A la luz de las enseñanzas de Clorito

La cultura de la ciencia con que Clodomiro Picado impregnó todo su hacer y que lo llevó a los sueros antiofídicos explica el éxito alcanzado en la actualidad por el ICP al generar un producto anticovid

El 12 de diciembre de 1909 Clodomiro Picado recibía en La Sorbona de París su Diploma en Estudios Superiores de Zoología y ese primer triunfo marcaba un camino que se extiende hasta julio de 2020, cuando el instituto que lleva su nombre anunció al país que los esfuerzos para producir un suero anticovid funcionaban a las mil maravillas.

El paso dado por el Instituto Clodomiro Picado (ICP) de la Universidad de Costa Rica (UCR) es inconcebible si en el siglo XX no hubiese existido ese hombre de espíritu indagador que sus coterráneos llamaban Clorito, quien tenía como lema “ver, observar, dudar”, según lo reconoció en una entrevista con Emma Gamboa.

Luego de tres meses de aplicar proteínas del virus SARS-CoV-2 a seis caballos, estos produjeron un plasma que permitirá combatir la enfermedad generada por el coronavirus. 

La idea de desarrollar dicho plasma va en consonancia con el abordaje social que marcó la vida de Clorito, para quien la ciencia siempre ocupó un lugar central, pero sobre todo su aplicación al bien común.

En ese marco y motivados por una oportunidad inmejorable de servirle al país, el grupo de investigadores del ICP, encabezados por Alberto Alape, se lanzaron a la tarea de producir el suero, para lo cual el primer escollo que debieron superar fueron los atascos burocráticos.

Como lo reconoce Alape, la participación interinstitucional fue un punto clave para aunar recursos económicos y humanos, y dar así el primer paso, que consistió en adquirir la proteína con que iban a inocular a los equinos.

Ese espíritu de cooperación y de servicio público se enlaza con esa misión que el joven Clorito se había marcado en los primeros años de estudios en su natal Cartago y en el floreciente siglo XX.

En efecto, Clorito empezó con un estudio de las bromeliáceas epífitas, que después ampliaría en París, donde obtendría, además de sus diplomas en Zoología Superior y Estudios Superiores de Botánica, su Doctorado en Ciencias.

Hoy, esos frutos que recoge el ICP, dirigido actualmente por Cecilia Díaz Oreiro, y que le han valido el reconocimiento unánime de la sociedad costarricense, tienen sus hondas raíces en ese hombre que por azares del destino nació en Jinotepe, Granada, Nicaragua, un 17 de abril de 1887.

El principio rector aplicado en generar suero antiofídico a partir de pequeñas dosis del veneno de las serpientes que se le inoculaba a animales, lo cual ha hecho el ICP a lo largo de medios siglo, es similar al que han seguido los científicos con el uso de las proteínas inyectadas a caballos para obtener anticuerpos contra el COVID-19.

Las inmunoglobinas que neutralizarán el virus, obtenidas con base en el plasma equino, permitirán que el país disponga de más dosis para atender a los casos más críticos.

Un sabio en la sombra

El escritor Mario Zaldívar, autor de la novela Herido de sombras, en la que recrea los ensayos que hiciera Clorito a comienzos de 1920 sobre la senectud precoz, considera que el genio del científico costarricense trasciende su época y se ha instalado con todo merecimiento en la actualidad.

Una mirada más profunda de lo realizado por el ICP con el suero anticovid lleva a la conexión con el hombre que dio origen al Instituto: Clorito Picado Twhight. (Foto: volumen 1 obras completas-Instituto Tecnológico).

Como todo gran hombre que ha marcado algún segmento de la historia de la humanidad, Clorito Picado tenía sus luces y sombras. Sin embargo, hasta esas sombras tienen destellos de genialidad. Transcurrido casi un siglo de la divulgación de las investigaciones más importantes de Clorito, se puede afirmar que su gran aporte a la ciencia fue en el campo de los sueros antiofídicos y su trabajo más polémico la vacuna contra la senectud precoz. Clorito hizo experimentos con pollos, conejos y mariposas para concluir que si se inyecta sangre de un ser vivo de avanzada edad a otro de corta edad, este desarrollará anticuerpos contra la vejez. Esto es el principio de la vacuna aplicada al proceso de envejecimiento”.

Incluso si se mira desde un punto de vista literario, las similitudes con lo que han hecho los científicos del ICP para producir el suero anticovid se entronca con un principio básico: la generación de anticuerpos.

“El Repertorio Americano publicó buena parte de los resultados de los experimentos de Picado con esta vacuna, quien, hacia finales de los años 20 del siglo pasado, afirmó que este era su trabajo científico más importante y en 1937 se publicó en Francia el libro Vaccination contre la sénesccence précoce (Vacuna contra la senectud precoz). Con el paso de los años Clorito fue abandonando esta idea para dar paso a la Ortobiosis, o la preparación en vida para una muerte que cierra un ciclo armonioso. Incluso, a los 42 años, él se inyectó sangre de anciano sin resultados conocidos. El científico murió en 1944”.

Las ideas que en su momento desarrolló Clorito eran tan de avanzada para su tiempo y desafiaban tanto a la realidad, que Zaldívar narró esos experimentos en su novela.

“Mi novela Herido de sombras trata de la inyección de sangre de un anciano en un niño, con resultados espectaculares, donde el doctor Salinas llega a una edad muy avanzada con las condiciones vitales de un adulto de mediana edad. Este médico trata de replicar su exitoso experimento en una mujer joven, con resultados inesperados. El asunto se complica por la dificultad de obtener sangre tipo AB, por la personalidad del anciano donante y por la aparición de un conflicto sentimental entre los tres personajes. Esto es ficción total, elaborada a partir de un trabajo científico de Clorito Picado. Esta trama me gustaría llevarla al cine”.

Con rostro humano

En los siete volúmenes con las obras completas de Clorito Picado, que publicó el Instituto Tecnológico en 1988, en atención a un mandato de la Asamblea Legislativa, con motivo del centenario de su nacimiento, se recoge con lujo de detalles la enorme vocación social del sabio costarricense, para quien la ciencia no podía quedarse atrapada en cuatro paredes de un laboratorio, sino que debía tener una implicación directa con la cotidianidad.

Sus múltiples apariciones en la prensa mediante artículos, entrevistas y polémicas, entre 1920 y 1944, es una prueba fehaciente de esa vocación que el naturalista tenía de poner en palabra sencillas los logros de la investigación. El volumen 7 de sus obras completas da cuenta de ello con extraordinaria minuciosidad.

Al ser el director del Laboratorio Clínico del Hospital San Juan de Dios, Clorito tenía que convivir con la cruda realidad de que ese centro hospitalario recibiera a diario pacientes mordidos por serpientes, muchos de los cuales perdían la vida porque no existían mecanismos para contrarrestar los efectos de los venenos.

Fue así como su compromiso lo llevó a explorar posibilidades en Brasil, donde ya funcionaba un ente que producía suero antiofídico y más tarde ese sería uno de sus mayores aportes al país; sin embargo, no el único como parece reflejarse cuando se evoca su memoria y su grandeza como científico.

La Ley de Defensa contra el Ofidismo, del 25 de mayo de 1926, se le reconoce a Clorito como una contribución social y política, al lograr que el Congreso se comprometiera con los más desposeídos, al ser los que más se exponían, más allá del Valle Central, a las constantes mordeduras de serpientes.

Un siglo después, como lo ha podido apreciar la ciudadanía, el esfuerzo del ICP se enfoca en producir un suero que tiene como objetivo salvar vidas al frenar las consecuencias del coronavirus, pero el aliento y las guías parten de los experimentos y el espíritu que siempre acompañó al investigador graduado en secundaria del Liceo de Costa Rica.

Se observa así cómo los hilos comunicantes de uno y otro período tienen su bastión en ese hombre visionario que de su Cartago saltó barreras físicas y educativas para irse al encuentro del primer mundo de la ciencia para empaparse de los mayores avances y volver a su patria a trabajar por los sectores más desfavorecidos.

La citada ley en 1926 retrata en sí la grandeza con que se abordó en aquel momento un problema de alcance nacional: “Considerando: 1°-Que el número de víctimas que causan anualmente las serpientes venenosas es relativamente alto, dada nuestra densidad de población. 2°-Que ordinariamente estas víctimas son las más laboriosas y necesitadas de nuestras gentes. 3°-Que la inmensa mayoría de los  remedios preconizados contra las mordeduras de serpientes no son sino farsa y charlatanería de comerciantes sin conciencia. 4°-Que el tratamiento serológico aplicado científicamente salva prácticamente la totalidad de las víctimas. 5°-Que es deber ineludible del Estado desterrar en cuanto sea posible las prácticas a base de empirismo, especialmente en casos tales como los de mordeduras de serpientes venenosas en los que el tiempo útil para salvar una vida se cuenta por minutos y que debe en cambio difundir los medios seguros de lucha contra el ofidismo”.

Estas eran las consideraciones que se hacían dada la situación que prevalecía en el delicado tema de las mordeduras de serpientes, cuyos efectos todavía se padecen en la actualidad, debido a que una media de 500 personas en el país son atendidas cada año por esta situación.

En esta novela exquisita, el escritor nacional Mario Zaldívar recrea el experimento contra la senectud precoz impulsado por Clorito Picado en los años 20 en Costa Rica. (Foto: José Eduardo Mora).

En lo decretado por la ley, no solo se puede percibir un retrato de la Costa Rica de entonces, sino que en el frío texto legislativo se pueden advertir elementos literarios ineludibles, por lo que cuentan y por cómo lo cuentan.

“Artículo 1°-Queda prohibida en el país la venta de talismanes anunciados como protectores contra la mordedura de serpientes y también de drogas y objetos curativos que no sean autorizados por la Subsecretaría de Higiene y Salud Pública, los cuales indicará ésta al ejecutar la presente ley.

“Artículo 2°- Todo finquero o dueño de explotación agrícola o minera ubicada fuera de la altiplanicie central y siempre que ocupe más de diez braceros a la vez, queda obligado a mantener, en ese lugar, al menos cuatro frascos de suero antivenenoso preparado contra veneno.

El arquitecto de dicha ley, que fue derogada por el artículo 408 del Código Sanitario Ley N° 33 del 18 de diciembre de 1994, fue ese hombre que tanto amor profesaba a la ciencia y que sabía que su hacer podía salvar la vida de humildes campesinos.

Mediante el artículo 312 del Código Sanitario Ley N° 809 del 2 de noviembre de 1949 se recuperó la citada ley, aunque varios de sus artículos, como el 3 y el 5 fueron eliminados.

Bienestar Humano

Alape expresó que desde el momento mismo en que el Presidente Ejecutivo de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), Román Macaya, lanzó la idea de que el ICP podía trabajar en un plasma para combatir el COVID-19 comenzó una red de esfuerzos y comunicaciones, porque debían trabajar contra el reloj, sabedores de que el proceso que se les avecinaba debía realizarse lo antes posible, sin saltarse ninguna de las fases.

Lo primero, entonces, era conseguir la financiación para comprar las proteínas. Aquí surgió la donación de la embajada de China que aportó 50 miligramos de una proteína viral sintética del SARS-CoV-2 por un monto de $134.000 (¢79,2 millones). 

Casi de inmediato se les unió el Consejo Nacional para Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicit) que donó la suma de ¢35 millones también para la adquisición de proteína. De esta manera, se conectaba a Costa Rica primero con una empresa en Shangai y posteriormente en Oxford para contar con las proteínas clave.

El gran aporte del plasma obtenido mediante la inmunización de los caballos—refiere Alape—es que se obtiene un producto estable, cuya reacción en los pacientes es distinta al que logra el plasma obtenido de personas que desarrollaron anticuerpos al virus.

En el caso del suero producido mediante la inmunización había mayor uniformidad, de forma tal que con un solo frasco es suficiente para atender a una persona afectada. De los lotes obtenidos de los seis equinos, y cuyo análisis ya fue estudiado en la Universidad de George Mason, en Virginia, Estados Unidos.

Alape detalló que una vez superados los ensayos y validaciones de rigor contarán con un promedio de 2.000 frascos de suero anticovid y que con solo uno se puede atender a una persona afectada. Estas dosis se destinarán a pacientes que tienen ya una complicación y están hospitalizados, dada la alta demanda ante la situación que atraviesa el país, ya que al lunes 10 de agosto, Costa Rica registraba 23.872 casos de COVID-19, con 7823 recuperados y 244 muertos. Se utilizaron dos tipos de proteínas, ahora tendrán que determinar cuál es la más adecuada.

Si todos los parámetros están conforme lo han previsto los científicos,  en setiembre podría concretarse esta etapa.

Para José María Gutiérrez, exdirector del ICP y docente de la Facultad de Microbiología de la UCR, lo alcanzado por el Instituto al desarrollar el suero para combatir el coronavirus es fruto de un trabajo a lo largo de mucho tiempo.

“Yo valoro este esfuerzo del ICP por darle al país una solución concreta en esta crisis sanitaria tan dramática, no es una casualidad lo realizado. El ICP pudo enfrentar esta crisis debido a que hay una trayectoria y una tradición de desarrollo científico y tecnológico de cinco décadas amparado por la UCR”. 

Esa experiencia es la que le ha permitido al Instituto cambiar de chip y en vez de sueros antiofídicos crear en esta oportunidad un producto que permita combatir el COVID-19.

“Todo el expertise se pone en práctica en este nuevo reto y en esta nueva circunstancia. Hay que destacar el esfuerzo sistemático del ICP y de la UCR y su proyección a la sociedad costarricense”.

La institucionalidad pública, tan criticada y cuestionada a lo largo de los últimos 30 años, ha dado un paso al frente en este caso, considera Gutiérrez, para quien la herencia de Clorito se une hoy a una visión solidaria y que quiere hacer ciencia con una visión social.

“La respuesta para crear el producto anticovid es posible porque no ahora, sino desde hace mucho tiempo, se apostó por la ciencia y el desarrollo tecnológico. Los investigadores del ICP han asumido admirablemente el reto en medio de sus faenas laborales”.

Entre flores

Al conocerse la noticia de que el suero anticovid producido por el ICP daba los resultados esperados, decenas de costarricenses se volcaron a dejar flores y a realizar otras manifestaciones ante el ICP, ubicado en Coronado, como una muestra del agradecimiento con Instituto.

Alape reconoce que las muestras de agradecimiento han sido un elemento para reforzar el compromiso de trabajar más horas en la consecución del suero, porque el Instituto ha continuado con sus compromisos de producir el suero antiofídico tanto para consumo nacional como internacional.

Hay que recordar que dados los alcances del ICP, que recién celebró los 50 años de fundación, hay países que adquieren su producto, entre ellos algunos africanos como el caso de Nigeria.

De ahí que han sido muchas horas de trabajo extra en pos de confirmar que la capacidad del ICP está a la altura de las urgentes circunstancias que demanda la coyuntura histórica.

Detrás de los logros de hoy, emerge la figura de un joven que en 1908 viajó a París y que regresó a su tierra convencido de que la ciencia podía mejorar la vida de sus conciudadanos, como sucede hoy con el instituto que lleva su nombre, que crea un suero contra el nuevo coronavirus y cosecha flores y aplausos.

SUSCRÍBASE A LA EDICIÓN SEMANAL EN FORMATO DIGITAL.Precio: ₡12.000 / añoPRECIO ESPECIAL

0 comments