Vuelve Tenochtitlan

La editorial de la Universidad de Costa Rica (EUCR) presenta una nueva edición de la gran novela Tenochtitlan

Tenochtitlan, la última batalla de los aztecas

José León Sánchez

Novela

EUCR

La editorial de la Universidad de Costa Rica (EUCR) presenta una nueva edición de la gran novela Tenochtitlan, la última batalla de los aztecas, del afamado escritor nacional y premio Magón, José León Sánchez, de la cual ofrecemos algunos extractos del prólogo realizado por el catedrático José Ángel Vargas.

Como obra representativa de una etapa inicial del proceso creador de José León Sánchez, La isla de los hombres solos constituye un proyecto de escritura con el que abre el camino para explorar la historia costarricense desde distintos escenarios. Este posee particulares orientaciones estéticas y es continuado por obras como La colina del buey (1972), en la que el protagonista se convierte en eje articulador del devenir histórico, mediante el asedio de temas como la pobreza, la sanidad, la situación educativa, la producción bananera, cafetalera y de cabuya, así como la explotación del oro. Mediante este ejercicio creativo se develan los conflictos económicos y laborales generados a partir de ellas. Esa aproximación crítica a la historia nacional la plasma por medio de una mirada humorística e irónica en torno a los acontecimientos, los cuales han pasado por el tamiz de la imaginación.

La novela Los gavilanes vuelan hacia el sur (1981) contribuye a esa representación de la historia nacional mediante el abordaje de diferentes problemáticas sociales, especialmente la explotación bananera a cargo de una compañía que, según el protagonista, “acumulaba millones con la tragedia y la miseria del pueblo costarricense” (Sánchez, 1981, p.123). Este acercamiento discursivo entre la historia costarricense y la ficción constituye una primera propuesta para adentrarse en lo que varios críticos han denominado la nueva novela histórica latinoamericana.

Con su obra La luna de la hierba roja (1983) el autor se propone incursionar en dicho territorio, para lo cual construye una posición subversiva respecto de los discursos oficiales predominantes. En ella expone la corrupción de las autoridades de Orillarrica, metáfora englobante de Costa Rica, quienes permiten la construcción de una represa hidroeléctrica y la entrada de maíz contaminado al país, sin importarles las afectaciones negativas en la salud de la población, incluida la niñez.

Paralelamente a esta situación, se representa a los indígenas como voz y eje estructurante, de tal modo que estos se conciben libres de los códigos que han marcado a la cultura oficial: “Nosotros no somos orillacenses. Tampoco somos cargadores de mulas ni bebedores de ron. Somos indios, estamos aquí y somos hermanos de todas las cosas de la montaña y no hay secreto que desde hace mil lunas no hayamos aprendido” (Sánchez, 1984, p. 355). Por este motivo, la novela se convierte en el principal antecedente del trabajo desarrollado con las novelas
Tenochtitlan (1986) y Campanas para llamar al viento (1989), tanto por un sistemático cuestionamiento del poder de los conquistadores españoles como por la incorporación de la voz indígena, signos constitutivos del problemático y dinámico proceso de identidad.

(…)

Tenochtitlan trasciende los códigos de la nueva novela histórica latinoamericana y se convierte en una densa parodia de la Conquista y colonización de América Latina, con lo cual deja al descubierto las vicisitudes, dolores e ilusiones humanas de quienes participan en ese particular proceso cultural y semiótico. Esta obra constituye un enunciado desmitificador de la versión oficial de la Conquista y rompe con la univocidad de historia antropológica, ya que le confiere a los hechos dimensiones complejas mediante un proceso escritural que no parte desde la perspectiva de los héroes o de los “grandes hombres”, sino desde los procesos vividos por la colectividad, por aquellos grupos quienes se encuentran excluidos del poder, pero que luchan, destruyen jerarquías y generan nuevas sensibilidades para resignificar sus marcas de identidad. Con ello esta novela se distancia plenamente de una concepción positivista de la historia, reinventa el pasado y desestabiliza las jerarquías del poder destinadas a borrar todo signo positivo de la colectividad nativa.

Como novela dialógica, Tenochtitlan visita y procesa la historia latinoamericana, ya que le otorga la palabra a múltiples voces, desde la oficialidad española hasta a aquellos personajes indígenas quienes, con sus acciones, subvierten los imaginarios dominantes y dejan al descubierto las contradicciones e ironías del proceso de Conquista y colonización. En el mismo instante en que anuncia el ángelus en América extiende un manto de la neblina, sombra y soledad que cobija a Cortés y a las fuerzas actanciales del imperio español, como lo reafirman las devastadoras escenas finales donde la gloria y del carácter épico atribuido a Cortés se diluyen hasta la noche y el vacío. La irracional avidez por el oro, la destrucción cultural y la muerte apuntan hacia el fracaso humano de toda forma de irrespeto al otro.

Las palabras finales del narrador revelan tal fracaso: “La campana dejó de sonar, era la hora del perro. La silueta de Hernán Cortés se movió para distinguir a lo lejos cómo el sol iba cayendo… cayendo. Su sombra, al fin, se diluyó en la oscuridad de la noche” (p. 452). Esta imagen erige la muerte como la gran protagonista de la historia y solo acudiendo a la sabiduría ancestral se podrán resucitar los saberes originarios de los aztecas, aspecto medular del proyecto de escritura del autor.

Como obra referente de la literatura costarricense y latinoamericana, Tenochtitlan es una innovadora metáfora historiográfica de la sociedad azteca y española y, por su entramado literario, dialoga con profunda vitalidad con las narradoras y los narradores cumbres de la literatura latinoamericana, mediante el aporte a la construcción de un discurso propio y universal que subvierte cualquier concepto estático de la identidad.

Finalmente, por su volumen, complejidad ideológica y especificidad literaria, Tenochtitlan conforma un sistema de relaciones e intersecciones discursivas, incorpora una dimensión moral en la que se generan e interactúan significados, valores y cualidades humanas (Eagleton, 2013, p.87). Más que una elaboración secuencial, en este libro, José León Sánchez edifica una imagen poliédrica y caleidoscópica de las paradojas del poder, las tragedias, aspiraciones y virtudes del ser humano, al mismo tiempo que se presenta como un universo de signos abierto a diversas lecturas e interpretaciones según la competencia cultural de sus receptores.

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