Mayo 1968 y el estado de malestar

En mayo de 1968 el Gobierno francés debió enfrentar el movimiento social más grande de su historia: una huelga general en el campo y_las_fábricas_con_más_de_10_millones_de_personas,

En mayo de 1968 el Gobierno francés debió enfrentar el movimiento social más grande de su historia: una huelga general en el campo y las fábricas con más de 10 millones de personas, manifestaciones estudiantiles que tomaron las universidades en las principales ciudades, enfrentamientos de jóvenes y otros ciudadanos en las calles del Barrio Latino en París; mientras los ojos del mundo estaban puestos con expectación en la revuelta.

Para la sociedad convencional aquello se había salido de las manos; no estaba claro el porqué, era una manifestación imprevista de desasosiego.

La Francia humanista, y en aquel momento macroeconómicamente próspera, se quejaba de un malestar inusitado.

Los antecedentes pueden ser muchos y diversos, las causas se difuminan en las estructuras mismas de la sociedad occidental.

Antecedentes en conflicto

Rastrear las causas del mayo francés de 1968 es peregrino, cuando no francamente ocioso.

Distintos movimientos y luchas sociales se vinculan y de alguna manera convergen en los acontecimientos en París; diversos factores se ordenaron para hacerlos inevitables.

El antecedente se puede remontar incluso medio siglo atrás, con la Reforma Universitaria de Córdoba, en Argentina, que instauró el protagonismo del movimiento estudiantil universitario. Pero también en el hervidero en que se habían convertido las dos vertientes de protestas sociales en Estados Unidos: en favor de los Derechos Civiles y en contra de la guerra en Vietnam.

El 4 de abril de ese año fue asesinado, en Memphis, el reverendo Martin Luther King Jr., Premio Nobel de la Paz 1964, cuya lucha había trascendido las de los derechos civiles de las personas afroamericanas, llamadas entonces negros, por la de todos los pobres y explotados en el mundo.

En diciembre de 1967 millones de trabajadores se lanzaron a la calle contra la precariedad y el trato degradante, pero sus demandas no tuvieron acogida social, ni el interés de la prensa.

A sus 85 años, el director de cine francés Costa-Gavras recuerda que los eventos de mayo del 68 comenzaron en realidad el 9 de febrero en la Cinemateca de París, donde los cineastas franceses se levantaron contra el poder de la época que quería cambiar la dirección y tomar el control de esta institución independiente.

En enero, con el ascenso de Alexander Dubček a secretario general del Partido Comunista de Checoslovaquia, se inició una serie de reformas tendientes a conformar un socialismo con rostro humano, menos rígido que el experimento soviético. Sin concesiones al capitalismo, pero sí a la democracia, Dubček suaviza el control del estado reduciendo el autoritarismo. Pero este proceso de reformas sería aplastado con la invasión, en agosto de 1968, de las tropas de la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia.

La juventud está aburrida

Cuando la juventud está aburrida, ociosa y su imaginación creativa no encuentra formas de expresarse, reacciona de maneras insospechadas. Muchas veces opta por experimentar con su propio cuerpo, otras emprende idealistas epopeyas para cambiar el mundo entero y la historia de la humanidad, algunas veces desafía la autoridad o inflige dolor a otros o, por el contrario, decide sacrificarse mesiánicamente en la lucha por el bien común. El entusiasmo juvenil es una fuerza vital indispensable para el mejoramiento social.

El 15 de marzo de 1968, Le Monde publicó en portada un célebre artículo de Pierre Viansson-Ponté, “Cuando Francia se aburre…”, que reclamaba la abulia de la sociedad francesa de ese momento. El autor estaba lejos de comprender que la mezcla de ese aburrimiento con la vitalidad juvenil necesitada de expresarse estaba a punto de escandalizar a toda la sociedad occidental con sus consecuencias.

Autoridad versus individualismo

En Nanterre, al oeste de París, el 22 de marzo de 1968 un grupo de estudiantes se alza en huelga en reclamo residencias universitarias mixtas y nuevos métodos pedagógicos. Los encabeza un joven estudiante de sociología de 23 años, hijo de padres alemanes, de mirada vivaz, gran facilidad de palabra y pelo rojo, se llama Daniel Cohn-Bendit.

Acostumbradas al confort que les asegura la butaca del poder, las autoridades se burlan de la protesta y de los reclamos, acusándolos de vulgares e inapropiados. Una semana después los estudiantes se habían organizado como Movimiento 22 de marzo, crecieron en sus demandas y en sus desafíos.

El 3 de mayo el grupo de Nanterre se trasladó a la Sorbona, para unirse a sus compañeros en la protesta, pero el rector recurre a la policía para desalojar a los ocupantes. Algunos estudiantes, entre ellos Cohn-Bendit fueron detenidos, lo que provocó marchas por su liberación que, a su vez, fueron reprimidas por la policía antidisturbios conocida como Compañía Republicana de Seguridad (CRS).

El Estado no estaba dispuesto a mostrar ningún grado de debilidad en el ejercicio de su autoridad.

El barrio Latino de París, en la noche del 11 al 12 de mayo, se convierte en el escenario de una batalla campal, se alzan barricadas, los manifestantes arrancan los adoquines de las calles para lanzarlos a la policía. Cada mañana los habitantes de la ciudad encontraban escenas de caos y conforme avanzaba el día las calles se empezaban a llenar de nuevos manifestantes.

El primer ministro Georges Pompidou, en un intento de suavizar el conflicto, permite el acceso de los estudiantes a La Sorbona, la cual toman por varias semanas de constantes deliberaciones y organización de su lucha. También el teatro Odeon sirve como base para la organización y la discusión.

Una huelga nacional obrera es convocada para el 13 de mayo y los sindicatos deciden unir su lucha con los estudiantes, que sin duda tiene más glamour y atención de la prensa.

En la ciudad de Nantes, los trabajadores de Sud-Aviation ocupan la empresa y capturan al director. El 25 de mayo en la negociación con los líderes sindicales se decide subir el salario mínimo, reducir la jornada laboral y pagar los días de huelga. Pero las bases lo rechazan. El 30 de mayo el gobierno de Charles De Gaulle y el primer ministro, Georges Pompidou, anuncian la disolución de la Asamblea Nacional y elecciones legislativas. Ese mismo día, en los Campos Elíseos desfila medio millón personas en apoyo al gaullismo.

El 16 de junio, con el consecuente desgaste, los estudiantes son expulsados de la Universidad.

El Gobierno entonces acude a una forma de persecución sistemática, acusa al movimiento de infiltración de grupos de extrema izquierda –troskistas, maoístas y anarquistas–, a quienes responsabiliza de la revuelta, y persigue a sus líderes. Ilegaliza el Movimiento 22 de marzo y prohíbe las manifestaciones durante la próxima campaña electoral. El 30 de junio, el gaullismo y sus aliados arrasan en las legislativas y logran la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional.

Mediante artilugios políticos la autoridad gubernamental disolvió el movimiento; después vino una gran reacción conservadora. El gobierno de De Gaulle no resistió mucho y el general tuvo que renunciar en abril del año siguiente.

El síntoma pasajero de la insubordinación

En la sociedad occidental contemporánea, la crítica al Estado por su condición autoritaria lo releva de sus deberes, como fruto del pacto social que implica velar por el bienestar de todos los miembros de la sociedad. Se instaura entonces una idea de individualismo como parámetro de libertad. Luego, el consumo, como expresión acabada de esa libertad, depende de la sociedad de mercado, a la vez que la fortalece.

Los anhelos de propiedad colectiva que inspiraron a algunos de los activistas del mayo de 1968 se vieron como amenazas contra la libertad individual y al final triunfó esta última.

El individualismo expresado en la defensa de las libertades individuales puede ser acicate para una revuelta, pero difícilmente lo será para una transformación social.

La revuelta como espectáculo

El 13 de mayo de 1968, Caroline de Bendern, modelo británica, hija de una familia adinerada, tenía 23 años. Cansada de caminar en una manifestación, se sube sobre los hombros de su amigo, el pintor Jean-Jacques Lebel. Ondea una bandera de Vietnam como protesta contra la guerra, en la plaza Edmond Rostand, cerca del Jardín de Luxemburgo, en París. Jean-Pierre Rey, fotógrafo de la agencia Gamma captura el momento. La muchacha nota que es el foco de interés de los fotógrafos y se yergue, pone una mirada algo melancólica, posa. La imagen capturada se equipara con La Libertad guiando al pueblo, la famosa pintura de Delacroix de 1830, y con la Marianne, símbolo de la libertad y la razón de la república francesa.

“Pronto me di cuenta de que estaba rodeada de fotógrafos. El instinto del maniquí se despertó en mí. Empecé a jugar un papel. Mi cuerpo se puso derecho. Estiré mi brazo. Mi rostro se hizo más grave. (…) Me he convertido, a pesar de mí misma en símbolo de Mayo del 68”, dijo muchos años después de ser desheredada por su abuelo conservador de una fortuna de 7,5 millones de libras a consecuencia de esa foto. No pudo reconciliarse con su abuelo pues este murió en octubre.

“Esta foto me persiguió durante toda mi vida y hundió mi carrera como modelo”, dice aquella bella muchacha de entonces, ahora con más de 70 años, en el pequeño pueblo de Normandía donde vive.

Para algunas feministas la participación de las mujeres en aquellos hechos fue principalmente como imagen, trabajo logístico y acompañamiento, pero no como protagonismo en la toma de decisiones o en los planteamientos.

Sin embargo, el feminismo no solo está presente en el imaginario de los hechos del mayo francés del 68, sino que lo trascendió

El relevo femenino

Aunque no podía separarse aún del convencionalismo machista, el movimiento dio espacio y voz a las mujeres, quienes, aunque tampoco tenían entonces muy claro cómo utilizarlos, pronto encontraron la manera y dieron lugar a las luchas por sus propias reivindicaciones contra formas de autoritarismo profundamente enraizadas, sutiles y opresivas.

Al amparo de los movimientos de mayo del 68, muchas mujeres se atrevieron a participar activamente, a tomar la palabra y seguir las discusiones. Las ideas, que ya se empezaban a expresar en las luchas de las mujeres en Estados Unidos, resonaron en las manifestantes francesas. Algunas de aquellas ideas fueron ideológicamente esenciales para romper su silencio.

Al darle una trascendencia social e ideológica al reclamo individualista con expresiones como “lo personal es político”, lograron una continuidad de la lucha más allá de la coyuntura o el entusiasmo. Cinco años después, la ministra de Salud, Simone Veil, instauró la legalización del aborto en Francia.

El feminismo, entonces, tuvo un aporte esencial, pues despertó el interés hacia otras colectividades y otras sensibilidades sociales más allá del individualismo.


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