Los Libros

Una obra original en la literatura y la crítica literaria costarricense

En blanco y negro Manuel Delgado Lecturas Ed. Adelante 2021

Lo primero es la mirada. Como que se burla de nosotros, como diciéndonos: –¡Aquí está, a ver qué hacen con esto! Es la foto de portada que –según me dijo– le tomó su nieta.

Y cuando nos animamos el resultado es –por lo menos para mí– algo sorprendente.

Nos introduce, Manuel, a la literatura, por las puertas por las que él mismo transitó. Habla de dos preguntas: ¿cuáles son sus libros favoritos y cuál ha sido el más importante en su vida? Sus respuestas están en el capítulo inicial y ahí da sus razones. Son las suyas.

Sigue el segundo capítulo, con una pregunta que me parece más interesante: ¿Por qué un individuo se aísla del mundo diez horas diarias, en una habitación cerrada, para escribir?

Es un texto donde, según el autor, reflexiona sobre la filosofía del arte y la literatura. Es –para mí– la primera sorpresa del libro.

Es un texto relativamente largo, ambicioso, que responde, primero, a la pregunta de: ¿por qué leemos?

  • Para aprender a ver o, lo que es lo mismo, para aprender a vivir.

La respuesta se las trae. Es cierto; leer nos permite ver el mundo desde diversos puntos de vista. No se trata solo de la infinita variedad de temas (infinita puede ser sinónimo de uno solo: de la naturaleza humana, del sentido de la vida, algo así), sino también de los infinitos ángulos con que se aborda el tema. Como, por ejemplo, lo hacen Thomas Mann, Faulkner, o Joyce, para citar tres que me son particularmente caros y que lo han hecho –creo que es opinión generalizada– con particular maestría. Manuel cita a Carpentier y lo acompaño también en esa propuesta. De los nuestros, está entre los mayores.

Luego discute un tema inevitable para quienes –como él y yo– nos desempeñamos como periodistas: la relación entre la profesión y la literatura.

Decide abordar el tema invirtiendo una relación lógica: uno habla de realidades; el otro, de invenciones. Pero, al contrario de lo habitual, nos sugiere que, de realidades, habla la literatura. Argumenta bien, con imaginación –en mi criterio– y sale airoso del envite. No estoy seguro, en todo caso, de que todos compartan su juego de manos.

En todo caso, no me toca repetir los argumentos, los tendrá que encontrar el lector en el texto.

Un texto que es, en definitiva, un argumento a favor de la literatura, “puente que nos une con el pasado y también con el futuro”. Trata de afianzar la argumentación con la cita (a veces) de autores menores (como Marcuse) y apuesta por la sobrevivencia de quienes encarnan el desafío, la acusación y la protesta. No estoy seguro de que tenga razón, pero desearía que sí.

Luego de una rápida incursión sobre el tema del canon, Manuel entra en materia, en el “contenido verdadero del texto”, como nos advierte al inicio: a los ensayos sobre autores y obras.

Son diversos, una veintena. La primera impresión es nuevamente de sorpresa, por la vastedad del territorio cubierto. Quiero decir, de libros leídos y citados; la mayor parte de autores renombrados, otros menos citados, por lo menos en estas latitudes.

Comienza con Whitman, en un sabroso relato que nos remite a Eduarda Mansilla, argentina, esposa de un diplomático, que vivió en la capital norteamericana.

Sigue con Willa Cather y me da una clave para entender su pasión por Nuevo México; en este caso alimentada por la historia del pueblo de Ácoma, fundada en el siglo XI, habitada hasta hoy por un mismo pueblo. De Ácoma ya había hablado, en todo caso, Huxley, en su novela Un mundo feliz, como lo recuerda el mismo Manuel.

Y de ahí en adelante, hasta el final, sigue la serie en la que temas y autores se suceden y entremezclan, como la generación beat, en el texto Amor a orillas del Hudson (el más largo de esa serie); la figura de Lázaro en la literatura, en el que se mezclan Roberto Brenes Mesén y Saramago; Bolaño (¿podía faltar?); la literatura japonesa; su admirado Houellebecq; el notable Murakami (aquí ilustra el debate sobre periodismo y literatura, cuando recuerda que en La muerte del comendador una trampa en el piso de madera nos hace caer en “uno de esos agujeros que nos conducen a una realidad paralela que, a lo mejor, es más verdad que la otra, la que vivimos todos los días…”); o una lectura muy personal sobre los orígenes de la literatura feminista.

Sobre la manera de contar está siempre el recurso de volver a la memoria, a los gustos, a sus razones, pero siento que sobran referencias a tantos libros que dan un cierto tono profesoral al texto que no siempre ayuda.

Cerrado el libro (que él concluye con un breve comentario sobre lo que falta, entre ello la literatura costarricense (“hablar de nuestra literatura remueve muchos resquemores y a veces enemistades”), vuelvo a la portada y ahora el que lo mira soy yo. Aquí estoy, 340 páginas después, agradecido y sorprendido por un texto original y ambicioso, que siempre hace falta.

Suscríbase al boletín

Ir al contenido