El tabú de los niños que abusan sexualmente de otros niños

Estudios citados por la experta Gioconda Batres muestran que casi la mitad de los niños que cometen abusos fueron abusados previamente.

“Este es un tema tabú, un tema que no se ha desarrollado”. Así empezó Gioconda Batres, psiquiatra experta en género y violencia doméstica, la charla sobre abuso sexual infantil que dio en las instalaciones de la Universidad de Costa Rica el pasado primero de octubre.

“Todavía en Costa Rica no existe ni siquiera un diplomado en esta materia, ni siquiera una especialidad”, explicó la psiquiatra para referirse a la forma “empírica” en la que, asegura, se suele tratar el abuso sexual de niños hacia otros niños en muchos países, al no contar con un entrenamiento especial para este tema.

Batres explicó que, aunque se han formado en la práctica y de forma autodidacta, pocas de las personas que tratan abuso sexual infantil en el país se han formado académicamente para esta materia en específico.

La psiquiatra dijo que la creciente preocupación con respecto al abuso sexual infantil ha traído a la luz el hecho de que con frecuencia son niños y adolescentes los perpetradores de la agresión.

“Algunos centros de tratamiento han informado que hasta un 56 por ciento de los agresores en casos de abuso sexual infantil son menores de 18 años”, explicó.

Batres citó también el estudio de Groth, Longo y MacFaddin de 1982, donde se concluye que la mayoría de niños encarcelados por haber cometido abuso infantil, habían perpetrado su primera agresión sexual a la edad de ocho años.

Batres también habló sobre los “niños que abusan sexualmente de forma reactiva”. Este término se refiere a conductas sexuales abusivas de niños que han sido previamente abusados sexualmente, y producto de eso ahora abusan de otros niños.

Además, refleja la creencia de que los niños reaccionan al trauma del abuso con conductas sexuales inapropiadas. El término fue acuñado por el Instituto Internacional de la Niñez en 1985, cuando desarrollaba su programa para niños con abuso sexual reactivo.

Batres explicó que el concepto de abusadores sexuales reactivos ha sido mal utilizado para minimizar el daño que un niño que abusa puede causar a su víctima.

Habló también sobre la teoría de la psiquiatra Lenore Terr, que habla sobre cómo reaccionan los niños a este tipo de situaciones traumáticas.

Terr pasó varios años estudiando la conducta y respuesta de niños traumatizados, y encontró que estos tienen alterados los mecanismos para procesar el material traumático. Además, explicó que los niños tienden a repetir eventos del antes, después y durante el trauma.

Factores de género

Batres habló también sobre cómo un análisis feminista de la ofensa sexual afirma que los niños que abusan lo hacen no solo porque “es permitido”, sino porque es recompensado. Afirma que en estos casos de abuso, el hacer valer el “dominio masculino” y la intimidación hacia la mujer le brinda al agresor placer sexual.

Además, la psiquiatra habló sobre cómo algunos factores de trasfondo que presentan los agresores varían de acuerdo con su género.

Un estudio realizado por Johnson (1998) con niños abusadores sexuales, evidenció que el 49 por ciento de los menores que participaron el estudio fueron abusados previamente, antes de convertirse en agresores. Esto lo llevó a la conclusión de que no todos los niños abusados repiten su conducta.

Posteriormente, realizó otro estudio, solo que esta vez enteramente con niñas abusadoras sexuales como población. La investigación arrojó un dato que pesa mucho a la hora de compararlo con el caso anterior: reveló que el 100% de las niñas abusadoras con las que se estaba trabajando habían sido abusadas sexualmente antes de cometer su primera ofensa sexual.

Para ambos estudios se trabajó con infantes de entre cuatro y doce años. Para el caso del estudio realizado solo con varones se trabajó con una muestra de 47 niños. La edad promedio del primer abuso sexual que cometieron fue a los ocho años y medio. Además, para ese momento, llevaban un promedio de dos víctimas por persona.

En el caso del estudio donde la muestra de estudio consistía únicamente de niñas, estas tenían alrededor de trece años y la edad promedio del primer abuso sexual que cometieron fue a los seis años. Para el momento en que se realizó el estudio, llevaban un promedio de una víctima por persona.

Otro estudio únicamente con varones, realizado por la propia Batres en 2004, mostró resultados similares al primer estudio realizado por Johnson. Batres utilizó una muestra de diez niños, con  edades entre los seis y once años. De estos, el 50 por ciento había sido víctima de abuso sexual anteriormente. La edad promedio a la que estos niños habían cometido su primera ofensa sexual fue a los siete años. Además, para el momento del estudio, llevaban un promedio de dos víctimas por persona.

Los resultados de los tres estudios permitieron llegar a una serie de conclusiones similares. En la mayoría de casos, las víctimas fueron conocidos, vecinos, hermanos, primos o compañeros de escuela de los niños y niñas con los que se realizaron los estudios. Las víctimas fueron menores que su abusadores, con una diferencia de edad promedio de cinco años.

Tratamiento

“Es muy importante que las personas que han sufrido de abuso sexual lleven algún tipo de tratamiento, sino pueden exponerse a severos trastornos emocionales en un futuro”, explicó Batres.

Uno de los tratamientos que destaca es el de la terapia de grupo. Explica que, pese a su comprobada efectividad, en Latinoamérica existe una gran resistencia a la terapia de grupo y se buscan otro tipo de alternativas.

“Existen lugares en la región, como Guatemala, donde los niños que sufren de abuso sexual son enviados a los llamados refugios, donde los tratan casi como privados de libertad”, dijo.

La psiquiatra dijo que no importa si el terapeuta es hombre o mujer, siempre y cuando cuente con la formación adecuada en tema de abuso infantil.

Dentro de las ventajas que presenta la terapia grupal para el tratamiento de estos casos, destacó el hecho de que promueven relaciones en un espacio seguro, ayuda a ajustar las autopercepciones negativas, promueve la lógica sin distorsiones que cuestionen su propio pensamiento y estimula la expresión de sentimientos.


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