Conversaciones desde el campus


“Hay gente que aboga para que Google ingrese a las Naciones Unidas”

De cómo la tecnología nos condena a recordarlo todo para siempre (hasta eso que más febrilmente quisiéramos olvidar). De la forma en que las redes sociales derrumbaron 500 años de cultura occidental construyendo la noción de privacidad. De cómo consentimos que nos vigilen las 24 horas del día. Del uso que las corporaciones dan al registro de nuestros movimientos, comentarios, voces, fotos y videos. De empresas globales que poseen perfiles precisos sobre nuestros gustos, preferencias y amistades. De cómo nos “sugieren”qué leer y qué series y películas tenemos que ver. De la idea de que Google es tan poderoso que debería permitirse su ingreso a las Naciones Unidas.

De todo eso (y algo más) conversamos con Ignacio Siles, un doctor en Medios, Tecnología y Sociedad de la Universidad de Northwestern, Estados Unidos, quien desde el Centro de Investigación en Comunicación (Cicom)  de la UCR, escudriña qué publican los medios y cómo esas noticias se propagan por las redes sociales.

A punto de cumplir los cuarenta, Ignacio sigue manteniendo la imagen de“profe joven”en la Escuela de Comunicación Colectiva. Un intectual que trata de mantener un pie en el mundo virtual y otro (bien anclado) en el físico, para reflexionar junto a sus alumnos sobre la avalancha de cambios que la Internet, las redes sociales, la tecnología de geolocalización y otras bellezas del mundo cibernético, están provocando en nuestras vidas cotidianas.

Otra delikatessen de nuestras conversaciones en el campus.

Mucha gente en Costa Rica, fanática de Internet, no sabe que la red llegó al país gracias a la UCR y a un señor que se llama Guy De Teramond…

-Sí, la UCR jugó un rol protagónico, fue aquí donde Internet comenzó para Costa Rica, sobretodo con  docentes e investigadores de la Universidad que tenían experiencia de estudio fuera del país y regresaron con esa visión.

El profesor Guy De Teramond  fue la pieza que unió todas las partes. Don Guy regresó con mucha visión científica y con mucha habilidad política y estratégica para poder decir “estas son las partes, ¿cómo las pongo juntas?, ¿de dónde saco la plata?”. La conexión a bitnet (antecedente de Internet), costó $45 mil dólares en aquel tiempo y a don Guy fue a quien se le ocurrieron las formas de hacerlo posible.  El primer punto de acceso a Internet en todo el país fue en el Centro de Informática de la Universidad de Costa Rica (UCR), con computadoras, en muchos casos, donadas por los mismos profesores.

Hoy la clase urbana en todo el mundo se entera casi instantáneamente de cualquier cosa, ¿esta hiperconexión es un nuevo estado de conciencia colectiva?

-No estoy enteramente convencido, porque quien más ha crecido como centro de ese universo informativo y de entretenimiento es Facebook. De las últimas encuestas en el país, el 90% de la población que usa Internet lo considera como un sub-lugar a donde ir en Internet. De alguna forma eso es como un paso para atrás. En los orígenes de Internet, el principio que se promovía era el contrario, un lugar donde no había grandes centros o empresas que lo concentraran todo, era un espacio donde usted podía ir a donde quisiera. Los buscadores llegaron para darle un poco de orden y sentido a ese mar de información, pero AOL y todas las grandes empresas de entonces no lograron hacer lo que Facebook hace hoy. Eso genera una capa adicional y dificulta llegar a ese estado de conciencia colectiva que mencionas.

¿Por qué Facebook me recuerda que hace tres años publiqué tal cosa y no me recuerda  otras publicaciones?

-¿Por qué me muestra ciertos contenidos y no otros? Por que los contenidos que  publican quienes piensan diferente a mí tienden a desaparecer más rápido. Facebook -según sus cálculos- considera que así voy a pasar  más tiempo en su plataforma. Me muestra más los contenidos con los que yo tiendo a estar más de acuerdo.

Los algoritmos buscan reafirmar nuetras propias creencias…

-Claro, lo cual lleva a esta preocupación de si, al final del día, lo que tenemos en Facebook son unas cámaras de eco en donde hablamos quienes pensamos parecido, y se hace cada vez más difícil alcanzar aquel lindísimo ideal de que Internet podía servir para escuchar voces distintas a las nuestras, leer puntos de vista distintos, y construir una mejor esfera pública.

Consciente o inconscientemente, la gente actúa para provocar afecto, empatía. En redes uno siente eso de una manera muy clara.

-Totalmente. Lo ves con todo este tema de los memes, la teoría memética sostiene esto. En los memes la tendencia no es tanto comunicar algo, como decir algo de uno: yo soy el que entiende esta referencia, yo soy el que entiendo la historia, yo soy parte del club que entiende ese montón de referencias socioculturales detrás de un meme. Es más querer decir algo de uno.

El otro componente de los memes son las emociones súper fuertes. Las noticias más compartidas por la gente en el país tienen siempre un componente emocional fuertísimo o polémico. Lo que tiene emoción le va a ganar siempre a lo que no tiene emoción.

Internet crea la ilusión de dos mundos, de que yo puedo insultarte en el mundo virtual y, como no te conozco en el mundo físico, vos no me vas a dar un puñetazo en la nariz. ¿Cómo se relacionan el mundo virtual y el físico?

-Originalmente existía esa idea, aquella caricatura famosísima de un perro frente a una computadora y que abajo salía una leyenda: “en Internet nadie sabe que sos un perro”. Era un mundo distinto al de ahora, poco a poco, hemos ido moviéndonos hacia la idea de que no hay tal cosa como dos mundos. Internet es una expresión más, con todas las desigualdades y todas las luchas y tensiones de este mundo, donde se expresan las mismas problemáticas que tenemos aquí.

Hay un solo mundo y se expresa…

-Y se expresa en todas sus dificultades, desigualdades y cosas, tanto en línea como fuera de Internet. Creo que esta ilusión de que estamos en un mundo aparte genera un montón de complicaciones para las nociones más establecidas que teníamos de qué es apropiado para lo público y lo privado. Genera una nebulosa muy extraña.

Hoy, gobiernos y empresas investigan los perfiles de la gente en redes antes de contratarla u otorgarle una visa. ¿Los usuarios  miden las consecuencias de lo que comparten?

-Poca gente tiene preocupación por los parámetros de privacidad que tienen sus redes sociales. Son una minoría. Lo que sí parece importarle es la mirada del otro. Creo que la gente no tiene interés en entender, ni la preocupación de qué pueda hacer un empleador, Facebook o Uber, con sus datos. El año pasado Uber cambió su política de rastreo y ahora el período en que te rastrean no termina cuando terminás el viaje sino diez minutos después, y eso es un cambio importante.

¿Y la gente no está consciente de eso?

-Nadie sabe.

Uber sabe a dónde te moviste 10 minutos después de que te bajaste del auto.

-Sí.

¿No hay manera de apagarlo?

-No, eso es automático. Si estás suscrito al servicio jugás con esas reglas. La única manera sería apagar el teléfono pero perdés la ventaja de tenerlo. Ese tipo de cosas son las que a la gente no le interesa. Ni qué tipo de consecuencias puede tener eso, porque al final del día todos esos cálculos algorítmicos están basados sobre la premisa de que vos sos igual a tu perfil. La pregunta que uno podría plantearse es, si a punta de ese tipo de cálculos la tendencia no es convertirte realmente en ese perfil. Netflix es para mí un caso fascinante en ese sentido.

¿Por qué?

-Casi el 70% u 80% de las cosas que uno ve en la plataforma están recomendadas por la misma plataforma sobre la premisa de lo que ellos creen que podría gustarme. El cálculo está hecho a partir de perfiles que la plataforma considera son parecidos al mio. Al final si un porcentaje tan alto de las cosas que yo veo vienen recomendados por ellos, la pregunta que yo podría hacerme es: ¿me estoy convirtiendo en esa versión promedio de mi mismo que dibujó Netflix? ¿Qué margen de error tiene eso? Es un cálculo puramente algorítmico de lo que supuestamente debería ver y el 70% de las veces yo le hago caso.

Uno a veces se pregunta, ¿qué pasa con todos esos datos?, ¿qué pasa si yo a mi teléfono le permito acceder a mi foto, localización y micrófono?

En alguna parte del teléfono podés configurar y negarte, pero estas empresas no son tontas. Vos sabés que si querés la experiencia completa de todas esas aplicaciones, tenés que darles que sí a casi todo. Ese sí es el default de tu privacidad. ¿Qué se hace con esos datos? Cuando le das “sí” te suscribes al servicio, las garantías y demás, pero eso es simbólico. Nadie lee esas condiciones y ni leyéndolas se haría diferencia. Eso es un acto meramente simbólico. Google es la mayor prueba de eso. Empezaron con la política de “no vamos a utilizar nada, se lo prometemos”, y en quince años ha cambiado tanto que lo que firmaste hace quince años no tiene nada que ver con lo que es hoy. Y mañana pueden seguirlo cambiando al punto de que por lo menos, personalmente, yo no podría vivir sin los servicios de Google porque me ofrece correo súper seguro, una plataforma para poder guardar mis datos, etc. Hoy el acto de decir “sí quiero” es puramente simbólico.

Occidente tardó casi 500 años en elaborar la noción de privacidad del individuo: mi casa, mis comunicaciones, mi imagen; las redes desarmaron esa noción en 20 años.

-Inclusive en menos tiempo. Mark Zuckerberg en particular (Facebook) promueve la idea de que privacidad y publicidad son conceptos del pasado y que ahora vivimos en un mundo abierto. Esto hasta que él (Zuckerberg) se compra una casa en San Francisco y compra toda la manzana alrededor de la casa para proteger su privacidad y que nadie esté alrededor de él. Ahí sí aplica el concepto de privacidad. En beneficio de él está saber todo de todos.

Ahora hay gente que no sabe llegar a ningun sitio sin Waze. Son modificaciones de un sentido natural como el de la orientación.

-Sí, es impresionante. Eso tiene dos dimensiones: la parte más cognitiva cerebral y la parte cultural. En la parte cognitiva cerebral hay bastante evidencia como para decir que nuestro cerebro está cambiando. McLuhan dijo que toda tecnología revierte otras prácticas. Hay prácticas que quedan inutilizadas por completo, desde aprenderse de memoria los teléfonos hasta el hecho de que ya no tengo necesidad de saber ubicarme. Ahora alguien más hace eso por vos. Si eso es lo que más nos conviene es un debate interesante, pero de que está sucediendo está sucediendo.

¿La tecnología nos está modificando?

-Absolutamente, la tecnología está modificando la manera en que opera nuestro cerebro. Por ejemplo esa práctica de sacar del espacio de Internet a la vida el browsear, el estar en diez pestañas a la vez, y el “hiperlinkear” es útil, desde cuando uno maneja hasta otras cosas.

Pero hay otras cosas menos positivas; por ejemplo, la capacidad de concentración o la capacidad de lo que algunas personas llaman close reading o lectura atenta a las cosas.

Esto es una adicción. Estas tecnologías están hechas para hacerte adicto. Es muy difícil ver alguna alerta en tu teléfono y no querer prestarle atención. Silicon Valley tiene una responsabilidad directa de esta adicción. Esta tecnología está hecha para explotar vulnerabilidades psicológicas.

En Francia se reconoce el derecho de un trabajador a desconectarse de redes una hora. Aquí estamos muy lejos de esa noción. ¿Cómo lo razonás?

-El cambio cultural más significativo de nuestro tiempo es esa presión por existir digitalmente, la presión por construir un yo digital, y ese yo siempre tiene que estar disponible, conectado y presente. Es agotador. Siento que estamos muy lejos de una situación como la de Francia -que es relativamente reciente- y es porque no queremos hacerlo. Queremos estar pegados. También hay una cuestión de que recibir un mensaje en Whatsapp es el equivalente a que alguien pensó en uno y eso no es feo, sino que es bonito. Mi interpretación psicológica es que cuando uno siente que el teléfono le está vibrando en la bolsa, es porque alguien está pensando en vos.

Son reacciones humanas básicas: afecto, atención.

-Queremos estar siempre presentes y tratar de ver cómo resolvemos esos retos que genera estar siempre presentes. Es un mensaje que llega e implica que alguien pensó en vos, y eso es agradable en cualquier momento. No queremos desconectarnos.

La memoria es tan importante como el olvido. La capacidad de olvidar te permite avanzar. Los servidores recuerdan todo lo que pusimos, cada post, cada foto, ¿estamos condenados a recordar todo siempre?

-Sí y no. Entiendo perfectamente a lo que te referís y es como saber que ahí está, pero siento que ese salto entre la memoria de corto plazo, donde hacés cosas ahorita, y la memoria a largo plazo, donde podés enviar las cosas para aprender, no necesariamente está beneficiada por esa lógica de estar en mil cosas a la vez brincando entre ventana y ventana.

Todos hemos hecho miles de cosas estúpidas a lo largo de la vida. Entonces esa foto desafortunada que me saqué, ese comentario erróneo queda ahí en la red. No lo podés olvidar.

-Ni tecnológica ni legalmente. Legalmente no tenemos cómo presionar al Gobierno de Costa Rica para que saque esa foto desafortunada que ya no quiero que sea parte de mi vida. Hay gente que aboga por que Google esté en las Naciones Unidas, y en realidad tiene mucho poder.

¿De verdad?

-Sí. Uno podría decir que Google es la empresa tecnológica más exitosa de todos los tiempos. En quince años se convirtieron en un actor que trasciende fronteras, tiene un poder económico del tamaño de cualquier otro país. Es difícil pensar que tu foto o comentario no trascienda.

Los perfiles de la gente que se muere, ¿en Facebook la gente vive eternamente?

-Hay mecanismos para que los familiares le digan a la empresa que no quieren ese perfil abierto. Pero la mayoría de gente quiere mantenerlos abiertos. De hecho la práctica es muy curiosa, de despedirse -en Facebook- de alguien que acaba de fallecer.

Esta tecnología es tan potente que derrotó a la televisión. Hace veinte años la televisión se veía indestructible y ahora quedó desplazada.

-Y si lo ves en términos de contenido, Netflix es, en este momento, el actor más grande. En el 2016, Netflix gastó el doble que la BBC en programación propia, y a este medio uno lo consideraba un estandarte en contenido. Ahí tenemos un actor que depende eternamente de Internet y que cada vez tiene más presencia con series buenas.



“El cambio cultural más significativo de nuestro tiempo es esa presión por existir digitalmente, la presión por construir un yo digital, y ese yo siempre tiene que estar disponible, conectado y presente. Es agotador”.
Ignacio Siles, PROFESOR ESCUELA DE COMUNICACIÓN COLECTIVA



Ignacio Siles

Profesor catedrático, Escuela de Ciencias de la Comunicación, Universidad de Costa Rica (2015 al presente)

• Doctorado (Ph.D.), Media,

Technology and Society. Departamento de Comunicación, Northwestern University. (2014)

• Maestría Académica (M.Sc.), Comunicación. Departamento de Comunicación, Universidad de Montreal. (2004)

• Bachillerato Universitario,

Ciencias de la Comunicación. Escuela de Ciencias de la Comunicación, Universidad de Costa Rica. (1999)



 


CONVERSACIONES EN EL CAMPUS

DIRECCIÓN:

ERNESTO RIVERA

PRODUCCIÓN:

MONSERRAT CORDERO

FOTO:

KATYA ALVARADO

MONTAJE PARA WEB:

LUIS ARIAS y ANTONIO MORA


1 comments

  1. Valentina 2 años ago

    Excelente artículo.

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