Trump y el fin de la Guerra Fría

Este es el primero de una serie de artículos en los cuales trataré de poner en perspectiva histórica las un tanto sombrías perspectivas del mundo actual, particularmente en el plano internacional.

Este es el primero de una serie de artículos en los cuales trataré de poner en perspectiva histórica las un tanto sombrías perspectivas del mundo actual, particularmente en el plano internacional.

La reunión cumbre entre Trump y Putin, realizada en Helsinki en julio de 2018 marcó, a mi manera de ver, el verdadero fin de la Guerra Fría. El ciclo de finalización de la Guerra Fría se inició obviamente con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética; sin embargo, la política vinculada a la Guerra Fría siguió existiendo en el caso de los Estados Unidos y de las grandes potencias involucradas hasta la reciente reunión entre Putin y Donald Trump.

Vladimir Putin recompuso a Rusia tras la caída de la URSS y hoy tiene una amplia influencia internacional.

La Guerra Fría se configuró en los primeros años de la postguerra con la política de los Estados Unidos de contención a la amenaza comunista y el establecimiento de la OTAN en 1949. Lo que vino después fueron diferentes episodios de este enfrentamiento en diferentes lugares y regiones del mundo.

En este sentido, la Guerra Fría fue desde el puro inicio un proceso global, a escala planetaria, e implicó desde el armamento militar hasta la carrera espacial, pasando por las armas nucleares y las intervenciones puntuales como ocurrió por ejemplo en la guerra de Corea (1950-53), en la caída de Arbenz en Guatemala (1954), en la crisis de los misiles (Cuba 1962), o la invasión soviética a Hungría en 1956 y a Checoslovaquia en 1968. En todos los episodios de la Guerra Fría el enfrentamiento final era entre Washington y Moscú, cualquiera que fueran las mediaciones utilizadas.

Con Nixon y Kissinger, en la década de 1970, hubo un giro fundamental con el acercamiento a China por parte de los Estados Unidos (1972), y el establecimiento de relaciones diplomáticas en 1979. Dado el conflicto entre China y la Unión Soviética que se había desarrollado en la década de 1960, el reconocimiento de China significó la entrada de una potencia emergente con voz y fuerzas propias, y sobre todo con un enorme potencial de crecimiento.

Las reformas económicas lideradas por Deng Xiaoping entre 1978 y 1997, centradas en las “cuatro modernizaciones” (economía, agricultura, desarrollo científico y tecnológico y defensa nacional) implementaron un vasto plan de apertura y liberalización de la economía, pero mantuvieron el férreo control político e ideológico del Partido Comunista. El crecimiento económico chino fue ciertamente espectacular; entre 1990 y 2010 el Producto Interno Bruto se multiplicó por 16, mientras que el flujo neto anual de inversiones extranjeras directas se multiplicó por 70; las exportaciones chinas de alta tecnología crecieron en ese mismo período de un 6% a un 28% del total de exportaciones de bienes industriales. La expansión china y su creciente potencia económica, política y militar contrastan fuertemente con el colapso de la Unión Soviética.

1989 fue un año emblemático y de profundas significaciones. Entre abril y junio, los estudiantes de Beijing realizaron masivas protestas en la Plaza de Tiananmén, reclamando reformas políticas y una apertura democrática; a fines de mayo comenzó la represión, decidida por Deng Xiaoping, con la proclamación de la ley marcial y la intervención del ejército; hubo varios miles de muertos y a inicios de junio cesaron definitivamente las protestas.

El régimen se endureció y quedó claro que no habría reformas políticas. Por su parte, el 9 de noviembre del mismo año cayó el muro de Berlín y comenzó el colapso de la Unión Soviética y los países socialistas de Europa del Este. El fin del comunismo soviético pareció encender una poderosa llamarada liberal y democrática. Algunos como el apresurado Francis Fukuyama, politólogo norteamericano, proclamaron el “fin de la historia”, en el sentido de Hegel, y pronosticaron un futuro de paz y progreso, coronado por el triunfo de la democracia sobre el autoritarismo y del capitalismo sobre el comunismo. Las cosas no fueron tan simples ni sencillas.

Con Donald Trump como Presidente acabó la Guerra Fría, sostiene el articulista.

La Unión Europea se consolidó en 1993 con la firma del Tratado de Maastricht. El núcleo original de seis países (Alemania, Francia, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo e Italia) se amplió sucesivamente en 1973 con el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca; en 1981 con Grecia; en 1986 con España y Portugal; en 1990 se agregó la Alemania unificada, luego de la caída del muro; y en 1995 se incorporaron Austria, Finlandia y Suecia. En 2004 entraron diez nuevos miembros: Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Hungría, Eslovaquia, Eslovenia, Malta y Chipre.

En 2007 se unieron Rumania y Bulgaria mientras que en 2013 se incorporó Croacia. A estos 28 Estados se agrega una relación especial con Suiza, Noruega e Islandia, ya que estos tres Estados comparten con la Unión Europea (menos el Reino Unido, Irlanda, Chipre, Rumania, Croacia y Bulgaria) el llamado “espacio Schengen,” dentro del cual se eliminan controles fronterizos y se aplica una política común de visas. En términos geopolíticos la consolidación y ampliación de la Unión Europea constituye el cambio más importante ocurrido en paralelo a la disolución de la Unión Soviética (1991); el mapa europeo se redibujó radicalmente.

La Comunidad Económica Europea (1957-1993), antecedente inmediato de la Unión Europea, fue parte del dispositivo estratégico de la guerra fría. El mapa de países miembros de la OTAN en la actualidad y el mapa de la Unión Europea prácticamente se superponen; solo unos pocos miembros de la Unión no pertenecen a la OTAN, como Suecia y Finlandia, y varios miembros de la OTAN como Turquía, Islandia y Montenegro no pertenecen a la Unión Europea.

La OTAN fue constituida en Washington, en 1949, desde el inicio con 12 Estados firmantes (Estados Unidos, Francia, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Reino Unido, Canadá, Dinamarca, Islandia, Italia, Noruega y Portugal) y la principal contribución militar y financiera provino de los Estados Unidos.

En la actualidad el tratado ha sido firmado por 29 Estados, en su gran mayoría, como ya se dijo, miembros de la Unión Europea. A pesar de ser un dispositivo militar de fuerza impresionante, con una red de bases operativas y fuerzas aéreas y navales en alerta permanente, las operaciones de ataque de la OTAN son pocas: en 1995 y 1999 en la antigua Yugoslavia y en 2001 en Afganistán. Los entrenamientos y ejercicios militares, en cambio, han sido frecuentes. La fuerza vinculante de la OTAN quedó bien ejemplificada por el caso de la guerra de las Malvinas en 1982; enfrentada militarmente con Gran Bretaña, Argentina solicitó el apoyo de Washington, invocando el TIAR (Tratado Interamericano de Defensa Recíproca), un convenio apadrinado por los Estados Unidos en 1947, en los albores de la Guerra Fría. La respuesta de Washington fue contundente: no intervención, ya que Gran Bretaña era un aliado de privilegio, precisamente en el marco de la OTAN.

Rónald Reagan fue clave el desmoronamiento de los países del este que giraban alrededor de la Unión Soviética.

SHOW EN LA CASA BLANCA

La llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos en enero de 2017 ha trastornado fuertemente el panorama político, tanto en el ámbito internacional como en el interno de los Estados Unidos. En parte esto se debe a un cambio fuerte de orientación política en planos diversos, unificados en la frase America First; pero sobre todo debido al peculiar estilo del Presidente, que, como se escribe a menudo, parece haber transformado la política de Washington en un reality show de televisión.

En el campo internacional Trump ha abandonado la parsimonia diplomática vigente en Occidente desde los tratados de Westfalia (1648) y utiliza un estilo retórico que no es nuevo pero que había estado ausente por largos años.

Hay que retroceder a la imagen de Nikita Kruschev el 12 de octubre de 1960, cuando se sacó un zapato y comenzó a golpear, furioso, sobre el pupitre, en una sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, para encontrar ecos igualmente irreverentes; o antes todavía, en la década de 1930, durante la época dorada de Mussolini y Hitler. Pero para entender bien lo que pasa, no conviene seguir con estos paralelos, muy vistosos aunque probablemente engañosos. Conviene atenerse a los hechos mismos, dejando de lado lo que puede convertirse en una retórica distractora.

Un cambio fundamental en las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética fueron los tratados de control sobre el stock de armas nucleares y misiles (SALT I), firmados entre Nixon y Breznev en 1972, renovados después en 1979 (SALT II), y prolongados en los acuerdos START I, START II y New START (2010), firmado por Barak Obama y Dmitri Medvedev. Estos acuerdos alejaron el espectro de una guerra nuclear, junto con el tratado INF (Intermediate-Range Nuclear Forces Treaty), firmado por Reagan y Gorbachov en diciembre de 1987. Este último tratado, denunciado por Trump en febrero de 2019, establecía el fin de los llamados euromisiles; es decir, misiles de un alcance entre 500 y 5.500 kilómetros, los cuales amenazaban principalmente a los países del este y el oeste de Europa.

FUNDAMENTALISMO

El fundamentalismo islámico constituye un nuevo ingrediente en las relaciones internacionales recientes. Comenzó en 1979, cuando cayó el régimen del Sah Mohammad Reza Pahlaví en Irán y se instauró la República Islámica de Irán; continuó con la influencia de varios grupos religiosos extremistas, sobre todo dentro del Islam Sunní, en particular los hermanos musulmanes de Egipto; los talibanes de Afganistán; el grupo Al-Qaeda, el FIS argelino; el Califato Islámico en Siria e Irán, y Boko Haram en África Occidental. Los ataques del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York y Washington abrieron un ciclo de atentados terroristas particularmente mortíferos sobre todo contra los Estados Unidos y los países europeos, los cuales, como bien lo muestran los recientes atentados en Nueva Zelanda (marzo de 2019) y Sri-Lanka (abril de 2019), están lejos de haber concluido.

Estos ataques provocaron una reacción militar por parte de los Estados Unidos materializada en la invasión de Afganistán en 2001 y de Irak en 2003. La intervención en Afganistán fue una operación de la OTAN, la cual también contó con el apoyo de las Naciones Unidas. La guerra de Irak en cambio fue distinta; Estados Unidos solo contó con el firme apoyo del Reino Unido mientras que países como Francia y Alemania tomaban distancia de una operación que carecía de justificaciones de alguna solidez. Ambas intervenciones fueron largas y sus resultados estuvieron lejos de las expectativas iniciales; los talibanes fueron derrotados en Afganistán y las bases de Al-Qaeda destruidas, con la captura y muerte de Osama bin Laden en 2011. Sin embargo, el país no quedó pacificado y la inestabilidad sigue hasta hoy; el caso de Irak es todavía más trágico, si cabe la expresión. El régimen de Sadam Hussein fue destruido pero el país quedó sumido en la guerra civil y la democracia siguió tan ausente como antes de la invasión; la minoría sunnita, gobernante hasta la caída de Sadam, quedó excluida y en buena parte dio pie a la guerrilla fundamentalista que proclamó el Califato Islámico (ISIS) en 2014, en el contexto de la guerra civil en Siria (desde 2011).

Para los fines de este artículo no son necesarios más detalles sobre estos conflictos, particularmente complejos; lo que sí es claro es que a partir de los ataques del 11 de septiembre de 2001 los Estados Unidos definió una política exterior que Eric Hobsbawm denominó megalómana y que no consiguió imponer a sus aliados tradicionales de la OTAN. Esto explica, a mi manera de ver, el distanciamiento cada vez mayor entre Washington y la OTAN, particularmente notable en la era Trump pero con antecedentes durante la presidencia de George W. Bush (2001-2009).

El argumento de Trump con respecto a la OTAN se centra en el hecho de que la mayor contribución financiera proviene de los Estados Unidos mientras que el dispositivo militar de la OTAN está al servicio de Europa. El tema tiene implicaciones geopolíticas profundas: la constitución de una fuerza militar independiente por parte de la Unión Europea es algo enteramente nuevo, al menos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En estos momentos no se puede predecir el futuro de la OTAN pero sí es claro que ya está experimentando transformaciones significativas, las cuales probablemente se profundizarán en el futuro inmediato.

Mikhail Gorvachev empezó las reformas en la URSS con la Perestroika.

La política de Trump se define, explícitamente, bajo el principio de America First. ¿Cuál puede ser su significado en el caso de las relaciones internacionales? Aquí cuentan las acciones concretas, mucho más que cualquier proclamación retórica. Por el momento, parece que America First quiere decir aislamiento y decisiones unilaterales, con prescindencia de cualquier alianza; al menos, esto lo que parece indicar la política de Trump en el Medio Oriente, particularmente en relación con Siria, Irán e Israel. Algo parecido ocurre en el caso de Corea del Norte, y también de Turquía, un antiguo aliado privilegiado dentro de OTAN. El aislamiento se inscribe perfectamente en una vieja tradición estadounidense que solo cambió durante la Segunda Guerra Mundial y durante todo el período de la Guerra Fría; el abandono del multilateralismo en el campo económico es otro signo en la misma dirección, vistosamente decorado con fuertes proclamaciones nacionalistas.

En suma, las alianzas y el mundo de la Guerra Fría ahora sí, ya pertenecen al pasado. La visión esbozada por Hobsbawm en 2004 me parece que sigue siendo certera: Estados Unidos tiene que aprender a retomar una política exterior racional, haciendo definitivamente a un lado las fantasías megalómanas que surgieron al otro día del 11 de septiembre de 2001. Al mismo tiempo, la fractura interna entre las dos costas globalizadas y el interior, postergado y retraído, parece profundizarse, y sin duda subyace en los enfrentamientos de la política interna, mientras se agitan las aguas de la próxima elección presidencial a fines de 2020.

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