Una novela portátil pero estremecedora

Acabo de dar cuenta del primer texto que leo de la recién galardonada con el premio Nobel, la polaca Olga Tokarczuk (Sulechów, Polonia, 29 de enero de 1962).

Los errantes

Olga Tokarczuk

Novela

Anagrama

2019

Acabo de dar cuenta del primer texto que leo de la recién galardonada con el premio Nobel, la polaca Olga Tokarczuk (Sulechów, Polonia, 29 de enero de 1962). Se trata de la novela Los errantes, una narración sui generis compuesta por múltiples relatos sobre viajeros en episodios salteados (o asaltados) por notas de viajes, diarios/bitácoras, apuntes, anuncios, letreros, mapas, fotografías, informes, sueños, vídeos, pantallas, llamadas… Una verdadera vuelta de mundo en posmoderno formato.

Al comienzo la autora elabora una suerte de autorretrato que también podría recepcionarse cual arte poética o declaración de intenciones y/o principios: “Mi energía es generada por el movimiento: el vaivén de los autobuses, el traqueteo de los trenes, el ruido de los motores de avión, el balanceo de los ferris”. Por eso hay que leerla viajando, moviéndose, y así lo he hecho. Es una novela en movimiento incesante; relatos que dialogan y copulan entre buses, aviones, salas de aeropuertos, estaciones, trenes, barcos, habitaciones, restaurantes y lobbys de hotel, carruajes, autos, ferris, o sencillamente a pie por el campo, por bosques, aldeas o grandes ciudades.

Como ha señalado la crítica, es un libro inquieto e inquietante. El viaje es la constante, se da cuenta de ello a través de visiones e imágenes que muchas veces desasosiegan, como el relato de las vacaciones de Kunicki, quien debe enfrentarse a la desaparición de su esposa y su hijo y luego a una reaparición enigmática y desquiciante que nos sirve para profundizar en los conflictos y contradicciones de la pareja contemporánea. O el del taxidermista doctor Blau, quien visita a la viuda de un colega para estudiar su laboratorio. O el relato real de cómo llegó el corazón de Chopin a Varsovia en un tarro de alcohol bajo las enaguas de su hermana, entre vericuetos y extraordinarias peripecias. O el del anatomista Philip Verheyen, que escribía cartas a su pierna amputada. O las cartas que enviaba Josephine Soliman a Francisco I de Austria para recuperar el cadáver embalsamado de su padre expuesto en la corte donde había servido.

Pero son dos los relatos que me estremecieron y me parecen extraordinarios. El primero es el que da nombre a la novela, “Los errantes, que así llaman en Rusia a los indigentes, los homeless, los desechables. Ánuschka, esposa de un soldado ruso herido (¿en Afganistán?), baldado, con psicosis de guerra, y madre de una criatura desahuciada, decide escapar de su casa y acompañar en sus andanzas a una pedigüeña que vocea un galimatías en una estación del metro de Moscú con extraños juramentos. La imagen de las profundidades del metro y sus extensos círculos con líneas entrecruzadas nos recuerda los círculos escalofriantes de Dante y de paso realiza una de las mejores descripciones metafóricas del estalinismo, de la dictadura del partido y sus crímenes.

Al final, nos enteramos del significado del galimatías de la vieja errante “bientapada”: una oda al movimiento, un extraordinario poema en prosa que resignifica el caminar y los cuerpos de los caminantes como símbolos de la auténtica resistencia, de la esperanza, del lenguaje, de la verdadera poesía y de mejores tiempos: “Porque todo lo asentado en este mundo, sea Estado, Iglesia o gobierno humano, todo lo que en este infierno conserva su forma está a su servicio” (del anticristo). Por eso hay que crear un lenguaje cifrado, nuevo, dado que el sistema ya ha confeccionado e impuesto el suyo. “Que esa nueva lengua extranjera sea ininteligible para el ser humano, que solo pueda ser leída por las máquinas, que durante la noche celebren estas en los grandes centros comerciales subterráneos sus ciclos de conferencias en torno a su poesía de barras. / Muévete, no pares de moverte. Bienaventurado es quien camina”.

El segundo relato es “Zona de Dios”. Una bióloga de origen polaca recibe un mensaje de su país de origen de parte de un antiguo compañero de secundaria, su primer novio. Hace muchos años, siendo muy joven, sus padres emigraron, primero a Suecia y luego al trópico, a la God´s zone (¿Australia?). Se despide de su esposo y emprende un largo viaje para visitar al antiguo novio quien, ya mayor, padece una parálisis galopante. Y llega el encuentro con un pasado extraño en un país desconocido; recuerda la Polonia socialista en un maremágnum de imágenes y palabras casi olvidadas. Y, claro, el conflicto con un personaje casi perdido para siempre en la memoria. Y el gran drama que se resuelve con frialdad y suave pesar. Porque “una poderosa fuerza contenida en cada átomo de la materia orgánica hace girar la vida del planeta. Es una fuerza de la que hasta la fecha se carece de pruebas físicas, no hay manera de captarla en las imágenes de microscopio más precisas ni en fotografías del espectro atómico. Es algo que no hace sino abrirse camino a codazos, avanzar cueste lo que cueste, salirse de lo que es. Un motor que fuerza los cambios, una energía ciega, poderosísima. Atribuirle objetivo o intención equivale a un malentendido. (…) Esta cosa —¿qué otra palabra podría usarse aquí?— está viva, tiene millones de características y atributos, de manera que lo contiene todo, no existe nada más allá de ella, cada muerte es parte de la vida y, en cierto sentido, la muerte no existe. No existe la equivocación. No hay culpables ni inocentes, no hay méritos ni pecados, tampoco bien ni mal. Quien inventó estos conceptos llamó a engaño a la gente”.

Los errantes se nos revela como un texto poético pero básicamente físico, material. Se habla de los cuerpos (sus vísceras, órganos, miembros) pero también de un planeta y una realidad que intentamos cartografiar y asir de muchas maneras, pero casi siempre sin lograrlo. Es una novela nómada, portátil, a veces aterradora por monstruosa e insólita. De allí su ligereza, pero también su profundidad de campo cuyo formato también indaga en esas texturas de altura y bajura geográficas, geopolíticas, multi y pluriculturales.

Es una novela escrita por una exploradora para exploradores, por una viajera para viajeros, por una andariega para andariegos, en fin, una escritora de la periferia europea que conoce muy bien las tram(p)as y lo tejidos del sistema/mundo. De alto registro y con musicalidad propia, la Tokarczuk sorprende con una erudición especial y con una soltura más que agradable. Es un artefacto de viaje que se agradece. Como ya alguien lo señaló, debería estar en la mesita de noche de muchas habitaciones de hoteles en vez de esos fríos tomos azules de una religión imperial.

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