Suplementos Meister Eckhart:

“(…) ruego a Dios que me libre de Dios”

El Meister Eckhart (en latín, Magister Eccardus, Maestro Eckhart) nació en Hochheim (Turingia) en 1260 y murió en 1328

El Meister Eckhart (en latín, Magister Eccardus, Maestro Eckhart) nació en Hochheim (Turingia) en 1260 y murió en 1328, tras una vida, como fraile dominico, ocupada y turbulenta (por sospecha de herejía). Llama poderosamente la atención que Eckhart sea el único teólogo de alto rango contra el cual se inició y concluyó un proceso inquisitorial, primeramente como proceso de herejía y que, finalmente, cambió a uno ordinario de censura, en el que las 28 tesis condenadas fueron el centro. Se le considera el iniciador de la filosofía alemana y, para muchos, el forjador del idioma alemán como lengua filosófica y teológica, un pensador profundo y osado. [De hecho predicó y escribió sus obras en alemán, la más conocida es los Tratados y sermones, de la que se conservan gran cantidad de códices y manuscritos (J. Quint), no así sus obras en latín.]

Con la disolución de la escolástica, a partir de Duns Escoto, el problema de la fe fue puesto en un primer plano. Si las verdades de la fe no tienen ningún fundamento racional, pues no son evidentes ni son demostrables (menos aún justificables), ¿qué valor tiene la fe? Una posible solución a esta cuestión fue ir a la voluntad humana, acentuando su arbitrariedad. La cuestión era reestablecer la posibilidad de una relación directa de la criatura con el Creador y aceptar que en el hombre hay algo que se identifica con el mismo Dios (Cf. sermón 3), a saber, el alma a través de la mística.

El misticismo especulativo de Eckhart no describe la elevación hacia Dios (como se presenta al hombre), sino que investiga la posibilidad de este ascenso y el reconocimiento de su fundamento último en la unidad de Dios y el hombre. Se caracteriza por “un entendimiento iluminado que supera la razón humana para dejarse inspirar por la inteligencia divina” (Ilse M. Brugger). En virtud de lo cual el don (de los siete) más preciado por él es la sabiduría (sermón 59).

Eckhart insiste en que nada debe desenfocar a quien busca a Dios: los bienes temporales -y los sufrimientos (sermón 30)- deben ser asumidos como vengan, sin ocuparse de ellos. Este desinterés no es un “retiro y lo ubica por encima del amor. En la pobreza (en espíritu) o desasimiento es perfectamente comprensible la frase de Eckhart “(…) ruego a Dios que me libre de “Dios” (sermón 52), porque, en lo esencial, el ser individual está por encima de la divinidad (completamente inaprehensible). En el nacimiento de cada una, nacieron todas las cosas, siendo cada una causa de sí mismo y de todas las cosas. Queriendo que todo fuera, existieron todas las cosas; “y si yo no existiera no existiría “Dios”. Yo soy la causa de que Dios es “Dios”; si yo no existiera, Dios no sería “Dios”. [Mas] no hace falta saberlo.” Solo en la primera emanación todas las cosas son iguales, pues son Dios mismo. En la desnudez o pobreza (sermón 52)  conoce junto con Él a todas las cosas. Por eso “Dios y yo somos uno en el obrar; él actúa y yo llego a ser”.

No se trata de moverse hacia Dios sino de mover a Dios hacia uno, para que “yo y Dios seamos uno, y Él puede encajarse y unificarse mejor conmigo que yo con Él”. Todas las cosas y sucesos son vividos con ecuanimidad, “con el desasimiento que ya no pregunta por nada que no sea Dios” (Ilse M. Brugger). Pero Dios “no es mero ser” y, aunque aparezca como algo que “no es”, es “más que ser”. Dado que no hay nada fuera de la unidad perfecta y completa, nada hay fuera de Dios, o lo que es lo mismo, “fuera de la Existencia nada existe”. “Todas las criaturas son pura nada (purum nihil)”, es decir, si Dios se apartara de ellas, quedarían reducidas a la nada. Dios no le debe nada a las criaturas (sermón 1). De este modo, las criaturas están como en la mente de Dios; y las ideas de las cosas no serían ni creadas ni creables, sino que se identificarían sin más con el Verbo y producidas contemporáneamente con el Verbo mismo [no enunciado o dicho, donde fracasa la palabra (sermón 17)]. Según Eckhart, el sufrimiento es consecuencia de la “desigualdad con Dios”, hasta que venga la liberación de sí mismo (sermón 51), anularse, incluidas las ideas sobre Dios.

Este carácter antinómico del pensamiento eckhartiano también aparece la doctrina del alma como “centella” (vünkelin, vünke; en latín, scintilla). La “centella del alma” es el fondo último del alma, con la cual se une Dios como Verdad y como Bien, en unidad con la divinidad que trasciende por completo la diversidad de Personas, esto es, esencialmente en cuanto divinidad, superior a las relaciones, a su distinción, a su actividad creadora. “Es un reposo desértico, en el cual no hay sino unidad” (N. Abbagnano).

La teología negativa está fina y sutilmente desarrollada en Eckhart. Lo que pueda decir el ser humano ha de asumirse como un ladrido o aullido: “vale mucho más callar sobre Dios que hablar” (sermón 36b). Esto resulta sugerente respecto de la búsqueda de la divinidad: o bien se fabrica un Dios a la medida y se impone a los otros, o bien se le deja de buscar una vez hallado, o bien se negocia (más bien se le exige) con Dios a cambio de recibir algo. La divinidad no es un objeto de consumo desde la perspectiva de Eckhart, ya que solamente desde la experiencia espiritual (conocimiento silencioso) de la divinidad puede “visualizarse” que ella no tiene nombre, dada la inteligencia finita (incomprensión de un ser que abismalmente lo supera). La divinidad no es buena, verdadera, justa, mejor, etc., a la manera humana (sermón 9), pues a la divinidad pertenecen todos los atributos sin que sea ninguno de ellos. (¿Acaso la divinidad es un alucinógeno o placebo? Dada la incapacidad del ser humano de agotar a Dios, pedir es “como no pedir”, porque ni se sabe a quién se pide y, mucho menos, se pide “lo que se debería”. Todo lo que suceda es ya por sí un bien, en cuanto viene de la divinidad; pedir la eliminación del mal es ignorar que, en la mente ejemplar de la divinidad, lo bueno y lo malo son lo mismo, si se entiende que todo sucede porque la divinidad quiere que suceda. Nada acaece sin la venia de la providencia.)

Resulta, entonces, petulante e ingenuo pensar que las obras humanas son malas o buenas manteniendo como medida el obrar humano. Lo único conocido sería el Verbo, ejemplarmente hablando, es decir, por la vía de la iluminación. Lo bueno y lo malo no lo son porque en sí lo sean sino porque la divinidad (sermón 21), medida ontológica y epistemológica absoluta y, también, moral, es la medida de todo. Si la divinidad quisiera llamar bueno a lo malo, nuestras “coordenadas” morales serían otras. Si Dios se comunica, no tiene por qué hacerlo de una vez por todas respecto del variopinto escenario que es la conducta humana.

En todo, incluida la moralidad, la divinidad se trasciende (por su riqueza ontológica) y trasciende las “recetas” humanas. Hay moralidad porque la divinidad quiere que así sea y, si fuera de otra manera, la humanidad estaría ciega respecto de enderezar su voluntad frente al vicio, ya que quedaría como el ojo “que ve” pero que no “ve que ve”; esto es, pedirles a los ojos que escuchen sin poderlo lograr nunca.

La divinidad es, pues, la medida de todas las cosas. El ejemplarismo de Meister Eckhart parte de que la razón divina absoluta conoce las criaturas “en el reflejo de sí misma”. Los modelos eternos o ejemplares, creados y temporales, son queridos y, en consecuencia, traídos al ser. Pero, lo que está en Dios, es el mismo Dios, pues sólo él es. Estos prototipos de las criaturas son Dios: la mosca, el saltamontes, la estrella y el ser humano existen como “Dios en Dios”. De ser así, todos serían “un hijo único” a quien el Padre engendró y llamó a la existencia, y que permanece en la pureza del Primer Principio. Algo así como que en el proceso de engendramiento del Hijo unigénito en mí, cada uno lo vuelve a engendrar en el Padre. Esto significa que todo hombre reposa pasivamente en la divinidad, pero participa activamente en la vida intradivina (trinitaria), en un egreso fecundo de sí mismo siendo a la vez “ingreso en sí mismo”. La Divinidad sería, en cierto sentido, “la omnipresente marca de agua de las cosas” (A. M. Haas).

Hay tres caminos hacia la Divinidad. El primero sería el del franciscanismo: tratando de buscar a Dios en el amor ardiente en todas las criaturas para elevarse hacia él. El segundo sería “un camino sin camino”: en el arrobamiento, en esta vida, sin estabilidad alguna, anticipa pero no posee totalmente la visión beatífica. El tercer camino se da sin mediación: “integra lo exterior y lo interior en la visión una del propio ser otorgado siempre de nuevo por Dios” (A. M. Haas), como posibilidad de experimentar la divinidad en el ser creado que está cerca y a la vez íntimo: “en mi propio ser”.

La fe sería para Eckhart la reunión de la realidad última del alma y de la divinidad en su identidad. Solo el camino místico abriría a la verdad revelada, si se es creyente. Este es el último gran intento medieval de darle a la fe un fundamento metafísico que ruega a la divinidad que le libre de Dios (institucionalizado).

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