Roma: cine de autor y de una época

Debo iniciar con subjetividad, confesando que hace mucho no veía una película tan emotiva, intensa y bien estructurada.

Debo iniciar con subjetividad, confesando que hace mucho no veía una película tan emotiva, intensa y bien estructurada. Alfonso Cuarón, quien escribe, dirige y co-fotografía,  arriesga y acierta: blanco y negro; dirección de niños actores, además de tres estupendas actrices; encuadres y fotografía notables donde los paneos nos dan la acción del tiempo (¿de la historia?); recreación de una época con todos sus detalles escenográficos y de tramoya; narración ajustada con secuencias, elipsis, transiciones y cortes arriesgados… Todo ello con mesura y lentitud, con una lentitud necesaria para representar la vida cotidiana y sus conflictos interiores: es claro, la procesión va por dentro.

La narrativa desde el punto de vista femenino y desde las voces de una etnia marginal mexicana con su lengua soterrada (mixteco), es decir, desde la mirada subalterna, desde la servidumbre, desde el cuerpo violentado, desde la herida colonial, nos enfrentan a un cine socio histórico decolonial y decolonizador. El film se ocupa con prolija sobriedad de una franja histórica fundamental de ese México profundo cargado de contradicciones, represiones, invisibilizaciones, desigualdades y violencia estructural. Y nos endosa una cabanga interna que pulsa muy adentro, desde la historia de vida de personajes anónimos a quienes les han sido birladas, precisamente, sus propias historias.

El blanco y negro, con toda su simbología (agua, aviones, cielo, nubes, mar, rejillas, ventanas, escaleras, bandas, el auto que remite a Taxi driver, y sobre todo ese soundtrack de canciones epocales que escuchaban miles de mujeres y varones de sectores populares en la radio…) que nos retrotrae al neorrealismo italiano y que me recuerda algunos elementos de Andréi Tarkovsky,  consigue situarnos en un espacio socio temporal concreto: una ciudad, un barrio, una casa de clase media a inicios de la década de los setenta del siglo pasado, período cardinal para México (masacre de Tlatelolco, Olimpiadas, mundial de fútbol) y para quienes admiramos la historia y cultura de ese enorme país. Esos contrastes de luz y sombra contribuyen a que la trama llegue a nosotros sin adornos ni excesos narrativos o descriptivos. Cuarón realiza un perfecto retrato en familia en donde las mujeres, en un orden patriarcal aún incólume, sufren la subordinación en todas sus aristas.

Seguimos la rutina de Cleo, encarnada más que interpretada por ese acertado descubrimiento que es Yalitza Aparicio, una educadora que no es actriz (lo que habla muy bien de la dirección de actores), para ir asistiendo a las renuncias, las subordinaciones y las humillaciones. Poco a poco se nos van entregando las claves que permiten explicar acaso cierta ética del cuidado de sí mismas, para evidenciar cómo ellas, sobre todo las que están en precarias condiciones socioeconómicas, de alguna manera se solidarizan aunque sea en silencio. Son las procuradoras de placer ante los deseos y exigencias de un varón que las considera intercambiables mientras se sume en el trabajo y la rudeza que justifica su representación de macho/héroe. Puede ser el nunca presente e infiel esposo de la señora o el joven marginal imbuido en las artes marciales, al que luego veremos empuñando una pistola frente a Cleo, pero siempre es la masculinidad hegemónica coludida con la violencia; son los cuerpos que compiten, se pelean y hasta se matan entre sí, o se convierten en sicarios.

Cleo es una de esos millones de mujeres que sufren una discriminación sistémica. Su fragilidad proviene de su condición de mujer colocada en una subordinación estructural, pero en especial por su condición de indígena, su provincianismo atávico y su pobreza. Todos esos elementos la sitúan en una posición de extrema inestabilidad; es una mujer anónima, una fulana nadie que solo puede ser valorada socialmente en tanto sirvienta, o sea, en función de a quienes sirve y abusan de ella. Es decir, Cleo es una mujer que carece de subjetividad  (al llegar al hospital la abuela desconoce su apellido y procedencia), es otra cualquiera. Es una muestra de que la igualdad ha sido siempre monopolio de las clases dominantes, monopolio que siempre gozan y gestionan los varones. Ellas son las paridoras, las doñas, las limpiadoras, las amantes, las putas; o sea, los objetos.

La lentitud de Cleo y de la película (su mirada triste, sus abrazos y caricias, sus sonrisas obligadas o escondidas), es un tempo consciente y pulcro acerca de los diferentes roles de las mujeres en una sociedad clasista, patriarcal, racista y misógina. De seguro las que Cuarón conoció en su infancia y las de muchas que podemos identificar en nuestro entorno. Es decir, son mujeres subalternas que en otras circunstancias podrían elegir su compañía o su soledad, pero no poseen las herramientas básicas para labrar sus proyectos de vida. La revolución del amor setentero no se hizo para ellas, tropiezan con leyes, escritas y no escritas, y con ritos socioculturales que les impiden liberarse de la servidumbre ejemplificada en la acción de limpiar mierdas de perros ajenos.

Roma es y será una película polémica. Hasta el célebre filósofo y crítico cultural Slavoj Zizeck ha terciado en la discusión. En una columna publicada por The Spectator el esloveno escribió que la película se celebra por razones erradas y que es muy difícil deshacerse de las cadenas con las cuales nos sentimos cómodos porque estamos haciendo algo bien. Cita a T.S. Elliott (Asesinato en la catedral): “el mayor pecado es hacer lo correcto por la razón equivocada”. Zizeck es un intelectual admirado por este servidor, pero en su columna, según mi criterio, sesga su opinión pues quiere ver, y que veamos, lo que “él cree” que debe verse. Obvia, por ejemplo, que Cleo es indígena mixteca y no se refiere a esa profundidad colonial que persiste en México y en Mesoamérica, para no ir muy lejos, (una forma de resistencia es hablar aún en su propia lengua) y que se expresa en sus silencios y en su sumisión, sino que analiza y apela a la  “conciencia de clase”, visión eurocéntrica, sin duda. La lucha de clases en países como México se superpone y se entremezcla con las heridas coloniales (“hijas de la chingada”) y con el racismo velado y, las más de las veces, explícito, de las élites de origen caucásico o anglosajón.

De seguro que el film, quiérase o no, nos remite siempre a esa utopía tan cara a los latinoamericanos, al menos de mi generación: “la revolución social”. Acá, sin embargo, creo que estamos lejos de ello, o al menos no creo que sea el propósito del director.  Probablemente la realidad narrada pide a gritos una revolución de hombres sin comillas y sin letras grandes, una revolución de mujeres resueltas y liberadas, un feminismo innovador que comprenda a plenitud que las desigualdades sociales y económicas son el principio de todas las batallas. Pero eso, repito, pienso que es material para otra discusión. Recordemos que todo artefacto artístico y literario es ambiguo, esa es su riqueza: su polisemia, su pluridiversidad. Así que cada quien puede y debe expresar criterios y ejercer la crítica que corresponda. En mi caso, celebro que una película como Roma siga encendiendo el debate; eso habla de su importancia, de su pertinencia socio histórica y de su músculo estético. Mientras tanto la peli seguirá ganando admiradores y detractores y, claro está, desatando polémica como toda obra de arte que se respete. Yo la considero un ejemplo singular y lucido de cine de autor latinoamericano de alto vuelo.


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