Piélagos: Mirar el mundo con los ojos antiguos

El reconocido escritor costarricense Alfonso Chase acaba de publicar su último poemario titulado Piélagos, bajo el sello de la  Editorial Costa Rica.

Piélagos

Alfonso Chase

Poesía

Editorial Costa Rica

2017

El reconocido escritor costarricense Alfonso Chase acaba de publicar su último poemario titulado Piélagos, bajo el sello de la  Editorial Costa Rica. Este es un texto largamente esperado por quienes seguimos su dilatada y significativa trayectoria en las letras nacionales. El libro reúne 29 poemas, escritos casi todos en la última década, y está dividido en dos partes. Su título nos recuerda esas aguas perdidas de mar, ciertamente lejanas de las costas, pero también, por extensión, aquello que por su densidad es difícil de enumerar o contar.

Pie con alas, poema perteneciente a Circadismo, nombre de la primera parte, nos introduce de golpe en la temática del libro: “Algo que me acompañó toda la vida,/ ajeno ya al cuerpo,/ se mira triste en su propia levedad.” El pie alado danza al separarse, portando así  un mensaje que viene de la memoria de ese cuerpo en tránsito de vida y muerte.

Los poemas siguientes de la primera parte describen, como en duermevela, las sensaciones e imágenes de ese frágil estado del ser. Son visiones fragmentadas, en las que la conciencia se desdobla, para verse a sí misma; o bien, para poder atarse al cuerpo, también fragmentado: “Inerte/ parecía mi corazón adentro de un vaso./ El cerebro continuaba latiendo,/ incapaz de saberse/ estremecido”.

“Entonces algo pasa”, prosigue el texto. “Mis dedos se convierten en otros dedos/ ajenos a mi piel, cartílagos múltiples/ temblando en su estructura firme,/ sangre que fluye hacia el extremo de las uñas necróticas” La descripción, que no ahorra ningún detalle significativo, no se agota sin embargo en el combate puramente físico de un cuerpo que pugna por sobrevivir. En el poema Una a una se deja ver la proximidad de una cierta presencia luminosa: “Un vuelo de algo, visible e invisible,/ anuncia la proximidad del día.” Es como un balbuceo que murmura lo inaudible y que solo logra  escucharse a sí mismo: “Algo se queda diciendo/ lo que no comprendemos./ Oyéndose.”

Esta presencia se vuelve a mencionar en el último poema de la primera parte. Pero allí ya está más claro que se trata del “neuma”, entendido como el espíritu que alienta y da vida en la tradición bíblica y que se mueve y sopla donde quiere: “El neuma nos posee, boca a boca,/ y el beso es solamente/ la adhesión de dos soplos./ Y su emanación sutil el deseo perfecto/ de ser en tu cuerpo.”

En la voluntad de ser en el cuerpo del otro hay una suerte de restitución simbólica de lo perdido, expresada tanto en el plano místico y amoroso como en el ejercicio del arte mismo. Es por eso que Chase titula este poema Lo clásico, es decir lo que en la tradición artística perdura: “El alma de esta piedra es la forma/ y la mirada el ágape.” Clásico como lo que no está sometido a la caducidad de las formas ni a los vaivenes de la muerte. La dimensión estética que sostiene, a través de los siglos, la mirada del hombre y que, como el espíritu, vivifica. Cerrándose, así, en una dinámica ascendente vida-muerte-vida, la primera parte de este poemario, escrito desde los límites del  dolor pero también desde la búsqueda personal y artística de lo trascendente.

La segunda parte del libro recibe el nombre de Maneras de la carne. El mismo autor ha reconocido que esta sección de su libro posee un carácter premonitorio. Por lo que cronológicamente se ubica antes de la primera parte; pero en un sentido poético la precede, pues retrotrae al lector a esos modos en que la carne construye su propia historia. En este sentido es clave el primer texto llamado Los  poemas (I). En él, Chase expresa la tristeza de no haber tenido un hermano, alguien con quien haber compartido el pan y la alegría, como una llovizna que cayera  sobre las manos. También recuerda su asombro ante un mundo demasiado grande para sus “ojos antiguos”.

Hecho este recuento el autor confiesa haber pensado que ya nada habría de ocurrir. Por lo que, inmerso en la soledad de su origen, le asombra percibir al Otro “en la opaca luz/ de algo que allí ya habría ocurrido”. Como si tiempo y memoria se fundieran en un espacio que es todo presente. Allí puede volver “al instante del nacimiento./ Yo mismo en el fondo del mar: medusa o cardumen.” Es una reconstitución, un renacimiento profuso que tiene como escenario primordial la vuelta a lugares sagrados como Efeso, donde ve levitar a “la Inmaculada” “sobre un aire cargado de fragancias” o Mitelene “donde la carne de la tierra esplende… antes de consumirse furiosa en su propia sustancia.”

La premonición da paso a una certeza cada vez más clara  de  la presencia de lo trascendente, que lo lleva a sentirse purificado en un “vértigo insondable”. Como bien lo ha manifestado el mismo autor en una entrevista reciente aquí se manifiesta su encuentro con una Conciencia Superior, que solo se puede dar “si uno ha creado un alma.”

¿En efecto, de qué trata en esencia la labor de un artista sino de crearse a sí mismo,  con sus propias herramientas y vivencias, para dar paso en su trabajo a las diferentes expresiones de la totalidad?

Alfonso Chase lo sabe muy bien. Por eso ha escrito este libro en el que, parafraseando  a Teilhard de Chardín, una atracción más formidable que cualquier tensión material, arrastró su alma, sin resistencia, al centro al que estaba destinada. Sin duda, lo que él ha llamado “una relación alquímica” con la poesía le permitió vivenciarlo y escribirlo. Es por eso que “Piélagos” puede leerse como un particular “libro de horas”, un texto ceremonial por excelencia: alegato íntimo en defensa de la vida y su misterio.

 

 


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