Tom Wolfe

Un tipo reaccionario  

Lo primero fue romper las fórmulas tradicionales del reporterismo.

Lo primero fue romper las fórmulas tradicionales del reporterismo.

Después confeccionar el personaje, lleno de matices quisquillosos. Tom Wolfe no solo fue uno de los periodistas que mejor se arropó de sí mismo para varias generaciones, sino el dandi más dandi de todos los dandis del oficio. O más exactamente: un esnob.

Desenvainó una forma de contar asombrando con el punto de vista y a la vez adornó el desafío con una sastrería que alcanzaba un refinamiento pasado de rosca donde lanzaba destellos de hombre que se mantiene del resto a siglos de distancia.

Comenzó a usar trajes blancos en la década de los años 60 y le gustó la irritación que provocaba en la gente. Diríamos que Tom Wolfe decidió refugiarse dentro de una armadura de trajes cortados en la sastrería de Vicent Nicolosi, de Madison Avenue.

Lo hizo para distinguirse y para divertirse. En algunas imágenes podría pasar por un extravagante de primerísima calidad cuyo sueño de gloria era balancearse en un columpio de Fragonard. Pero por dentro de la carcasa asomaba un tipo con el olfato un poco lascivo que prefería incomodar como el mejor pintado de la fiesta. Hay que imaginarlo en el apartamento de Leonard Bernstein, en el edificio Dakota de Nueva York, rodeado de Panteras Negras encuerados hasta la encía a los que el compositor reunió junto a una bandada de radical chics de Manhattan para apoyar la causa de los muchachos con unos miles de dólares.

En aquel salón, con los ojos sobrados de veneno, anotó lo que veía y luego fue a contarlo en un reportaje en el que desacralizó la fiesta. Esos folios detonaron en el seno de la izquierda exquisita de la ciudad ridiculizando sus ideas guapas.

Es el mismo momento en que Wolfe pasó de progre a reaccionario sin que aquello alterase su delgadez de enemigo exquisito. Hay que saber estar muy a la contra para acumular sin despeinarse tanto adversario logrado desde el fetichismo social.

Su propósito fue ir desmontando en cada crónica algunas escuelas de majorettes: desde las viudas inconsolables del arte contemporáneo al tremendismo de los nuevos gurús. La prosa de este hombre fue el espejo sulfúrico de una cultura que tenía el pop como único dios verdadero.

Él, que había pintado una de las esquinas de la modernidad periodística, se engaritó en el piso 14 de un edificio del Upper East Side, donde se movía con algo de gato orgulloso entre destellos de plata y muebles con reflejos de palosanto.

Era, efectivamente, el remate a la imagen que proyectaba: un señor ceñido a un chaleco blanco de lino que encadenó reportajes hasta desembocar en una certeza de que lo mejor era aquella América idealizada –la de Reagan, la de Bush– que él lleva a sus últimas consecuencias con el cinismo de quien ha sabido mudar los sueños a la práctica con una naturalidad casi insultante. Lo que ocurre es que sus sueños tenían mucho que ver con incordiar escribiendo con los dedos untados en tétano.

Sus libros lo delatan como un certero intérprete de la neurosis contemporánea. Tom Wolfe habita un mundo que solo es suyo, con algo de forajido del periodismo (algo menos forajido en la novela) que supo reinventar (y exportar) con apetito radical un género de gente nueva que hacía cosas nuevas sin perder de vista su meta: vivir como un noble de otro tiempo en un salón con penumbra de candelabros al que solo le falta el dálmata. Jefe de expedición de una forma de hacer periodismo que tenía antecedentes clarísimos en Hemingway o Jack London, se situó de cabeza de cartel.

En la misma expedición están Gay Talese, Joan Didion, Hunter S. Thompson, Terry Southern, Robert Christgau, Barbara Goldsmith… Y para que no se olviden de quién manda, lo dejó todo anudado en una antología de reportajes de escritores de su generación que firmó junto a E. W. Johnson en 1973, para la editorial Harper & Row.

En su escritura, de velocidad sofisticada, el fraseo exhibe un chasquido de gatillo combinado con un periodo de catarata verbal. Parece que tiene el cerebro sometido al entrenamiento de contar mejor que nadie lo que nadie ve del todo. De ahí la excepción de este hombre que supo hacer de su prosa una aventura mitológica puesta al día.

En el último recodo de la vida se aposentó en la literatura con desigual interés. Quizá también con desigual entusiasmo.

El suyo fue un perímetro narrativo donde le cogió bien el aire a los millonarios de los Hamptons. Sin dejar de ser un individuo airado y un tío del sur con un toque antimarxista al que le gusta acariciar la frivolidad en un salón de té, acertó al ensanchar el periodismo con una música fabricada en un apartamento con vistas a Central Park, buscando la simetría bilateral de cualquier historia, para que todo resulte verídico.

Sabiendo fascinar sin necesidad de contentar a nadie. Porque eso también es ser moderno. Y esnob.

Tomado de El Mundo

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