Marco Aguilar

Una  poesía comprometida con el ser humano

Hace 60 años, dos muchachos turrialbeños se reunieron con la firme convicción de hacerse poetas.

Aquellos dos hijos del campo se juntaban en el colegio de Turrialba a leerse sus hallazgos, a competir cuál llegaba más a la voz poética de los campos. Uno tenía ya 20 años, pero era un alma tan pura que apenas venía saliendo del campo, el otro acaso alcanzaba los 14, pero leía con la seriedad y el rigor de un académico. Eran Jorge y Marco.

El pasado 31 de enero, Jorge Debravo habría cumplido 80 años. Esa fecha de natalicio fue decretada como Día Nacional de la Poesía en Costa Rica. La obra y vida de Jorge Debravo no deja de ser motivo de estudios y homenajes, su talento prodigioso y su existencia truncada tempranamente apenas dejaron un manojo de publicaciones en las que se siente la autenticidad de una voz costarricense nacida de la entraña, la lucidez y el compromiso. Cuando Jorge, voraz como un recién nacido, tragaba libro y escribía compulsivamente, topó con un compañero de juegos en los años colegiales que desde entonces fue su compañero y primer lector y corrector. Ese muchacho es otro gran poeta, pero condenado, por su rigurosa autoexigencia, a una obra escasa y mucho menos conocida. Como dijo Jorge de Marco: “vive siempre insatisfecho de lo que escribe y hasta de lo piensa apenas escribir.”

En Turrialba, en la soda La Feria, famosa por sus tacos y porque sus propietarios, los  Barahona, la han convertido a lo largo de décadas en centro cultural, quizás el más activo e importante de la ciudad, fuimos a buscar a esa figura legendaria de la literatura costarricense. El muy reconocido periodista y escritor Laffitte Fernández, turrialbeño siempre arraigado y amante de su ciudad natal, propició el encuentro.

Turrialba conserva los rasgos del pueblo encayado en un valle profundo, como fue fundado a mitad del siglo XIX, pero ahora está rayado por el vértigo de un desarrollo urbano antojadizo y el tráfago de la urbe condensada. Rodeada de un bello paisaje, entre caribe y meseteño, la gobierna la amabilidad discreta de su gente.

En los alrededores barriadas tranquilas, urbanizaciones al acaso. A una de esas modestas urbanizaciones que cubren el contorno de la ciudad, fuimos a buscar al poeta.

Su figura espigada, elegante y serena abre la puerta enrejada de su vivienda, avanza decidido pero despacio y saluda con su infaltable sonrisa y su mirada buena aunque casi severa. Tiende la mano: Marco Aguilar.

A sus 74 años, que cumplió este 3 de enero, ha sobrevivido a varios infartos. Cerró su taller de reparaciones electrónicas, especialmente televisores, porque ahora la tecnología es de desecho, para reciclaje, en el mejor de los casos.

Acogerse a la jubilación le ha permitido dedicarse más a la literatura, a leer y recordar aquellas tardes, 60 años atrás, cuando con su amigo Jorge encendieron la llama de una poesía que alumbró las letras nacionales y aún hoy se expande por todo el país y más allá de las fronteras.

La gente lo saluda con respeto en la calle, lo reconocen con facilidad y admiración; él devuelve el gesto, siempre amable.

Ya en la soda La Feria, donde algunas fotografías suyas de recitales y homenajes recientes, decoran las paredes, Marco Aguilar se acomoda a sus anchas y pide un refresco de guanábana.

Empezamos una conversación sin rumbo que al rato nos lleva a la Turrialba de los años 1950, cuando un hecho inusitado sacó a la ciudad de su tranquilo letargo de punto de paso entre la costa Caribe y el centro del país. No fue el volcán, que por entonces tenía casi un siglo de estar tranquilo reposando en el paisaje, sino un tablero de ajedrez.

¿Cómo fue su encuentro con los libros, con la lectura?

-En mi casa. Mi papá leía, pero mucho de ajedrez. Es que mi papá era un gran jugador, fue campeón nacional dos veces con el equipo de Turrialba. Fue a torneos internacionales. Era la única forma de que un campesinos como él se montara en un avión.

¿Cómo empezó esa insospechada cualidad del ajedrez en Turrialba, que inició entonces y hoy sigue siendo una cantera?

-Había un boticario que jugaba con un cura, ninguno era turrialbeño. Los chiquillos, entre ellos mis tíos y mi papá, se arrimaban a verlos jugar y decidieron que mejor les enseñaban para tener otros con quienes jugar. Pero rapidito les salieron mejores los alumnos que los profesores.

Ellos ni se imaginaban que eran muy buenos, de lo mejor del país. Jugaban entre ellos, nada más.

Una vez vino al Catie (Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza) un científico, Gerardo Budwoski, quien era un gran jugador, y se armó un torneo. Él los llevó a San José y ahí se impusieron los turrialbeños. Desde entonces, y todavía, en Turrialba se juega ajedrez.

Volvamos a sus inicios en la literatura. ¿Cómo fue su desarrollo en la poesía? O ¿Turrialba siempre ha sido cuna de poetas?

-No, la poesía se desarrolla en Turrialba a partir del Grupo de Turrialba, antes de eso no había mucho.

Yo vivía a 25 varas de la casa de la abuela de Jorge Debravo, que era donde él vivía, cuando se vino, ya de muchacho, del pueblo de Guayabo. Lo había visto y sabía quién era, pero no éramos amigos entonces, pues él era 6 años mayor.

Yo me escapaba del colegio para leer. En un lugar que se llamaba Puente Quebrado, ahí me iba a refugiar para leer. Leía a Verne, Salgari, esas cosas de muchacho.

Una vez hubo una huelga en el Colegio, era el Clodomiro Picado, porque querían cerrarlo y convertirlo en una Escuela Normal, para formar educadores. Era un colegio semioficial. Los alumnos se opusieron. Jorge era líder y lo expulsaron.

Yo tenía 14 años y Jorge 20, ya él era un adulto.

Jorge hacía un boletín. Yo escribí un artículo y se lo envié. Le gustó y lo publicó, luego me dijo que si no había pensado en escribir poesía. Yo le dije que no, que era la verdad.

Él me metió en eso.

Jorge era un lector compulsivo, leía de todo; lo que le cayera en las manos. Es que él era de Guayabo, de un lugar remoto, muy humilde. Cuando llegó a Turrialba para él fue como que se le abriera el mundo: había librería, gente con quienes conversar de cultura, libros que le prestaban. Él vivía con la abuelita, que no le gustaba que él leyera tanto.

Él ya conocía a Laureano Albán, aunque no eran íntimos. Laureano era 4 años menor que él. Compartíamos muchas lecturas: Vallejo, Neruda, Lorca, Gabriela Mistral, la generación del 27; entonces Jorge escribía cosas como afectadas por el modernismo, como a lo Rubén Darío.

Nos encontrábamos en el colegio o en la casa de Jorge, Laureano vivía al otro extremo, por Las Américas. Pero en el colegio nos juntábamos los tres.

¿Cómo eran esos encuentros? ¿Eran de tipo taller literario?

-Nosotros no sabíamos que se llamaba así lo que hacíamos. Nos leíamos las cosas que escribíamos y nos dábamos duro. Éramos muy críticos. Nos juntábamos los tres: Laureano era muy estudioso y muy crítico. Jorge es que era un talento extraordinario, inteligentísimo.

La idea era mejorar. Si uno ve lo que escribíamos en 1958 y lo que escribíamos en 1962, el progreso era enorme. Publicábamos en los periódicos, lo cual era muy raro, porque casi nada de poesía se publicaba. Los diarios Prensa Libre, La Nación y La República los domingos hacían una página literaria. Una vez Laureano llevó cosas que escribíamos y las publicaron, después nos pedían más, porque gustó mucho.

Ya nos llamábamos Grupo de Turrialba. Entonces en San José a algunos intelectuales, como Francisco Zúñiga, Fabián Dobles, Juan Manuel Sánchez y Mario Picado, les llamó la atención y se vinieron para acá a conocernos. Así nacieron amistades que duraron toda la vida. Estaban muy sorprendidos de ver lo que hacíamos.

¿Qué era lo que se planteaban como grupo, cuáles eran los objetivos?

-Lo que queríamos era escribir poesía, y hacerla llegar a la gente. Pero era una poesía que se comprometía con el ser humano, con lo que la gente sentía y vivía.

COMPROMISO

Pero pasaron a algo más que poesía…

-Era un momento de cambio histórico. Los estudiantes universitarios eran muy combativos, se lanzaban a las calles a luchar por causas sociales y políticas. Jorge y yo, yo antes que Jorge, nos hicimos militantes del Partido Vanguardia Popular. Era un lujo de partido con figuras como Luisa González, Manuel Mora, Eduardo Mora, Arnoldo Ferreto, Fabián Dobles, Mario Picado, Joaquín Gutiérrez, Carlos Luis Fallas, muchos artistas, intelectuales. Por un tiempo estuve encantado y aprendí mucho. Yo tendría entonces unos 21 años. Pero después no me gustó la forma autoritaria y poco democrática en que se decidían algunas cosas. Tuve una discusión con Ferreto y decidí separarme.

¿Fue algo que hizo junto con Jorge Debravo?

-No, yo nunca supe cómo ni cuándo empezó él a reunirse o a participar en cosas del partido. Poco antes de morirse fue que vino y me enseñó el carné de militante, pero antes yo no supe nada. Una vez que íbamos juntos en un desfile del primero de mayo, él iba con Margarita y me contó.

Volviendo a la poesía. Usted es el primero que le corrige los textos a Jorge Debravo.

-Al principio escribíamos parecido, era lógico; pero luego seguimos por caminos muy distintos. Yo lo criticaba cuando se ponía muy modernista, muy floreado. Yo era más apegado a lo formal, muy exigente.

Jorge era muy inteligente y a la vez muy apasionado.

Entonces usted le cuidaba la forma.

-Yo le señalaba lo que no me parecía, cualquier cosa. Él agradecía, lo aceptaba o lo dejaba así, pero era muy atento y respetaba lo que yo opinaba. Igual me criticaba a mí y decía que yo era muy perfeccionista.

¿Dónde terminan juntos y dónde se distancian?

-Los temas. Cuando el entra a trabajar a la Caja Costarricense de Seguro Social, que era inspector laboral, se impresiona mucho con lo que ve que pasa a los trabajadores, las injusticias que cometían los patronos en las fábricas y en las haciendas. Entonces él se inclina más por la poesía social. Es que todo lo que lo impacta a uno es lo que sale. Yo tengo alguna poesía social, pero yo no estaba viviendo esa realidad que a él lo impactó tanto. Lo otro fue cuando conoció a Margarita, que le desierta toda esa poesía amorosa, que yo tampoco tengo mucha.

Líneas Grises

¿Cómo fueron las primeras publicaciones?

-Lo primero que imprimimos fue Raigambres, un libro mío. Creamos un sello editorial que se llamaba Líneas Grises. Jorge pasaba todos los escritos a máquina, y con ayuda del mimeógrafo de la Municipalidad y la portada en la imprenta Turrialba hicimos 200 ejemplares para vender. Diciembre de 1961. Yo tenía apenas 17 años.

¿Cómo decidieron cuál publicar primero?

-Estábamos de acuerdo en que el primero que publicaría sería Jorge, pero él dijo que no tenía nada publicable para un libro y que lo mejor que teníamos era el mío. Luego siguió el de Laureano y el tercero fue el de Jorge.

Sacamos el primer libro y nos fuimos a venderlo.

A nosotros la comunidad nos tenían en gran estima. En el colegio los profesores estaban muy orgullosos.

El segundo fue Poemas en Cruz, de Laureano; el tercero fue Consejos para Cristo al comenzar el año, de Jorge; el cuarto, Humedad del silencio, de Mario Picado; el quinto,  Los pies descaminados de Manuel Calderón; y el sexto, Cantos para la semana, también mío.

Es muy interesante que usted fuera apenas un adolescente, casi un niño cuando le corregía los primeros poemas a Jorge Debravo y a los 17 ya publicó su primer libro y fue muy reconocido y apreciado.

-Jorge era muy respetuoso de lo que yo le decía. Y es que yo era muy exigente y leía mucho. Compartíamos una idea de que el arte tenía que estar basado en la realidad, en lo que se vivía.

Usted ha tenido periodo de largo silencio, pero siempre escribe.

-Yo no pienso en publicar, pienso en escribir. Tengo cosas que reviso y pienso mucho.

¿Cómo ve la poesía joven, contemporánea?

-Yo me llevo bien con los jóvenes. Hacen cosas muy buenas. Distintas a lo que yo escribo y escribía, pero son serios en el trabajo y buscan su propia voz. Leen de muchas partes, contemporáneos de otros países. Son muchas voces.



Sonetos de la mujer ajena

1

Eres de los demás. Tu carne ajena

siempre retoña blancas tentaciones.

Y yo, caído, inválido en la arena,

voy cargando sin fe mis intenciones.

Anoche caminaba por la acera

que al frente de tu casa se entristece.

Bajo el ala fatal de tu gotera

Me di cuenta que el alma se humedece

después de tanta lluvia de amargura.

Tu novio iba saliendo y con dulzura

temblaste en despedida ante la puerta.

Si logro al fin tu corazón lejano,

ya no cabrá mi amor entre tu mano

y en medio de la noche estarás muerta.

2

En medio de la noche estarás muerta

y el viento irá llorando, perseguido

por la bruma, el infierno, la reyerta.

Ya no habrá corazón en tu vestido.

A la luz de tu lámpara funesta

tú regalas tu labio enamorado

y tu dulce y feliz lengua de fiesta.

Yo, escondiendo mi amor desconsolado

rezo blasfemias entre la neblina.

La noche se me finge una asesina,

un quemado amuleto sin reverso.

Parece que la muerte de una herida

va derramándose entre mi comida,

y entonces se me sale, amargo, el verso.

3

Entonces se me sale, amargo, el verso

tinta de maldición ennegrecida.

En medio de la niebla yo me esfuerzo

para construir mi roja despedida.

Pero es inútil, y al doblar la esquina

Enfermo y desolado, me arrepiento.

Tú eres una dulce medicina

y sin embargo ajena como el viento.

Con alegría le abres la ventana

a la brisa y al polvo del verano.

Cuando un día se cierre tu persiana

tendré que comprender que estás remota

y como todo, al fin, ha sido en vano,

enterraré, gritando, mi derrota.

(1961)

Tránsito del sol

2

Ni la noche es mejor ni la mañana:

el medio día es lo mejor del día.

Alguien cuelga a secar una sotana

y se duerme en la plaza el policía.

El tránsito del sol, esa porfía

nos explica la hora meridiana,

ahuyenta a la serpiente y a la iguana

hacia la sombra y la hojarasca fría.

Separa al pecador del inocente,

separa la verdad de las patrañas

parado entre el oriente y occidente.

Dan ganas de almorzar cosas extrañas

en el más luminoso recipiente

mientras huyen del sol las alimañas.

(1996)



Obra publicada de Marco Aguilar

Raigambres 1961

Cantos para la semana 1963

Emboscada del tiempo 1988

El tránsito del sol 1996

Obra reunida de Marco Aguilar 2009, compilada por Erick Gil Salas



 

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