Resistir hacia fuera, reformar hacia dentro  

Desde las primeras páginas, José María Gutiérrez, autor de Reflexiones desde la Academia.

Reflexiones desde la Academia. Universidad, Ciencia y Sociedad

José María Gutiérrez

Ed. Arlekín

2018

Desde las primeras páginas, José María Gutiérrez, autor de Reflexiones desde la Academia. Universidad, Ciencia y Sociedad, se sincera y dice cuál es el contexto de producción de su escritura, a saber: los intentos de implantación del proyecto neoliberal en Costa Rica y el modelo de universidad que se pone en juego en su tensa relación con el neoliberalismo.

En esto Gutiérrez no ayuda mucho porque el texto carece de una explicación detallada de lo que deberíamos entender por “neoliberalismo”. Asimismo, el texto es pobre en detallar quiénes son los actores costarricenses que vehiculizan las ideas e intereses neoliberales.

Aún así, podemos saber que la corporación neoliberal y hostil a la universidad pública está compuesta por los actores político-jurídicos: casi todos los partidos representados en la Asamblea Legislativa; en particular los partidos políticos tradicionales (PLN, PUSC) y los “nuevos” (PAC; PRN).

Estos cuestionan la autonomía universitaria porque quieren que la educación pública sea declarada un bien transable. Ello se logra erosionando la autonomía universitaria que queda reducida a “libertad de cátedra” y nada más.

Además, el complejo económico trabaja en el cambio de los precios relativos en contra del salario y, además, empuja a las universidades a la privatización o a financiarse “vendiendo servicios” y compitiendo con sus propios graduados.

El actor mediático ataca desde el lenguaje y produce significantes del tipo “privilegios”, “elite académica”, “arrogantes” tratando de devaluar el trabajo de las universidades. Los significantes arbitrarios transforman a los sujetos universitarios en insignificantes.

Es que el neoliberalismo reduce la política a lógica financiera; desmantela las instituciones socialdemócratas; naturaliza las desigualdades sociales y tributarias; deteriora la representatividad y abre una grieta entre lo legal y lo legítimo.

Cuando los neoliberales acusan a los universitarios de autoadjudicarse “privilegios”, están intentando convencer al resto de la sociedad de que si no pueden vivir mejor, al menos tienen derecho a pedir que otros vivan peor.

Y es en esta coyuntura donde el autor descubre que las lógicas de “afuera” están “adentro” , y por eso también plantea una serie de propuestas de reformas al interior de la universidad. Estas propuestas de reformas (que invitamos efusivamente a leer y discutir) provienen de un científico de indudable solidez intelectual y moral, pero deben leerse y discutirse en las reconfiguraciones políticas que se están produciendo, sea por la hostilidad que baja desde el gobierno hacia la universidad; sea por la aproximación de la elección de un nuevo rector o rectora.

Volviendo a la gran preocupación del autor y comparado con el resto de América Latina, el neoliberalismo no ha conseguido mucho en Costa Rica, pero su mayor logro ha sido la aprobación del Plan Fiscal el año pasado.

Este “Plan” no es una ley para ordenar las finanzas del Estado. Es el nombre de una mirada sobre el país, su historia y su lugar en el mundo, y es una involución democrática y económica porque reorganiza el plexo de contratos que sostenían a nuestra sociedad.

Este ha sido el contexto de recepción de este libro, lo cual plantea una paradoja muy interesante: el contexto de producción del texto es una invitación a considerar al neoliberalismo como una amenaza para la estabilidad democrática del país, pero a su vez la recepción en la que leemos e interpretamos este libro encuentra a la Universidad de Costa Rica (y a todas las universidades públicas del país) apoyando al Plan Fiscal, mayor logro político del neoliberalismo en la historia del país hasta ahora.

Este apoyo al Plan Fiscal no fue un simple hecho político producido por las autoridades de nuestra universidad. También fue apoyado por todos los sectores que dicen adversar la gestión del rector; ha sido apoyado por el feminismo hegemónico universitario y los grupos de la diversidad sexual, por la Federación de Estudiantes, por el Consejo de Decanos, por el Instituto de Investigaciones Económicas justificando ciertas relaciones de poder y de distribución del ingreso, por intelectuales con “un corazón y un cerebro de izquierda” y por la indiferencia despolitizada de la mayoría de la comunidad de profesores, investigadores y administrativos. Así, se confirma una convicción básica de la sociología de que la clase media universitaria es burguesa y aspiracional, y solo rara vez se vuelve insurgente.

El “acuerdo político y financiero” que el rector anunció en setiembre ha fracasado y ahora dependemos de variables no cristalizadas. La formación de una comisión en la Asamblea Legislativa para “reformar el FEES” y en contra de la “elite académica” son momentos del contexto de recepción del libro de Gutiérrez. Entonces, la lectura de este libro se realiza en un momento desubicado e inconsistente de nuestra historia universitaria.

Lo peor del libro es su estilo descriptivo para mantenerse neutral. Está en contra del neoliberalismo pero nadie lo encarna; señala problemas sin responsables; determina insuficiencias sin señalar los intereses que se realizan en esas insuficiencias.

Con la “Ley de Empleo Público” que reduce a cenizas la Convención Colectiva (y con ella las anualidades) y el Régimen Académico, tal vez los actores universitarios salgan de su letargo y tomen nota de que este gobierno no es la continuación del anterior sino su antítesis.

El autor no elabora una teoría porque en su casuística no consigue plantear una visión orgánica de la sociedad  y de la universidad incumpliendo lo prometido en el subtítulo de la obra. Pero sí sabe algo y en esto tiene razón: sabe que las campanas están doblando y no tiene caso preguntarse por quiénes doblan. Pase lo que pase, siempre doblan por nosotros.


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