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Saramago, pensamiento y palabra

Hace diez años, José de Sousa Saramago (Azinhaga, Portugal, 16 de noviembre de 1922-Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010) dijo tranquilamente adiós a los suyos mientras apretaba suavemente el puño de la mano izquierda. Una sonrisa debilitada y cordial se dibujaba en su rostro, tenía 87 años de edad. La noche anterior había … Continued

Hace diez años, José de Sousa Saramago (Azinhaga, Portugal, 16 de noviembre de 1922-Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010) dijo tranquilamente adiós a los suyos mientras apretaba suavemente el puño de la mano izquierda. Una sonrisa debilitada y cordial se dibujaba en su rostro, tenía 87 años de edad. La noche anterior había hablado con su esposa Pilar. Durmió reposado y sereno. En la mesita de cabecera estaban los 30 folios de la nueva novela que estaba escribiendo.

Dramaturgo, poeta y narrador, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1998 por su “capacidad para volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”, emitió el vocero de la Academia Sueca.

“Yo leía mucho en las bibliotecas públicas. Toda mi formación proviene de esas lecturas ansiosas que hice de literatura, historia y filosofía. Un escritor se arma de las lecturas que asume. Soy primero un lector; y después, un novelista o el poeta que fui en mi juventud”, me dijo cuando lo entrevisté en uno de los incontables viajes que hizo a México.

Saramago se formó literariamente sin contar con una influencia intelectual en la familia: ni sus abuelos ni sus padres sabían leer ni escribir. Vivió su infancia y juventud cuando el acceso a los libros de cultura general no era una empresa fácil: “Tuve mi primer libro propio a los 14 años de edad. Fue una alegría grande saber que esas páginas con letras eran mías, la historia que se contaba había sido escrita para mí y para otros. La lectura es comunión”, me confesó en otra conversación que sostuve con él en 2006 en la FIL de Guadalajara.

Escribió novelas, crónicas, relatos, ensayos, versos, diarios y obras de teatro en más de 20 libros traducidos a 34 idiomas. Además, obtuvo el reconocimiento de la crítica internacional y decenas de Premios Literarios. Su primera novela, publicada en 1947, Tierra de pecado, no tuvo repercusión entre los lectores y la crítica. Hubo casi cuatro décadas de silencio hasta la aparición de Memorial del convento (1982), alegoría con untos mordaces del sombrío universo medieval en el entorno de beligerancias, hambruna y oscurantismo, que lo sitúa en primer plano de la narrativa portuguesa con reconocimiento internacional.

En 1984 da a conocer El año de la muerte de Ricardo Reis (una de las novelas favoritas de quien esto escribe); La balsa de piedra (1986): lo que sucedería si la península Ibérica se desgajara del resto de Europa.

Luego, está El evangelio según Jesucristo (1991), escrita con indignación, censurada por el Gobierno portugués y excluida del concurso literario de la Unión Europea. Fue un gran momento en la trayectoria de Saramago, indiscutiblemente una de las grandes ficciones del siglo XX. Vendrían después Ensayo sobre la ceguera (1995), Todos los nombres (1997), La caverna (2000), El hombre duplicado (2002) y Las intermitencias de la muerte (2005), libros que consiguen gran popularidad entre los lectores, amén de la aprobación de la crítica internacional.

La obra del autor de Cuadernos de Lanzarote tiene puntos de contacto con las sagas ficcionales de la literatura latinoamericana (fantasía, realismo mágico): recordar a los protagonistas de Memorial del convento, quienes sueñan escapar en un artefacto volátil propulsado por la “voluntad humana”. Los lectores no olvidamos a esa península Ibérica que flota por el océano Atlántico al despegarse del continente europeo en La balsa de piedra. Fabulaciones que van más allá de meras imaginerías y espejismos para convertirse en reflexiones sobre la condición humana acosada por el absolutismo político.

Fue activista político, miembro del Partido Comunista Portugués —prohibido en tiempos de la dictadura de Antonio Oliveira Salazar— y partícipe de la Revolución portuguesa de los Claveles, que devolvió la democracia a Portugal en abril de 1974. Hombre comprometido con su tiempo, apoyó causas y acciones relacionadas con la defensa de los Derechos Humanos y el Medioambiente. Defensor de las luchas de los pueblos originarios de México, simpatizó con el EZLN de Chiapas. Tuvo cordialidad por la Revolución cubana y, asimismo, criticó el juicio sumario y fusilamiento en el año 2003 de tres jóvenes por el secuestro de una lancha con el objetivo de emigrar a Estado Unidos. «Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo”, declaró en aquellos días.

Original prosa magmática, efervescente y lírica en un idiolecto narrativo que suscribe elementos como la introversión sobre la acción (El evangelio según Jesucristo, Memorial del convento…), puntuación caprichosa, condensación, boscaje lingüístico, concisión, contigüidad con la crónica… Único escritor portugués consignatario del Premio Nobel de Literatura, siguió activo después de los 80 años de edad. Las intermitencias de la muerte (2005) relata como en un anónimo país nadie muere; pero, el envejecimiento perdura: los comisionados de la salud pública abrigan temor de que el sistema sea insuficiente por la creciente cantidad de personas inhabilitadas y moribundas que llenan los asilos y hospitales sin poder sucumbir: perspicaz parábola del destino humano.

En plena pandemia que nos acorrala, la novela distópica Ensayo sobre la ceguera cobra vigencia por su actualidad: “Mucha gente busca el libro para afrontar lo desconocido. Es, no olvidarlo, una metáfora sobre la ceguera moral”, declaraba en abril pasado Pilar del Río, viuda del novelista lusitano.

No me canso de repetir y reflexionar sobre uno de sus aforismos: “Dios es el silencio del universo; el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio”. Abro los folios de Caín (2009), su última novela, y corroboro la capacidad que poseía para, desde lo irónico y lo mordaz, invitar al lector a un viaje en que es testigo de la argucia secular entre el creador y sus criaturas.

Me planto ante la afirmación que cierra la novela: “La historia ha acabado, no habrá más que contar”. Diez años sin la presencia física de un escritor que sonreía en los patios desolados y lloraba como un niño ante el dolor de las criaturas que imaginó: “En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé”, expresó en el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en el año 1998.

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