Volver al humanismo y a los clásicos 

“En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una lleva inglesa más que un cuadro”.

¿Puede un sencillo profesor de la Universidad de Calabria, Italia, despertar el interés por el saber humanístico y rescatar de los escombros del neoliberalismo el conocimiento sin pretensiones mercantilistas como base de la cultura Occidental?

Nuccio Ordine, sin proponerlo, dio un golpe en la mesa con sus libros la Utilidad de lo inútil (2013) y Clásicos para la vida (2015), basados en sus apuntes de clase y con los que a lo largo de más de 25 años ha azuzado a sus estudiantes de que lo importante es el saber, por encima de los dividendos que pueda producir.

Ordine, tanto en los citados libros, como en conferencias a lo largo de Europa, ha denunciado cómo las universidades están perdiendo su función de generar pensamiento crítico y de sustentar su enseñanza en una educación que destaque los valores que permitan entender al otro.

Curiosamente, ambos libros tuvieron una magnífica recepción contra las propias lógicas imperantes y han sido traducidos al inglés, al alemán y al castellano, entre otras lenguas.

“La lógica del beneficio mina por la base las instituciones (escuelas, universidades, centros de investigación, laboratorios, museos, bibliotecas, archivos) y las disciplinas (humanísticas y científicas) cuyo valor debería de coincidir con el saber en sí, independientemente de producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos”, apunta en la Utilidad de lo inútil.

Para Ordine es necesario un llamado al humanismo, a recobrar materias como el griego y el latín en universidades y colegios, porque son las que nos llevan a las fuentes de las que bebió la cultura occidental por siglos y de las que han surgido grandes corrientes de pensamiento.

Sin una cultura que sostenga todo el andamiaje de lo que es el ser occidental, simplemente se va a la deriva, es por eso que el profesor Ordine siempre desafía a sus estudiantes a que cursen la carrera para la que tienen vocación y que se olviden de los fines utilitaristas que más tarde puedan tener.

Clásicos para la vida es una invitación a descubrir los
grandes libros de la cultura Occidental.

“La utilidad de los saberes inútiles se contrapone radicalmente a la utilidad dominante, que, en nombre de un exclusivo interés económico, mata de forma progresiva la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, las lenguas clásicas, la enseñanza, la libre investigación, la fantasía, el arte, el pensamiento crítico, y el horizonte civil que debería de inspirar toda actividad humana”.

Con el fin de dejar más que claro a qué se refiere Ordine cuando mediante un oxímoron invoca la utilidad de lo inútil, asegura: “En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una lleva inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte”.

Con esta visión utilitarista Occidente ha entrado en un callejón sin salida, y tal es la fuerza del movimiento que ya empieza por arrastrar a las propias universidades públicas, otrora casas en las que se cultivaba el pensamiento crítico, analítico, en el que el saber iba más allá del instituto.

Y ni qué decir de las universidades privadas, que prescinden del saber humanístico porque eso es hacerle perder tiempo a los alumnos. De ahí que salgan médicos, abogados, periodistas, educadores con un saber en el mejor de los casos bueno en el campo técnico, pero sin una idea del por qué ejercen esos oficios y de quiénes están detrás de ellos. Es decir, que no ven seres humanos, sino solo números, números con los que en una jornada de trabajo deben de cumplir, porque al final lo que cuenta son las sumas y las restas.

METAMORFOSIS

El conocimiento, el saber, las artes despiertan en el ser humano ese anhelo de trascendencia, de ir más allá de la muerte, para dejar una memoria escrita, visual, un hacer que le recuerde a las futuras generaciones que por esta tierra pasó el homo sapiens, capaz de lo mejor y de lo peor, pero con una conciencia de que no solo de pan vive el hombre, y de que para entender al otro, hay que conocer sus circunstancias.

En ese sentido, el saber es un esfuerzo individual y colectivo por el que hay que pagar un precio. Este es, considera Ordine, uno de los factores que el dinero no puede comprar. Ni todo el oro del mundo es capaz de comprar el saber, ese conocimiento que faculta al ser humano a disfrutar de la rosa, porque como decía Jorge Luis Borges, la “rosa es sin por qué”.

“Todo puede comprarse, es cierto. Desde los parlamentarios hasta los juicios, desde el poder hasta el éxito: todo tiene un precio. Pero no el conocimiento: el precio que debe pagarse por el conocer es de una naturaleza muy distinta. Ni siquiera un cheque en blanco nos permitiría adquirir mecánicamente lo que solo puede ser fruto de un esfuerzo individual y una inagotable pasión. Nadie, en definitiva, podrá realizar el fatigoso recorrido que nos permitirá aprender. Sin grandes motivaciones interiores, el más prestigioso título adquirido con dinero no nos aportará ningún conocimiento verdadero ni propiciará una verdadera metamorfosis del espíritu”.

Y en este juego dialéctico entre saber y utilidad, entre el ser y el mercado, solamente el conocimiento puede desafiar a la economía que parece por todas partes como si fuera omnisciente.

“Pero hay algo más. Solo el saber puede desafiar las leyes del mercado, yo puedo poner  en común con los otros mis conocimientos sin empobrecerme. Puedo enseñar a un alumno la teoría de la relatividad o leer junto a él una página de Montaigne dando vida a un milagro de un proceso virtuoso en el que se enriquece, al mismo tiempo, quien da y quien recibe”.

Según Ordine, estamos inmersos en lo que Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, denominó la civilización del espectáculo, en la que lo superfluo, lo banal, lo intrascendente alcanza cuotas deslumbrantes de exposición y hace pensar que lo inmediato es lo que cuenta, que el cultivar el espíritu, que dedicar tiempo a la lectura es tiempo perdido.

No en vano, hoy más que la era de la lectura se vive en la era de las series televisivas. Surgen noticias incluso de cómo la desesperación por un nuevo capítulo ha llevado casi al linchamiento a aquel que quiera adelantarse y contar un avance del programa predilecto.

Antes ese tiempo era dedicado a la lectura. En la época de los libros por entregas en los periódicos el público estaba expectante del capítulo que pudiera presentar Alejandro Dumas padre o Charles Dickens. Ese tiempo ya pasó y con el predominio de la cultura audiovisual ha habido un continuo alejamiento de aquello que humaniza al hombre, que le recuerda su fragilidad y su grandeza, porque la sombra de lo económico, de lo utilitarista, está más presente que nunca, siempre al acecho de su presa que es el ser humano cada vez más “acrítico”.

“Ciertamente no es fácil entender, en un mundo como el nuestro, dominado por el homo economicus la utilidad de lo inútil y, sobre todo, la inutilidad de lo útil (¿cuántos bienes de consumo innecesarios se nos venden como útiles e indispensables?) Es doloroso ver a los seres humanos ignorantes de la cada vez mayor desertificación que ahoga el espíritu, entregados exclusivamente a acumular dinero y poder. Es doloroso ver triunfar en las televisiones y en los medios nuevas representaciones del éxito, encarnadas en el empresario que consigue crear un imperio a fuerza de estafas o el político impune que humilla al Parlamento haciendo votar leyes ad personam. Es doloroso ver a hombres y mujeres empeñados en una insensata carrera hacia la tierra prometida del beneficio, en la que todo aquello que les rodea —la naturaleza, los objetos, los seres humanos— no despierta ningún interés”.

En esa carrera desbocada por lo utilitarista se pierden los matices, las pequeñas cosas que hacen que la vida tenga un sentido. Es lo que Antonio Marina llamó “filosofía con zoom”, para rescatar lo intrascendente, lo que no se registra en la cuenta de los bancos y no aparece reflejado en las tarjetas de débito.

“La mirada fija en el objetivo a alcanzar no permite ya entender la alegría de los pequeños gestos cotidianos ni descubrir la belleza que palpita en nuestras vidas: en una puesta de sol, en un cielo estrellado, la ternura de un beso, la eclosión de una flor, el vuelo de una mariposa, la sonrisa de un niño. Porque, a menudo, la grandeza se percibe en las pequeñas cosas”.

LEER A LOS CLÁSICOS

 Desde la modesta trinchera de su labor como profesor en la Universidad de Calabria, una de las regiones menos desarrolladas de Italia, pueblo en el que creció sin tener un libro en la casa, por lo que tuvo que devorarse los que encontró en la biblioteca pública, Ordine también ha impulsado una cruzada por recuperar la lectura de los clásicos.

Cuando habla de lectura es ello como tal: fuera los resúmenes, los libros de texto que solo presentan fragmentos descontextualizados de las obras cumbres de la literatura universal.

De nuevo, la vocación humanística de las universidades debe llevar a recuperar a los clásicos porque en ellos está buena parte del saber que le da sustento a la cultura occidental.

Ordine está convencido de que para cualquier oficio o profesión que el estudiante vaya a desempeñar su saber humanístico será clave y determinante en esa tarea.

Ordine prédica con el ejemplo. En Clásicos para la vida cuenta que los últimos 15 años ha dedicado media hora de sus clases para compartir un texto en prosa o en verso con sus estudiantes, sobre un tema que no está en el plan de estudios, con el fin de estimular la curiosidad de sus educandos.

Fue entonces cuando el experimento empezó a dar más frutos de los esperados: a la clase empezaron a llegar caras nuevas, de alumnos que no estaban matriculados con el profesor Ordine, sino que habían oído que en su clase pasaba algo diferente, que el profesor leía y compartía textos con sus alumnos solo por el placer de disfrutar la obra de artistas, escritores, ensayistas, poetas, etc.

A la par de este logro sucedió, también, otro todavía más importante: los alumnos que en otro tiempo habían consultado a los clásicos de forma fragmentaria, para ganar tiempo (de nuevo aparece la sombra del utilitarismo), comenzaron a leer íntegros a Homero, a Virgilio, a Dante, etc.

“Las grandes obras literarias o filosóficas no deberían leerse para aprobar un examen, sino ante todo por el placer que producen en sí mismas y para tratar de entendernos y de entender el mundo que nos rodea”.

La utilidad de lo inútil supuso una sorpresa porque el libro fue muy bien recibido en 2013. A la fecha ya lleva muchas ediciones.

Por tal motivo, al tiempo que hace una defensa extraordinaria de los clásicos, Ordine llama a cuentas a los profesores, que muchas veces cegados por el utilitarismo olvidan su principal labor.

“La primera tarea de un profesor debería de ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma”.

Aunque Ordine hace sus referencias para el contexto europeo, sus palabras también encuentra eco en la Costa Rica del bicentenario, dado que de acuerdo con las pruebas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el nivel de comprensión lectora de los estudiantes costarricenses es muy deficiente.

Tal situación se da por diversos factores, pero en ellos inciden la calidad de los profesores y los enfoques asumidos, de forma tal que siempre se apela a lo más fácil y no al camino al que llama la cultura, que es el de cultivar ese conocimiento como el campesino cultiva la tierra: con la paciencia franciscana de saber que cada planta o árbol darán sus frutos en el momento adecuado.

Por todo lo anterior, estimular la lectura de los clásicos en sus obras íntegras es el otro de los desafíos a los que este profesor de literatura italiana ha consagrado buena parte de su vida. Y es que los clásicos, sin importar el tiempo transcurrido, todavía tienen que decir mucho sobre cómo es el mundo y qué rumbos asume a cada paso.

“Los clásicos, en efecto, nos ayudan a vivir. Tienen mucho que decirnos sobre el ‘arte de vivir’ y sobre la manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro”. Para rendir la pleitesía que el libro clásico merece hay que apelar a su lectura integral, porque un conocimiento de antología siempre será parcial.

Lamentablemente, asegura Ordine en sus ya citados libros, esto es lo que cada vez sucede en Europa; por eso, este es uno de los aspectos en los que debe centrarse la enseñanza: volver a los textos íntegros y tratar de escudriñarlos en toda su dimensión.

Y que se cumpla la aspiración de Alfonso Reyes, Francisco Romero, Federido de Onís, Ricardo Baeza y Germán Arciniegas que, en su colección Clásicos, dejaban esta reflexión en el “Propósito del libro”: “Un gran pensador inglés dijo que la “verdadera Universidad hoy en día son los libros”, y esta verdad, a pesar del desarrollo que modernamente han tenido las instituciones docentes, es en la actualidad más cierta que nunca. Nada aprende mejor el hombre que lo que aprende por sí mismo, lo que le exige un esfuerzo personal de búsqueda y de asimilación; si los maestros sirven de guías y orientadores, las fuentes perennes del conocimiento está en los libros”.


Warning: file_get_contents(https://graph.facebook.com/?ids=https://semanariouniversidad.com/suplementos/volver-al-humanismo-y-a-los-clasicos/): failed to open stream: HTTP request failed! HTTP/1.1 403 Forbidden in /home/alfred06/public_html/wp-content/themes/abomb-child/elements/element.php on line 80
0 comments