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Manuel Vicent: “Para ser feliz en España hay que olvidarse de la política”

Entre la melancolía, la denuncia y el humor, Manuel Vicent (1936) se embarca en su última novela, Ava en la noche, en la crónica burbujeante de un país que intentaba disfrutar de la vida y volver a sonreír.

¿Qué libro tiene entre manos?

Breviario de los saberes inútiles, de Simon Leys (Acantilado).

¿Qué le hace abandonar la lectura de un libro?

—Que sea oscuro, complicado sin motivo y que te obligue a subir jadeando por la pared norte cuando se puede subir tranquilamente en coche.

¿Con qué personaje le gustaría tomar un café?

—Con el Príncipe Salina de El Gatopardo en su palacio de Palermo.

¿Recuerda el primer libro que leyó?

Lo que puede más que el hombre. Me lo regaló el maestro de escuela en mi primera comunión.

¿Cuáles son sus hábitos de lectura?

—En papel, por la mañana en verano en la hamaca, de noche en la cama, siempre tumbado boca arriba.

¿Qué experiencia cultural cambió su manera de ver el mundo?

—Asistir en París al musical Hair, y a Oh, Calcuta, en Nueva York, el año cumbre del hipismo cuando se estrenaron.

¿Qué queda de la España en blanco y negro que retrata en Ava en la noche?

—En negro, el odio político, y en blanco, la leche merengada.

¿Tan bien se vivía en la España de los 50 que Ava Gardner o Hemingway olvidaban sin problemas que el país era una dictadura?

—Ava Gardner no creo que tuviera conciencia política, vivía solo para el placer, pero Hemingway, por lo visto, tenía unas tragaderas enormes para cualquier clase de violencia. Demostró que en política le daba igual ocho que ochenta, toros, safaris o fusilamientos.

Histórica y literariamente, ¿la nostalgia es siempre un error?

—Literariamente la nostalgia de aquello que fuiste te obliga muchas veces a mentir y a hacer el ridículo. Prefiero la melancolía que es una nostalgia del futuro, del tiempo que se acaba.

¿De qué o quién siente hoy nostalgia, y por qué?

—Siento nostalgia de algunos amigos que se fueron, del placer de la lectura de los libros de aventuras en largos, aburridos e interminables veranos de la adolescencia.

¿Qué hubiera hecho Ava Gardner si la crisis de la COVID-19 le hubiera pillado en Madrid?

—Ni idea. Tal vez beber, bailar. No la imagino con mascarilla que le ocultara la belleza de su rostro, su mejor arma.

¿Entiende, le emociona el arte contemporáneo?

—Desde Marcel Duchamp el arte lo crea la mirada del espectador. Las luces y las sombras, las formas y los colores resbalan sobre cualquier objeto y lo trasforman a tu gusto. Tú puedes convertirlos en el pañuelo de la infanta Margarita o en la sangre de cualquier cuadro de Caravaggio. En esa virtud consiste el arte contemporáneo.

¿De qué artista le gustaría tener una obra en casa?

—Un dibujo a carbón del rostro de una mujer joven, de Matisse.

¿Le importa la crítica? ¿Le sirve para algo?

—Me importa si es inteligente y me descubre cosas buenas o malas que no había visto. Me disgusta, pero solo un poco, si te meten el dedo en el ojo.

¿Le gusta España? Denos sus razones.

—Después de haber dado un par de vueltas al mundo, creo que este país es uno de los mejores, si no el mejor, para vivir. Por el clima, la gastronomía, la seguridad ciudadana todavía y la solidaridad de la gente sencilla. Por desgracia para ser feliz aquí hay que olvidarse de la política.

Denos una idea para mejorar la situación cultural de nuestro país.

—La cultura solo necesita libertad y prestigio. La cultura nace de una euforia colectiva en la que los escritores y artistas se inspiran mutuamente hasta crear un clima creativo. Pero la cultura de un país siempre va a caballo de su hegemonía económica y política. He oído cosas en el café Gijón que dichas en el Green Village de Nueva York hubieran dado la vuelta al mundo.

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