Más que un thriller periodístico

Cerré el libro antes del final y me serví un generoso whisky. Solamente así podía digerir la tensión que me causaba el conflicto dramático entre el periodista usamericano y el fotógrafo sudafricano ante la posibilidad de un final sorpresivo.

El ojo del mundo

Guillermo Fernández

Novela

Editorial Uruk

2019

Cerré el libro antes del final y me serví un generoso whisky. Solamente así podía digerir la tensión que me causaba el conflicto dramático entre el periodista usamericano y el fotógrafo sudafricano ante la posibilidad de un final sorpresivo. Dejé el postre novelístico para luego de la cena. Pero, en definitiva, lo pospuse para el otro día, no fuera que no pudiese conciliar el sueño. En todo caso dormí mal.

Hablo sobre algunas de las impresiones causadas por la notable novela El ojo del mundo de Guillermo Fernández, una de las mejores producciones en las últimas décadas de esta ínsula barataria con su heterodoxo mundillo literario. Una novela sobria y bien escrita sobre un tema profundo y metafísico, el cual surge a partir de una extraordinaria, polémica y perturbadora fotografía que alcanza un premio harto reconocido y apetecido por miles.

Supongo que todos recordamos la foto de Kevin Carter que le diera la vuelta al mundo: un buitre acecha y mira con desparpajo mientras espera la segura muerte de un niño famélico en un campo de refugiados de Sudán. La misma que mereciera el Pulitzer a la mejor fotografía del año (1993). Carter, junto a su colega Joao Silva, viajó a Sudán con las Naciones Unidas y estuvo alrededor de una semana al sur del país, en Ayod; casi a punto de partir, se encontró afuera de los campos de ayuda alimentaria a un niño desnutrido que había caído al suelo. A la distancia merodeaba un buitre. Carter eligió un encuadre en el que el ave y el niño nos “cuentan” una pavorosa historia sobre la hambruna y la depredación en África.

Quizá la mejor síntesis de los reclamos que se le imputaron al fotógrafo se expresa en lo que publicara el periódico St. Petersburg Times de Florida: “El hombre que ajusta su lente para tomar el encuadre correcto del sufrimiento podría ser un depredador, otro buitre en la escena.” Entonces llegó su peor momento: una cadena de eventos enmarañados lo exponen a la miseria humana de la manera más cruda y atroz durante años. Esto lleva a Carter al consumo de drogas duras y al alcohol. El 27 de julio de 1994 conecta una manguera al escape de su camioneta y muere por asfixia. Tenía treinta y tres años, una edad emblemática para la cultura judeo/cristiana. Dejó una nota que rezaba: “Estoy obsesionado por los vívidos recuerdos de asesinatos y los cadáveres y la ira y el dolor … de niños hambrientos o heridos, de locos que disparan sin provocación, a menudo policías, de verdugos asesinos…”

La pregunta que nos hacemos todos es: ¿El fotógrafo debió hacer la fotografía o ayudar al niño? Sobre la misma se trenzaron (se trenzan aún) múltiples reclamos moralistas y un sinnúmero de análisis éticos. Fernández no desaprovecha la ocasión de la álgida polémica, hoy casi olvidada (como toda tragedia humana), para terciar con un texto que se convierte en su mejor novela hasta ahora, según este escribidor. ¿Por cuáles razones?

En primer lugar porque la novela está narrada como un thriller periodístico de altura con diálogos bien hilvanados y convincentes debido a un adecuado lenguaje y a lo vívido de los acciones y caracteres de los personajes, especialmente el principal, Henry Brown, periodista fotógrafo de un medio local de New York. De hecho, a veces pareciera que estamos ante un destacado escritor anglosajón o ante una óptima traducción de algún buen novelista gringo, de esos que, sin duda, han influenciado la notable pluma de Fernández.

En segundo lugar, por la ambientación y la exacta utilización de locaciones, tanto en New York como en Sudáfrica, lo que le concede palpitante verosimilitud a la narración. Son notables las acciones en Johannesburgo y alrededores dentro de la coyuntura previa a las elecciones que harán de Mandela el primer presidente negro de su país venciendo, por fin, al abominable apartheid. Pero, en tercer lugar, especialmente a la trama de la misma, la cual se desarrolla como pez en el agua, mejor dicho, como serpiente que atraviesa el río. El triángulo insólito que se teje entre Malou, la periodista holandesa también en busca de Carter para una entrevista terminal, Brown, a quien también urge la conversa pues tiene una pregunta trascendente, y Carter quien rehúye a ambos, es un conflicto que nos mueve a la lectura sin cesar. En el mismo se cuela Homer, un dipsómano y colmilludo periodista de guerra del New York Times quien le confiere mayor voltaje al viaje y a la acción dramática.

En ese vibrante mundo del reporteo bélico se cuelan algunas zagas de personajes como Leonore la mitómana que fabula sobre su relación con la Greta Garbo o Sharon, la novia de Henry, un personaje muy bien delineado y correctamente literario. Leonore, sin embargo, pareciera salida de otra novela.

Entiendo que se trata de darle aire al quehacer periodístico de Brown en un anodino medio que soslaya a veces la corrupción y la violencia de la cosmopolita urbe usamericana. La larga llamada telefónica que hace a Brown hasta Johannesburgo me parece salida de tono y poco verosímil pues corta con el ritmo de los acontecimientos. Pero ello puede ser un reclamo de alguien que está urgido por continuar la historia que se teje alrededor de Carter.

La novela presenta mínimos ripios y algunas erratas, pero ya alguien lo dijo y lo he repetido: un texto sin erratas es sospechoso. Para finalizar, debo decir que el final, lamentablemente, decae y no llena las expectativas, al menos de este severo comensal. Me parece que bien pudo extenderse un poco más sobre la idea de la “transmisión de enfermedades espirituales” con Homer ya inoculado por la misma. Y, particularmente, con ese presagio del confortabily numb (Pink Floyd) que subraya Brown en la carta que recibe de Carter y que, sin duda, resume la narración: “Lo que he logrado descubrir es que duele más no sentir que sentir. Eso es lo que finalmente nos destruye”. (Por cierto, mientras leía escuchaba otro soundtrack, que le vendría como anillo al dedo (mejor dicho, al oído) a la novela: Sixto Rodríguez, chicano de Detroit, Michigan, y héroe musical en Sudáfrica como símbolo de lucha contra el apartheid).

De todas suertes es una sorprendente novela, de lo mejor de los últimos años, reitero; por eso la recomiendo con vehemencia.

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