El viaje al infierno de Amedeo Modigliani

Italia está conmovida por un gran escándalo. El pasado mes de marzo se inauguraba en el Palau Ducal de Génova

Italia está conmovida por un gran escándalo. El pasado mes de marzo se inauguraba en el Palau Ducal de Génova la que se preveía que fuera la más espectacular exposición del año: Amedeo Modigliani. La exposición se ganó los mayores elogios de la crítica, hasta que fue visitada por Carlo Pepi, un veterano crítico de arte, que enseguida hizo público, a través de las redes sociales, que algunas de las obras eran falsas, y aseguró que incluso un niño podría darse cuenta de ello de tan feas como eran. Pepi se apresuró a denunciar los hechos a los carabineros. Enseguida tuvo el apoyo de algunos otros expertos en Modigliani, que concordaron en que se trataba de falsificaciones.

Denuncia con fundamento

21 de las obras expuestas han sido retiradas por la justicia, que ha encargado un examen pericial para determinar su autenticidad, aunque en principio parece que hay evidencias de falsificación de algunas de las obras. La exposición se ha tenido que cerrar a toda prisa, pocos días antes de su fecha prevista de clausura. La empresa organizadora de la exposición y los comisarios de la muestra están ahora siendo investigados. Se cree que las falsificaciones formarían parte de un intento de estafa, ya que los cuadros de Modigliani, en el mercado, tienen un valor de millones de dólares. Y los expertos aseguran que Modigliani es uno de los autores más falsificados…

Llegó a París desde la Toscana con maneras de burgués y un carnet de dibujos pinzado bajo el sobaco. Había que estar en París, gran cocedero del arte. Aquella ciudad que entre el arranque del siglo XX y hasta la Segunda Guerra Mundial inventó una de las esquinas de la modernidad y despeinó Europa con un ventarrón de vanguardias. Había que estar en París.

El joven Amedeo Modigliani (1884-1920) se hizo a sí mismo ese encargo, vivir aquello como si no hubiese en el mundo otra opción. Quería ser pintor. Tenía 21 años. Era judío y de buenos modales. Atesoraba un talento aún inédito y se ceñía trajes de buen paño con chaleco a juego. Alto, apuesto, callado. Salió de casa en 1906 con un dinero que le dio su madre y cuando llegó al destino pajariteó por los barrios de artistas hasta que recaló en Montmartre, en una casa cercana al Bateau-Lavoir, donde andaba Picasso junto a un planetario de poetas fundando (aún sin saberlo) una nueva astronomía.

En aquella tribu luciferina destacaba el escritor André Salmon (junto al opiómano y cabalista Max Jacob, el extraordinario Apollinaire, el flaco Cocteau, la riquísima Gertrude Stein, que les echaba de comer…). Aquel hombre alto con algo de jefe de expedición clavó la atención en el pintor italiano, siempre apartado, siempre con chicas, siempre a lo suyo en algún tabernazo. Salmon asistió en primera fila al ascenso y (velocísima) caída de Modigliani. Desde los primeros pasos huroneando alrededor de la galería/galpón de Ambroise Vollard (donde acumulaban polvo los primeros picassos, piezas de Matisse, de Cézanne, de los impresionistas y de todo aquello que sirviese para hacer fortuna) hasta los días finales de delirio o el entierro de príncipe desahuciado que le propiciaron sus amigos para vengar tanta miseria. Modigliani se dejaba ver, pero casi nadie lo quiso mirar. Empezando por Vollard, negociante implacable con andar de elefante, que fijó la atención ya demasiado tarde.

París era una rueda de fuego y el joven pintor estaba dispuesto a dejarse inmolar. André Salmon fue el primero en darse cuenta. Y el más audaz para saber contarlo. Antes, mucho antes de que Modigliani fuese icono de la pintura contemporánea, comenzó a armar una biografía que solo tomó sentido según el protagonista fue abriendo infiernos a su paso. Su manual de abismos. Hasta quedarse a vivir en uno de ellos. El libro de Salmon lleva un título casi vulgar, La apasionada vida de Modigliani. Lo recupera ahora la editorial Acantilado. Y sale de un ensayo previo: El vagabundo de Montparnasse: vida y muerte del pintor A. Modigliani, publicado por Salmon en 1939.

“Modigliani llevaba poco tiempo en París, pero en una sola tarde había visto y estudiado todo lo que se exponía en las galerías Georges Petit, Durand-Ruel, Vollard y Clovis Sagot. Aunque nunca dijo qué pensaba de todo aquello… Todavía no era un gran bebedor, pero sintió que necesitaba un vasito de tinto para reflexionar sobre cosas tan complejas. Le obsesionaba un cuervo de Picasso. Era como si aquel cuervo le picoteara la cabeza… Modigliani había visto una vez a Picasso, de lejos, en las inmediaciones de la place de Clichy”, escribe Salmon.

Picasso era un malagueño de 25 años que despertaba curiosidad y espanto en los otros artistas. Iba por la vida a una velocidad inesperada. Se hacía sitio en el arte desde donde nadie antes lo había logrado. El primer vasito de vino fue el kilómetro 0 del desbarrancadero vital en el que fue cayendo Modigliani, como aquel personaje de El bebedor de Hans Fallada. No vendía [pero en 2015 su obra Desnudo acostado alcanzó los 158 millones de euros en subasta]. No despertaba curiosidad. No había encontrado aún la voz de su pintura y solo acumulaba fortuna entre las modelos de taller, que no sabían (ni querían) escapar de la jurisdicción de aquel italiano con ramalazos prematuros de galán vencido. “El único en aquel París que sabía vestir”, dijo Picasso.

La única exposición que tuvo en la ciudad, en la galería Berthe Weill (1917), fue suspendida el día de la inauguración por el escándalo que desataron sus desnudos. Modigliani había encontrado una identidad en la pintura. Retratos de mujeres de cuello infinito. Cuello rosado. Ojos vacíos. Cabeza de almendra. Asumidas desde una sensualidad de líneas suaves. Una delicadeza que a la vez tenía ráfagas de convulsión. Acumuló tantas amantes como borracheras. Cada vez más monumentales. Con Maurice Utrillo entró en las nubes de hachís. Consigo mismo, en la absenta a destajo. Cuanto más ebrio mejor recitaba de memoria a Dante, antes de caer aplastado por su propia desesperación. Su intoxicación comenzó, de algún modo, el mismo día en que pisó París.

Pocas biografías tan malogradas. Pocos seres tan dotados para lo nuevo y tan incapaces para asentarse. Tuvo un ángel atento en el italiano Manuel Ortiz de Zárate, que le compraba carbón una vez a la semana. Modigliani quemaba sus dibujos para calentarse. O los regalaba en los cafés. O los rompía por cualquier inseguridad imprevista. La desesperación no tenía más cima que él. Vivía en un círculo diabólico donde solo lo acompañaba la paciente Jeanne Hébuterne, a la que conoció en un baile de disfraces cuando ella tenía 19 años.

En los últimos años vivieron en un chiscón infecto. La dulce Jeanne se cultivaba por amor en el abismo. Modigliani pintaba cuando las resacas dejaban un hueco entre daño y daño. Tan solo dos coleccionistas le ayudaron: Paul Guillaume y Zborowski. Lo demás fue miseria. Miseria y malditismo. La bohemia había quedado atrás. Y el pintor sumó la tuberculosis a la masa de su sangre. Según la destrucción lo acecha, su talento se hace más visible y poderoso. “Pero, ¿de qué moría aquel enfermo terriblemente deteriorado por el alcohol y el hachís, extenuado además por demasiadas comidas miserables, por demasiadas incomodidades y también por terribles violencias del espíritu, desde las horas de cruel meditación hasta los instantes de cólera salvaje?”, escribe André Salmon. Por tuberculosis y meningitis.

Ortiz de Zárate, tras varios días sin tener noticia de Amedeo y de Jeanne, decidió echar la puerta del estudio abajo. Y ahí estaban. Rodeados de botellas de vino vacías y latas de sardinas. Jeanne embarazada de ocho meses. “Bella y pura hasta dar miedo”. Él seminconsciente, tronadísimo. Jeanne retratándolo a lápiz. Él diciéndole que se sumase al viaje del cielo, donde sería su modelo. “Su amigo Kisling conservaría en la memoria el terrible grito, el más desgarrador, el más estridente, pero un único grito. El que ha podido lanzar una mujer ante el cuerpo casi sin vida de su hombre”. Modigliani llegó al hospital el 24 de enero de 1920 con aura de mendigo. Murió esa misma noche. Su entierro fue el más fastuoso del momento en París, financiado por los amigos. Amantes, pintores, músicos, poetas, actores, acompañaron el cadáver hasta el cementerio Père-Lachaise de París.

El marchante Ambroise Vollard se acercó pocos días después del entierro a una galería de la Rue La Boétie. Colgaba dentro un desnudo pintado por Modigliani. Recordaba que por uno de esos cuadros pedían, poco tiempo atrás, 300 francos. Iba a la caza. Estaba dispuesto a pagar hasta 3.000. El galerista le dio la medida de su error: “Caballero, la tela está valorada en 300.000”. Modigliani había muerto una semana antes. Jeanne se arrojó por el balcón, con el hijo en el vientre, pocos días después. Es la historia de un triunfo. Del revés.

 

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