El valor de las pequeñas cosas

Es difícil darse cuenta de todo lo que cabe en un año si alguien no llega y lo escribe; las despedidas, los encuentros, las muertes

Es difícil darse cuenta de todo lo que cabe en un año si alguien no llega y lo escribe; las despedidas, los encuentros, las muertes inesperadas, los nacimientos, dejar un lugar conocido y seguro para llegar a otro incierto y a veces tan incómodo como aprender alemán con cuarenta años de retraso. Esas cosas que más o menos se pueden recordar y aquellas otras de las que solo quedan sensaciones en el cuerpo se perderían para siempre si no las salva la literatura. Vencer al tiempo, dejar registro de la vida que se escapa entre los dedos ha sido siempre el trabajo de los cronistas; algunos narran las grandes historias, la vida pública de las naciones, una conquista, la llegada de hombres avariciosos a un nuevo continente, el espectáculo de un mundo mutilado por la guerra. Otros no, otros cuentan la vida privada, la aventura sentimental, como la de una familia de San José que deja su casa en Zapote para irse a vivir a Berlín, y todo porque el padre es escritor.

Somos cuatro: esposa, dos hijas y yo. Mariajo, LaMa­yor y LaMenor. Al momento de salir de Costa Rica, LaMenor tenía cuatro años; LaMayor, nueve; Mariajo, treinta y tres, y yo, cuarenta y cinco. Es la primera vez que viajamos juntos fuera del país. También, es la primera vez que las chicas se suben a un avión.”

Como residente del Programa de Artistas en Berlín del DAAD, Luis Chaves vivió con su familia en la capital alemana de enero del 2015 a enero del 2016. En los trópicos no sentimos la necesidad de ordenar la vida en equinoccios y solsticios, nuestras estaciones nunca han sido cuatro sino dos, y ahora además ellas han sido alteradas y se entrelazan con promiscuidad. Pero si un cronista reside en el hemisferio norte, y el tiempo es su material de trabajo, resulta lógico y hermoso que estructure su narración, que bautice sus cinco capítulos con el nombre de las cuatro estaciones que inventamos para espantar al caos. Sí, porque esa forma de pensar es cíclica y el invierno siempre llega de nuevo. Invierno, Primavera, Verano, Otoño y, lo que decía, Invierno otra vez, son los nombres de los capítulos de Vamos a tocar el agua, la crónica que escribió Luis Chaves, su crónica de Berlín.

Chaves siempre está cerca, aunque viva en Alemania y lea Desgracia de Coetzee frente a las aguas del Báltico. Es el mismo de siempre, el que habla y escribe con ingenio y jovialidad, como cualquier persona de las que creció en la clase media de los años noventa, como alguien que camina por la esquina de Monumental o se “engaleta” los billetes y las monedas en los ruedos de su pantalón para evitar el asalto en el regreso de La Bohemia a su casa, por pura paranoia, como la que le hace decir que hay policías buenos y policías malos, una nueva versión del pecho bueno y el pecho malo de la psicoanalista Melanie Klein.

Con esa forma de escribir, breve, sensible, divertida, ha ganado lectores para su poesía y para su narrativa. En Vamos a tocar el agua está ese mismo Chaves, el del Rosabal Cordero o el de la Calle de la Amargura, solo que ahora enfría las birras en el balcón, aprovechándose de la nieve de Berlín; ahora siente que habla alemán como Hegel porque logra entenderse con una cajera de supermercado, ahora estructura el tiempo en cuatro estaciones y vive en el mismo barrio de Günter Grass.

“En Berlín el comercio cierra los domingos. Todo. Nos cos­tó creerlo al principio, luego lo incorporamos y hasta nos parece una característica de avanzada. Descanso domi­nical. Como los dealers, Berlín solo acepta efectivo, nada de tarjetas de crédito. Procedimos pues a cambiar el chip de nuestros tics norteamericanos, nuestras costumbres de Miami pobre.” 

Es verdad que él y su familia a veces salen a caminar por los parques en verano, o que también va al estadio con algunos amigos del fútbol o que visita los monumentos de una ciudad vieja, que las lecturas de poesía lo llevan a Madrid, a Bremen, a Dresde, a Hamburgo, a Eslovenia. Pero la narración de estas crónicas busca otra cosa, busca sensaciones, condensa imágenes sensibles de la vida cotidiana de dos niñas, de una madre que se empieza a adaptar a la nueva ciudad, busca las marcas que dejan las noticias que llegan desde Costa Rica, la casa de un mago en París, las ocurrencias de un gran observador, de un hombre que durante un año entero se ha dedicado a viajar, a leer y a escribir, aprovechando su residencia en Berlín. Estas crónicas de Luis Chaves no buscan la historia de Alemania, sus escritores, sus músicos; no buscan la vida política o las descripciones geográficas; ellas buscan y cuentan el valor de las pequeñas cosas. En cierto sentido, Chaves es un minimalista, un narrador que nunca deja de ser poeta.

Y si estas crónicas estacionales cuentan, hasta donde se puede contar, la vida privada de una familia tica en Berlín, no nos aburren con cosas que solo le interesan a quien las escribe, y esto sucede porque el cronista hace que nos identifiquemos con sus vivencias por el estilo de la narración y porque muestra emociones que todos tenemos, que todos hemos sentido o que perfectamente las podemos imaginar o asociar con las nuestras. La cercanía del lenguaje de Chaves nos presenta la otra cara del escritor, su vida cotidiana, su percepción del sexo infrecuente de un vecino, la muerte de una tía lujuriosa, la última foto de un “birrero” que se ahogó en el Pacífico, el kínder o la escuela de las niñas en primavera y en otoño, el abandono de las clases de alemán con excusas y sin excusas, algunas pinceladas de lo que él escribía en aquellos días berlineses y una lista de sus lecturas: Un poco de nostalgia, de Wilhelm Genazino; Elegy, de Mary Jo Bang; Unidos y or­ganizados, de Alfredo Jaramillo; Bark, y algunas más.

Como era de esperar, el viaje a Berlín terminó en el invierno del 2016 y desde el otoño, ellos  ya pensaban en la vuelta, en los nuevos cambios, en las nuevas adaptaciones y en lo rápido que se pasan los días, esa frase que se dice al pasar aunque no siempre sea cierta. Chaves regresó a Costa Rica con su familia, hizo otros viajes y desde la inteligencia que da la distancia, se puso a escribir unas páginas que se leen en una sentada y que “más o menos”, dan cuenta del material del que estuvo hecho un año de su vida.

Los tres editores es un proyecto editorial nuevo que ha escogido Vamos a tocar el agua de Luis Chaves como su primera publicación, programada para julio de este año.

 

 

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