta.

Luego realizó su documental Dos veces mujer, en el tiempo que se liberó una plaza para la dirección de la institución, que le fue otorgada.

También llevó a cabo una investigación a partir de académicas universitarias, como María Eugenia Bozzoli, Laura Guzmán y Eugenia Piza, para filmar el largometraje documental sobre la doble jornada laboral de la mujer en Costa Rica y en el mundo.

“Todo sigue igual, porque las mujeres siguen haciendo la misma jornada laboral, siguen manteniendo a la familia, siguen siendo jefas de hogar, siguen viviendo en la pobreza. La pobreza tiene cara de mujer”, afirmó.

De acuerdo con Howell, “la película rompió el silencio, abrió un diálogo que no se había abierto en Costa Rica… Realmente produce un antes y un después”.

Siempre con “la espinita” de hacer ficción, produjo Íntima raíz, una exploración del ingreso del patriarcado a nuestras sociedades indígenas: “Cómo éramos antes de eso, cómo eran nuestros valores, cuál era nuestra cosmogonía y qué fue lo que realmente los españoles nos hicieron”, apuntó.

Nuevo ciclo

Terminado el ciclo con el Centro de Cine, constituyó su propia empresa e hizo documentales institucionales –siempre con el tema de la mujer– que fueron distribuidos por América Latina. Más que palabras es uno de sus favoritos.

“Es un documental que cuenta qué fue lo que las mujeres fueron a buscar a Pekín en la Conferencia Internacional de las Mujeres, donde había 40.000 reunidas”, puntualizó.

Posteriormente partió hacia Holanda; allí aplicó y fue aceptada en el Binger Film Institute en Ámsterdam, donde se graduó como “screenplay”. En ese país creó el guión de Cuando cae la lluvia, que actualmente promueve para producirlo.

Howell explicó que en Holanda la televisión estatal es la que avala los proyectos, es decir, se constituye en coproductor. Bajo ese modelo elaboró varias propuestas, entre las que menciona Women in dialog, un gran éxito.

El documental consistía en invitar a dialogar a mujeres europeas que no se conocían entre sí, pero que hacían lo mismo: tres curanderas, tres artistas, tres políticas, tres místicas.

Las reunió en un panel para compartir lo que tenían en común: “lo que hacían no era convencional, eran mujeres que tuvieron que romper muchos mandatos”.

Finalmente emigró a Barcelona, España, en donde hizo una investigación de un documental que no ha concretado hasta el momento. “No pude seguir porque el espacio es muy cerrado, mucho más difícil que Holanda”, agregó.

En el país ibérico le ofrecieron trabajo como directora de una revista internacional durante 5 años, pero “igual me empezó la nostalgia y yo necesito volver a mí país; necesito a América Latina, mis raíces, mi clima, mis amigos, luego de 17 años de estar fuera. Uno siente que algo tiene qué decir y estás en tu derecho”, expresó.

Hace tres años Howell se volvió a instalar en su espacio vital y decidió emprender el proyecto de la ficción Lobas, ganador de un certamen Proartes y que contó con el apoyo económico de dos amigos y el trabajo voluntario de los artistas participantes.

Actualmente, la cineasta escribe el largometraje Nena, que versará sobre la libertad y los mandatos en la Costa Rica de los años 50, y busca un productor ejecutivo para conseguir fondos y filmar el largometraje Cuando cae la lluvia.

A propósito de esta ardua tarea, mencionó al artista nacido en Chile Alejandro Jodorowsky, que dice: “el cine independiente es una mendicidad sagrada”.

¿Por qué escogés hacer el corto basándote en el libro de Mujeres que corren con los lobos, de Marissa Pinkola Estés?

−Es un libro de mesa de noche perpetuo y lo consulto. Es un libro que me inspira muchísimo y que me hace recuperar mi derecho a no ser una mujer domesticada y, al mismo tiempo, me fascina porque ella (Clarissa Pinkola Estes) es una mujer que tiene un valor inmenso, por haber recuperado la mitología de los cuentos de otra manera, revisitado, en donde las mujeres no somos las tontas o la cenicienta idiota que está esperando. O qué significa, por ejemplo, en el cuento de los zapatitos rojos, la domesticidad, y por qué la mujer se tuvo que arrancar los pies para quitarse los zapatos, porque no podía parar de bailar el baile que le estaban ordenando. Me gusta mucho la posición de Clarissa, de que todas las mujeres tenemos una loba adentro, una mujer salvaje, una mujer no domesticada, una mujer creativa que nos han cercenado, que nos han opacado, aplacado con mandatos, pero que es posible soltarla. Ella dice, a pesar de que una mujer esté súper amarrada, amordazada, la sombra de esa mujer salvaje siempre se escapa por debajo de la puerta y sale. A veces esa sombra brota en la forma de adicciones o enfermedades, pero no puede no salir. Yo quise hacer esa película para explorar cosas que las mujeres hacemos, que en gran medida niegan lo que podemos haber sido.

 ¿Por qué te interesa visibilizar estos conflictos?

−Me parece que eso es verdaderamente la política. La política no tiene nada que ver con ir a votar; la política tiene que ver con la posibilidad y la libertad de ser. Una vez estuve en Checoslovaquia, en los tiempos de Tito, y decía en una pared: “Pan y orgasmo”. Me quedé viendo aquel grafiti y pensé: esto no puede ser más fuerte y más evidente. Un ser humano que no tiene capacidad de placer, de sentirse a sí mismo y de ser, ¿para qué quiere pan?, y eso es lo que han sido las revoluciones en el comunismo. Mentira que resolviendo la parte material se resuelve la parte interior. No es cierto, la parte interior solo se arregla desde el interior.

 ¿Se sigue satanizando el derecho de las mujeres a la libertad de ser lo que queramos ser?

−Es verdad que ellas son dos mujeres, pero también es verdad que son dos seres humanos que han sido reducidos en sus posibilidades y en su libertad, y que vuelven a retomarlas. En esa medida, cualquier ser humano se puede identificar con Lobas, hombre o mujer, porque todos hemos pasado por esa necesidad social de meternos en una caja, para responder a unos patrones que básicamente son los patrones de lo que la gente entiende por ser “productivo”, pero que en realidad es convertir a la gente en esclava de mandatos.

 ¿Sentís que no ha cambiado?

−Siento que hay mayor conciencia, las muchachas están peleando mucho más, las mujeres se han integrado más a la política, la violencia se denuncia mucho más, tienen más apoyo. Aquí en Costa Rica no pasa nada diferente de lo que pasa en Europa, en España, por ejemplo.

 ¿Cuál es la reflexión que hacés sobre el hombre en la película?

−Creo que los seres humanos, todos, desde los más viejitos hasta los más jóvenes, somos víctimas de un sistema y de una ideología que se llama patriarcado, en todos los países de la Tierra, en donde se valora mucho más la conquista de la tierra, del planeta, del trabajo.

 En términos de dominación…

−El patriarcado es eso, y los hombres igualmente son víctimas, les ha tocado el rol de ejecutarla; unos se logran salir muy poco a poco y dolorosamente, pero no se logran salir del todo, porque está tan entronizado como en las mujeres. Hay mujeres supermachistas. En Lobas tenemos un marido normal; él la quiere (a una de las protagonistas), la protege, pero dentro de su realidad, que es la única que conoce.

Él le dice: “Anita, yo estoy feliz de que hagás lo que te gusta, pero no cuando estamos juntos, ¿sí?”. Es normal: “Cuando estamos juntos hacemos lo que a mí me gusta”. Sin ser un idiota, pero no la entiende. Yo no quise jamás hacer del personaje de la obra un macho, es un hombre sencillo y burgués.

 ¿La resolución de la película tiene que ver con esa posibilidad de ser libre?

−Filmé dos finales: uno trágico y otro donde, según dice mi editor, empieza realmente la película.

 

Mujeres salvajes

Por Yadira Calvo

Lobas es la más reciente producción cinematográfica de Patricia Howell, una cineasta que ya ha ganado su lugar en la historia del cine costarricense y forma parte de un progresivo grupo de personas que intentan cambiar la visión androcéntrica del mundo.

La pregunta inmediata: ¿por qué lobas? La loba se ha asociado en la cultura occidental a la concupiscencia. En la antigua Roma “lupa” significaba a la vez “loba” y “prostituta”, de donde “lupanar” se volvió sinónimo de burdel. También la loba, como animal mítico que alimentó a los fundadores de la urbe, se convirtió en el emblema de Roma, y es en otras mitologías una figura propiciatoria de la fecundidad. Más recientemente, Clarissa Pinkola ha asociado a la loba con la “Mujer salvaje”, para reivindicar lo salvaje, lo femenino y lo animal, que en este mundo no tan nuestro han adquirido un sentido más bien peyorativo. Para ella, la Mujer salvaje sería la que lleva “una existencia natural”, tiene “una integridad innata y unos límites saludables”. A su juicio, las palabras “mujer” y “salvaje”, nos hacen recordar a las mujeres quiénes somos y qué nos proponemos; personifican la fuerza que nos sostiene a todas.

Intentando una lectura de la obra de Howell con esa herramienta a mano, hallamos que Ana y Lucía son dos seres debilitados por la cultura. La primera es incapaz de desarrollar su interés por escribir, víctima de la depresión y prisionera de un matrimonio impuesto. Lucía, con otro camino, extraviada en paraísos artificiales, es incapaz de satisfacer con el arte las necesidades de su psique y de su mesa.

Entonces, ocurre un leve accidente. Por absoluta casualidad, Ana golpea a Lucía con su automóvil, lo que en términos de Pinkola podríamos interpretar como “un llamado a la puerta”, a raíz del cual las dos mujeres recíprocamente se reconocen. Dados los mundos en que una y otra viven, este sería para las dos el encuentro de “mujer” y “salvaje”, las dos palabras que, juntas, “crean el llamar o tocar a la puerta, la mágica llamada a la puerta de la profunda psique femenina”.

La lleva a su casa, una casa pobre en un suburbio; de camino le comenta que vio un cuadro suyo, un lobo mirando a la luna, a la que esta le aclara: “Es una loba”. Si relacionamos este diálogo con el lobo capturado que se veía en la televisión de Ana, podríamos pensar que aquel representa a la mujer que es ella misma, y a tantas como ella, atrapadas en una vida que no eligieron, mientras que la loba mirando a la luna nos habla de la naturaleza instintiva de la pintora, dejada atrás y, por extensión la de las mujeres, de su fuerza interior, olvidada pero intacta a pesar de las normas, las caídas y las imposiciones. Ya no se trata de la suerte de que el accidente no tuviera consecuencias negativas, sino de que las tuviera positivas. En efecto, todas estas líneas convergentes las llevan al reencuentro más íntimo, con todas sus memorias, reclamos, resentimientos y acusaciones mutuas. A partir de ahí, ambas empiezan a regresar al sendero abandonado, el que la sociedad y sus normas las obligó a dejar atrás. En una de las últimas escenas, Ana, ante un espejo, vestida de verde, el color acordado de la esperanza, se pone unos pendientes, obsequio amoroso que muchos años atrás le hizo Lucía, a cuya puerta llama un rato más tarde, iluminada por la luna llena. Así, Ana se convierte en otra alusión a la loba, pero no ya la del animal depredado que ha visto en el televisor. La imagen que ahora se nos sugiere es la de la “Mujer salvaje” que va segura y decidida al encuentro de su propio yo instintivo, de su autonomía, de su amor, de su autenticidad, y llega a punto para despertar a Lucía, que yace aletargada, posiblemente como símbolo de su vivir ajena a sí misma. La obra nos deja la certeza de que estas mujeres, a diferente tiempo, con la energía que confiere el arquetipo de las lobas, recorren el camino inverso de domadas a salvajes, estableciendo al fin su propio territorio.

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