Una novela de preguntas en un laberinto de acertijos

Guillermo Fernández demuestra en su más reciente novela, El ojo del mundo, su gran madurez de narrador.

El ojo del mundo
Guillermo Fernández
Novela
2019

Guillermo Fernández demuestra en su más reciente novela, El ojo del mundo, su gran madurez de narrador.

No hay juegos de tiempos ni de voces en esta obra. Se trata de una narración lineal, casi positivista, donde un personaje testigo recoge sus experiencias.

La obra es envolvente. Se teje en torno a un objeto, una fotografía, que en su tiempo fue importante, sí, pero que no es más que eso, un objeto, una imagen de un hecho como hay tantos.

Ese objeto, esa situación y su autor se convierten en algo así como una obsesión que envuelve al lector en una aventura casi sin hechos externos pero de riquísimos matices psicológicos.

Está, además, cuidadosamente escrita, con diálogos convincentes y un muy buen retrato de la situación política que atravesaba Sudáfrica justo en las elecciones que llevaron a Mandela al poder.

Tiene además un componente que para muchos podría ser irrelevante pero que para personas como yo son eje esencial de la vida: se trata de las experiencias de un periodista que busca a otro periodista, y en esta búsqueda logra reflejar un oficio, una forma de hacer, un compromiso, que resultan curiosos, porque Guillermo Fernández no es periodista.

El resultado es el reflejo vivo de una profesión que es, sobre todo, una vocación. Kevin Carter, el periodista buscado —por amado o por odiado— es una de las figuras más conspicuas de la comunicación de finales del siglo XX, porque reflejó en una imagen el dolor de un continente, porque fabricó artificialmente una imagen que tuvo la dureza de la verdad, porque al final se suicidó perseguido por su éxito o por su derrota.

La cuestión de cómo dar con ese topo nocturno, de qué pregunta hacerle que no le hayan hecho anteriormente, de cómo hacer de esa entrevista un hecho relevante, parecieran asuntos demasiado profesionales y técnicos hasta el aburrimiento.

Sin embargo, de ellos hizo Fernández hitos de un relato que no dejan al lector tranquilo, que lo llevan de sobresalto en sobresalto hasta un final tan corriente que se esperaba sin duda o tan inesperado que nos sobrecoge.

Una cosa importante: la novela no deja tiempo para el aburrimiento.

Me complace mucho que un escritor costarricense sea capaz de crear una obra tan atrayente, amena y lúcida.

Creo que va a tener mucho éxito.

 


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