Watergate: las cinco guerras de Nixon

Con la reedición de Todos los hombres del presidente, el excelente libro en que los periodistas del Washington Post Carl Bernstein y Bob Woodward

Con la reedición de Todos los hombres del presidente, el excelente libro en que los periodistas del Washington Post Carl Bernstein y Bob Woodward narran el proceso de la serie de reportajes que publicaron entre 1972 y 1974 acerca de los comportamientos abusivos e ilegales de la administración Nixon, ambos periodistas actualizan su trabajo con este  breve epílogo, tan trepidante como el libro mismo y exaltador del bello oficio del periodismo comprometido.

Hoy, en mucha mayor medida que cuando cubrimos por primera vez esta información como jóvenes periodistas del Washington Post, hay un abundante archivo para dar respuesta clara a todo lo que significó el Watergate, archivo que ha ido ampliándose decenio a decenio con la transcripción de centenares de horas de cintas secretas del presidente Nixon (conversaciones que aportan contexto y pormenores sobre las audiencias en el Senado y la Cámara de Representantes), con los juicios y declaraciones de unos cuarenta ayudantes y colaboradores de Nixon que fueron a prisión y con las memorias de Nixon y sus inmediatos colaboradores. Toda esta documentación hace posible determinar que fue el propio presidente quien dirigió una gran campaña de espionaje y sabotaje políticos, así como otras actividades ilegales, contra aquellos a quienes consideraba enemigos, fueran estos reales o imaginarios.

Durante sus cinco años y medio de mandato (juró el cargo en 1969), Nixon declaró y administró cinco guerras sucesivas: contra el movimiento que se oponía a la intervención en Vietnam, contra la prensa, contra los demócratas, contra el sistema judicial y, por último, contra la propia historia. Todas ellas fueron reflejo de un modo de pensar y de actuar típicamente nixoniano: la predisposición a saltarse la ley a la torera y la búsqueda de secretos y trapos sucios en sus adversarios como principio organizador de su mandato presidencial.

Mucho antes del robo en el Edificio Watergate, los detectives privados, los allanamientos de morada, las escuchas telefónicas y el sabotaje político formaban ya parte del estilo de vida de la Casa Blanca con Richard Nixon.

¿En qué consistió el Escándalo Watergate? En las cinco guerras de Nixon.

Contra el movimiento pacifista

El presidente pensaba que era subversivo y que limitaba su capacidad para llevar adelante la guerra en el Sudeste Asiático. En 1970 aprobó el secretísimo plan Huston que autorizaba a la CIA, el FBI y unidades de inteligencia militar a intensificar la vigilancia electrónica de individuos identificados como «amenazas para la seguridad nacional». El plan promovía, entre otras cosas, interceptar correspondencia y levantar las restricciones sobre «entradas furtivas», en otras palabras, robos con allanamiento o lo que se ha dado en llamar «operaciones negras».

Thomas Charles Huston, el asesor de la Casa Blanca que ideó el plan, informó a Nixon de que era ilegal, lo que no impidió al presidente dar su visto bueno. No fue revocado oficialmente hasta que el entonces director del FBI, J. Edgar Hoover, puso reparos, aunque no por una cuestión de principios, sino porque consideraba que ese tipo de actividades era jurisdicción del FBI. Nixon, pese a ello, siguió obsesionado con aquellas operaciones (…).

Contra los medios de comunicación

Nixon libró una guerra sin cuartel contra la prensa, que cada vez informaba de manera más insistente sobre el fracaso de la intervención en Vietnam y la pujanza del movimiento pacifista. Aunque Hoover creía haber cerrado las puertas al plan Huston, de hecho fue llevado a cabo por ayudantes de alto nivel del presidente. Se organizó una cuadrilla de «fontaneros» y un equipo de ladrones bajo la supervisión del principal asesor de Nixon para asuntos internos, John Ehrlichman, y un ayudante, Egil Krogh, y dirigidos por los jefes de operaciones del futuro robo en el Edificio Watergate, el exagente de la CIA Howard Hunt y el exmiembro del FBI G. Gordon Liddy. Hunt fue contratado como especialista por el asesor político de Nixon, Charles Colson, quien compartía con el presidente la postura de no andarse con chiquitas.

Una de las primeras misiones fue la de ensuciar la reputación de Daniel Ellsberg, que fue quien en 1971 filtró a los medios informativos los llamados Papeles del Pentágono, una historia secreta de la Guerra de Vietnam. La publicación de los documentos en el New York Times, el Washington Post y posteriormente otros rotativos hizo que Nixon se subiera por las paredes y despotricara (así lo prueban sus cintas) contra Ellsberg, el movimiento pacifista, la prensa, los judíos, la izquierda norteamericana y los congresistas de ideas progresistas, a los que Nixon metía en el mismo saco. Aunque Ellsberg estaba siendo ya investigado por cargos de espionaje, el equipo encabezado por Hunt y Liddy allanó la consulta de su psiquiatra buscando información que pudiera manchar el nombre de Ellsberg y socavar así su credibilidad entre el movimiento pacifista (…). En una grabación del Despacho Oval fechado el 22 de febrero de 1971, Nixon decía: «A corto plazo, yo creo que sería mucho más fácil acabar con esto al estilo dictatorial: matar a todos los periodistas y seguir adelante con la guerra».

Contra los demócratas

El 10 de octubre de 1972 publicamos un artículo en el Post subrayando las numerosas operaciones de espionaje y sabotaje de la campaña de Nixon y de la Casa Blanca (en especial contra Muskie) y afirmando que el robo en el Edificio Watergate no fue un caso aislado. El artículo decía asimismo que al menos cincuenta agentes habrían intervenido en dichas operaciones, muchos de ellos bajo la supervisión de un joven abogado de California de nombre Donald Segretti; varios días después, informamos de que Segretti había sido contratado por Dwight Chapin, el encargado de la agenda de Nixon. (Más adelante la comisión del Senado para el caso Watergate descubrió más de cincuenta saboteadores, entre ellos veintidós pagados directamente por Segretti). Herbert Kalmbach, abogado personal de Nixon, pagó a Segretti más de 43 mil dólares de fondos sobrantes de la campaña para aquellas actividades. A lo largo de la operación, Segretti estuvo frecuentemente en contacto con Howard Hunt.

La investigación del Senado aportó nuevos detalles sobre la eficacia de las operaciones encubiertas contra Muskie, quien en 1971 y principios de 1972 era considerado por la Casa Blanca el demócrata más capaz de derrotar a Nixon. La campaña del presidente pagó al chófer de Muskie, un voluntario de nombre Elmer Wyatt, mil dólares mensuales por fotografiar memorandos internos, documentos de posición, horarios e informes de estrategia, y por entregar copias de todo ello a Mitchell y al equipo de campaña de Nixon (…).

Contra el sistema judicial

La detención de los ladrones del Watergate puso en marcha la cuarta guerra de Nixon, ahora contra la administración de justicia de los Estados Unidos. Fue una cruzada de mentiras y sobornos, una conspiración que se hizo necesaria para camuflar el papel jugado por funcionarios de alto nivel y ocultar la campaña de espionaje ilegal y sabotaje político auspiciada por el presidente, que incluía las operaciones encubiertas que Mitchell calificó de «horrores de la Casa Blanca» durante el proceso por el caso Watergate: el plan Huston, los «fontaneros», el robo a Ellsberg, el plan Gemstone de Liddy y el robo de documentación que habían planeado en Brookings (…).

El 21 de marzo de 1973, en una de las conversaciones más memorables sobre el Watergate que hayan quedado grabadas, Nixon se reunió con su asesor John W. Dean, quien a raíz del robo había sido encargado de coordinar la tapadera. Dean le comunicó que Hunt y los ladrones les están «chantajeando», y que otros «van a empezar a cometer perjurio».

-¿Cuánto dinero necesitas? -preguntó Nixon.

-Yo calculo que esa gente nos costará un millón de dólares en los dos próximos años -respondió Dean.

-Y los podrías tener en metálico -dijo el presidente-. Yo… yo sé de dónde se puede sacar ese dinero. Bueno, no es fácil, pero se podría.

Contra la historia

La última guerra de Nixon, que aún hoy siguen librando algunos viejos asesores e historiadores revisionistas, pretende restar importancia al Watergate y presentarlo como un mero accidente en el historial de Richard Nixon. En los veinte años que vivió después de dimitir, el presidente hizo cuanto pudo y más por minimizar el escándalo (…).

En sus memorias, RN (1978), Nixon abordaba su papel en el Watergate: «Nada de lo que hice ni de lo que dejé de hacer, aun lamentable o incluso indefendible, era motivo de impugnación». Doce años más tarde, en su libro In the Arena, criticaba una docena de «mitos» sobre el Watergate e insistía en su inocencia de muchos de los cargos que se le imputaron. Un mito, según él, era que había ordenado pagar sobornos a Hunt y otros. Sin embargo, la grabación del 21 de marzo de 1973 prueba que ordenó hasta doce veces a Dean que consiguiera el dinero. (…)

Nixon había perdido su autoridad moral como presidente del país. Las cintas secretas (y lo que revelaban) serán con toda probabilidad su herencia más duradera. En ellas se le oye hablar sin descanso sobre lo que sería bueno para él, sobre su lugar en la historia y, por encima de todo, sobre sus rencores, enemistades y planes de venganza. Nunca habla sobre medidas para mejorar las cosas: lo ausente en esas conversaciones es el bienestar de la nación.

El Watergate que contamos nosotros en el Washington Post entre 1972 y 1974 no es el Watergate que conocemos hoy. Era solo un atisbo de algo mucho más grave. Cuando Nixon se vio forzado a dimitir, la Casa Blanca se había convertido, en gran medida, en una empresa criminal.

Tomado de ABC.

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