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Una joyita de don “Quincho”

La hoja de aire

Joaquín Gutiérrez

Novela

ECR

Alfonso, un joven costarricense aspirante a actor, decide ir a probar suerte a México debido a la pobreza cultural del país. Logra estudiar teatro y trabajar en compañías de poca monta. La verdad es que no lo reciben bien por su acento, es decir, por extranjero, por centroamericano: solo contaban “los mexicanos, los gachupines y los gringos”; finalmente lo despiden por participar en manifestaciones políticas. Termina trabajando como clown en un circo donde se “junta” con una compañera (Infantina) que resulta excesivamente promiscua. No funcionan ni la relación ni el trabajo. Pasa hambres y fríos. Termina internado en un psiquiátrico. “Yo me enfermé de eso: de pensar, de recordar”, confiesa. Y entonces regresa a Costa Rica.

Todo ha cambiado. No encuentra amigos ni familiares; pero su obsesión por Teresa, su amor de infancia, a quien vio solamente en tres ocasiones (la primera en Cartago; aunque él vivía en Limón) lo mantiene en movimiento en una ciudad que ya no es la suya. Inicia su búsqueda. Luego de un desaguisado y una acción “deshonesta” con la empleada en casa de su hermana, toma la gran decisión. Antes, cree encontrar a Teresa en la Biblioteca Nacional, pero es otra mujer (Teresa Gómez, historiadora); por último, se encuentra con Joaquín Gutiérrez a quien narra su triste historia con el objetivo de pedirle ayuda. Joaquín le “recuerda” que Teresa está muerta.

La trama de ese, al parecer, sencillo argumento, es circular. Inicia por el final: el encuentro con Joaquín “Quincho” Gutiérrez, interlocutor del narrador protagonista, por extensión, y en un desdoblamiento literario curioso, nombre del autor, es el dispositivo que sustenta la narración. Su desenvolvimiento parte desde la primera visión de la Teresa de infancia en Cartago, pasando por las dos ocasiones que se encontró con ella — todavía niña en una, adolescente en la otra — su estancia en México y el viaje de regreso por Centroamérica, hasta el desaguisado en casa de su hermana. Finaliza con la ilusión de tornar a Cartago para reencontrarse, definitivamente, con Teresa. El motivo del viaje o de los viajes, tanto físicos como psíquicos, es de suma importancia para el argumento.

En esa trama, la técnica narrativa, como en las cajitas chinas o las matriushkas rusas, coloca una historia dentro de otra: la de Alfonso en Cartago y en México y la que le narra al amigo Joaquín, donde el mismo “Quincho” revela la cruda realidad de la misma. Monólogo interior, pero con interlocutor: cuenta y se cuenta a sí mismo; recuerda y desmenuza remembranzas, recuerdos azules con nostalgia, mejor dicho con la sonoridad profunda de la cabanga aderezada por ciertas alucinaciones producto de su neurosis. Es una puesta en escena, mejor dicho, una puesta en palabras; hay una teatralización de su vida a través de una mediocre actuación y de un descentramiento del actor “cuerdo” en una escena de locos que, por ello mismo, considera loco al actuante, por ser y parecer, un agente disfuncional. El mundo social alienado es el mundo de “lo normal”: un país mediocre, gris, sin grandes pretensiones, conservador, mojigato, corrupto (encuentro con Pedro el Culebra). Paradójicamente la máscara no la porta el personaje/actuante sino sus espectadores/conciudadanos; el personaje enmascara la realidad propia para poder subsistir en la normalidad de ese mundo falso, sumiso, de doble moral. Debe continuar actuando en la vida social para protegerse, para poder ser “él mismo”.

El final queda abierto. Es el lector/espectador quien ahora debe concluir la narración. Y acercándonos a ese remate de partida sumamente poético, nos queda la reconcoma o inferencia de que, a lo mejor, el narrador pudo utilizar de mejor manera el monólogo interior como fluir de la conciencia para que “Quincho” no se enterara totalmente de las trágicas intenciones de Alfonso. Cuestión de puntos de vista narrativos, puesto que, el texto en general, es una auténtica joya de la literatura centroamericana y de más allá. El desenlace, en cierto modo, es la apertura; o mejor aún, es consecuente con el inicio: “un sueño grande del que nacen otros sueños menores y de estos otros cada vez más modestos, hasta llegar al último, el pequeñito, el que se lleva el viento”.

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