Agua, poder y los territorios del descontento

Esta semana se publicó el libro colectivo Agua y poder en Costa Rica, elaborado con el apoyo de la Vicerrectoría de Investigación

Esta semana se publicó el libro colectivo Agua y poder en Costa Rica, elaborado con el apoyo de la Vicerrectoría de Investigación, el CIEP y la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica. Se trata de un estudio sobre los conflictos por el agua desde una mirada de largo plazo, así como de casos particulares (Sardinal y Potrero en Guanacaste, Coto Brus y proyectos hidroeléctricos).

Todos los capítulos, producto de investigaciones, trabajos finales de graduación y una red de investigación internacional, pretenden considerar las disputas por el recurso hídrico como un asunto político; es decir, mediado por el poder. Ese vínculo entre agua y poder no siempre ha sido claro, toda vez que el ocultamiento de los mecanismos de dominación es, precisamente, una característica de las relaciones más desiguales de poder.

Los conflictos por el agua han existido en Costa Rica desde hace muchas décadas, con registros que incluso datan del siglo XIX, pero no siempre se ha reconocido el carácter político de estas disputas. Por el contrario, se “tecnifica” la discusión para considerar únicamente, por ejemplo, el tema de los caudales o los balances hídricos. Al hacerlo, a veces de forma inocente, se oculta o difumina el sustrato de las relaciones desiguales de poder que generan las condiciones para que la distribución del agua afecte las posibilidades de un grupo o una comunidad entera de cumplir con su derecho humano al agua potable y el saneamiento.

Por ello debemos comprender el agua no solo como un recurso natural, sino también como un objeto construido simbólicamente y puesto en disputa, no necesariamente por su carestía o escasez, sino porque tiene un lugar central en el modelo de desarrollo del país. Esa idea reconoce que la disponibilidad (o no) del agua es importante en la gestión y organización del recurso, pero no es un factor explicativo único de las contiendas.

En este sentido, la mirada geográfica de los últimos casi cuarenta años permite ver la ocurrencia de conflictos en lugares donde abunda el agua, como el cantón de San Carlos. Por ello, la expresión de “los territorios del descontento” se ha utilizado para aludir a una lógica más amplia, que permite entender que muchas veces los conflictos por el agua están relacionados con el lugar que ocupa una comunidad en la organización territorial del Estado y las cadenas de valor del modelo de desarrollo.

En virtud de lo anterior, el libro puede servirnos también para comprender la conflictividad en otros ámbitos de nuestra sociedad. Así como los territorios del descontento no han tenido una fijación o preferencia partidaria estable (ni la tendrán en el 2020), tampoco encuentran una única razón para su sensación de agravio. Es decir, no se limitan únicamente a la problemática del agua, sino que expresan malestares más amplios que, finalmente, tienen que ver con el desarrollo, la participación ciudadana y el ejercicio de la democracia.

La consideración de la organización del Estado en torno al agua también debería ocupar nuestras reflexiones, porque permite ver más allá del agua misma. Los casos de Sardinal y Potrero, por ejemplo, muestran la capacidad desintegradora del Estado, que utiliza su poder para reorganizar los recursos a favor del modelo de desarrollo y a veces a costa de algunas comunidades (o una parte de ellas). En otros casos, sobre todo los analizados en la década de 1980 y, en particular, en los Pilares de Coto Brus, las demandas de los grupos apuntan, más bien, hacia la posibilidad de ser incluidos en las redes de servicios públicos. En este sentido, se trata de demandas por entrar al Estado y orientarlo en la dirección de su capacidad integradora.

Este análisis también podría ayudarnos a pensar el carácter dual del Estado. Se le puede entender como presencia o ausencia, como un límite para el capitalismo desaforado o posibilitador del mismo, como un Estado que agrede algunas comunidades o como uno que asegura el derecho humano al agua potable y el saneamiento, atiende los territorios del descontento y fortalece la democracia.

Esa reflexión es posible si y solo si la mirada es sensible a los pliegues del poder y, por tanto, capaz de ver en aguas claras y en ríos revueltos.


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