John Berger

Un pintor de nuestro tiempo

Novelista, crítico cultural, poeta, John Berger educó en la apreciación del arte a varias generaciones y dejó una obra en prosa marcada por la política y la militancia,

Novelista, crítico cultural, poeta, John Berger educó en la apreciación del arte a varias generaciones y dejó una obra en prosa marcada por la política y la militancia, especialmente en la ya clásica trilogía De sus fatigas. Berger murió el 2 de enero de 2017 en Francia, donde vivió más de cincuenta años. Ahora la editorial Nórdica acaba de rescatar uno de sus libros más inclasificables, publicado originalmente en 1984: Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, con ilustraciones de Leticia Ruifernández. Reflexiones, experiencias, recuerdos fugaces: como dice en el prólogo de esta edición Manuel Rivas, “toda la obra de John Berger es un laborioso avance por la incerteza, merodeando, sin pisar”. En estos fragmentos elegidos, Berger observa a los animales, piensa el tiempo y la trascendencia, conversa con los muertos, apunta ideas sobre la poesía.

Una vez en un poema

Los poemas no se parecen a los cuentos, ni tan siquiera cuando son narrativos. Todos los cuentos tratan de batallas, de un tipo o de otro, que terminan en victoria o derrota. Todo avanza hacia el final, cuando habremos de enterarnos del desenlace.

Indiferentes al desenlace, los poemas cruzan los campos de batalla, socorriendo al herido, escuchando los monólogos delirantes del triunfo y del espanto; procuran un tipo de paz. No por la hipnosis o la confianza fácil, sino por el reconocimiento y la promesa de que lo que se ha experimentado no puede desaparecer como si nunca hubiera existido. Y, sin embargo, la promesa no es la de un monumento. (¿Quién quiere monumentos en el campo de batalla?) La promesa es que el lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo a la experiencia que lo necesitaba, que lo pedía a gritos.

Los poemas están más cerca de las oraciones que de los cuentos, pero en la poesía no hay nadie detrás del lenguaje que se recita; es el propio lenguaje el que tiene que oír y agradecer. Para el poeta religioso, la Palabra es el primer atributo de Dios. En toda la poesía, las palabras son una presencia antes de ser medios de comunicación.

No obstante, la poesía utiliza las mismas palabras y, más o menos, la misma sintaxis que, por ejemplo, el informe anual de una empresa multinacional. (Empresas que preparan, para su propio provecho, los más terribles campos de batalla del mundo moderno.)

¿Qué hace entonces la poesía para transformar tanto el lenguaje, que, en lugar de limitarse a comunicar información, escucha y promete y desempeña el papel de un dios?

El que un poema use las mismas palabras que el informe de una multinacional no es más significativo que el hecho de que un faro y una cárcel puedan estar construidos con piedras de la misma cantera, unidas con la misma argamasa. Todo depende de la relación entre las palabras. Y la suma total de todas esas relaciones posibles depende de la manera en la que el escritor se relaciona con el lenguaje, no como vocabulario, no como sintaxis, ni siquiera como estructura, sino como un principio y una presencia.

El poeta sitúa el lenguaje fuera del alcance del tiempo; o, más exactamente, el poeta se aproxima al lenguaje como si fuera un lugar, un punto de encuentro en donde el tiempo no tiene finalidad, en donde el propio tiempo queda absorbido y dominado.

La poesía habla, con frecuencia, de su propia inmortalidad y esta reivindicación es mucho más trascendente que la del genio de un poeta determinado perteneciente a una historia cultural determinada. No debe confundirse aquí la inmortalidad con la fama póstuma. La poesía puede hablar de inmortalidad porque se abandona al lenguaje en la creencia de que el lenguaje abraza toda experiencia pasada, presente y futura.

Sería engañoso hablar de la promesa de la poesía, pues una promesa se proyecta en el futuro, y es precisamente la coexistencia del futuro, el presente y el pasado lo que propone la poesía.

A una promesa que afecta al presente y al pasado tanto como al futuro mejor la llamaríamos certeza.

Érase una vez

El primero fue una liebre. A dos mil metros de altura, en una frontera de montaña. ¿Adónde va?, me preguntó el aduanero francés. A Italia, dije. ¿Por qué no se detuvo?, preguntó. Creí que me hacía señas para que siguiera. Y en ese momento todo quedó olvidado porque una liebre atravesó corriendo la carretera, a diez metros de nosotros. Era una liebre flaca, con unas manchas blancas en sus orejas color humo. Y aunque le iba la vida en ello, no corría mucho. A veces suceden esas cosas.

Un momento después, la liebre volvió a cruzar la carretera, esta vez perseguida por media docena de hombres, quienes, no obstante, corrían mucho menos que ella y, por su aspecto, se diría que acababan de levantarse de la mesa. La liebre se dirigió hacia los riscos y los primeros parches de nieve. A voces, el aduanero daba instrucciones sobre la mejor manera de alcanzarla, y yo puse en marcha el motor y atravesé la frontera.

El siguiente animal fue un gatito. Un gatito enteramente blanco. Pertenecía a una cocina con un suelo desigual, una chimenea, una mesa de madera un tanto estropeada y unas toscas paredes encaladas. Contra las paredes, el gatito era casi invisible, si no fuera por sus ojos oscuros. Cuando volvía la cabeza, desaparecía. Cuando saltaba por el suelo o se subía de un brinco a la mesa, parecía una criatura escapada de las paredes. La manera en la que aparecía y desaparecía le daba la misteriosa intimidad de los diosecillos domésticos. Siempre he pensado que los diosecillos domésticos eran animales. Unas veces visibles, otras invisibles, pero siempre presentes. Cuando me sentaba a la mesa, el gato se subía a mis rodillas. Tenía unos dientes afilados y blancos, tan blancos como su pelo. Y la lengua rosa. Como todos los gatitos, no paraba de jugar: con su propia cola, con las patas de las sillas, con todo lo que encontraba por el suelo. Cuando quería descansar, buscaba algo mullido para echarse. Lo vigilé, fascinado, durante una semana y observé que, siempre que podía, escogía algo blanco: una toalla, un suéter blanco, la cesta de la colada. Luego, con la boca y los ojos cerrados, acurrucado, se volvía invisible, rodeado por las paredes blancas.

Una aldea en las colinas, cerca de Pistoia. El cementerio era rectangular y estaba rodeado por un muro alto con unas puertas de hierro forjado. Por la noche, la mayoría de las tumbas se iluminaban, cada una con su vela. Pero las velas eran eléctricas y se encendían al mismo tiempo que el alumbrado de la calle. Bailaban toda la noche, y había muchas farolas en la aldea. Nada más pasar el cementerio, la carretera giraba bruscamente y de la misma curva salía una carretera sin asfaltar que llevaba a una granja. En esta carretera vi uno de los patos grises.

Ya había visto a toda la familia en varias ocasiones. Solían instalarse entre los matorrales, en una pendiente cubierta de hierba, justo enfrente del cementerio. La primera vez que vi las luces del cementerio al atardecer reparé en los patos contoneándose de aquí para allá en la hierba verde noche. Una hembra, un macho y unos seis polluelos.

Esta vez, era solo el macho, quieto, en medio de la carretera, besando el polvo con la cabeza gacha. Tardé como un minuto en darme cuenta de que estaba encaramado sobre la espalda de la hembra, que quedaba totalmente oculta bajo su cuerpo. Una vez, quizá dos, extendió ella las alas, que aparecieron entre las patas del macho, y luego volvió a quedarse inmóvil, en el polvo. Los envites del macho se hicieron más frecuentes. Finalmente, alcanzando el clímax, se dejó caer, y la hembra se hizo visible. Cayó de costado, en la carretera, como abatido por un disparo. Un pequeño saco gris con forma de pájaro, inerte en el polvo, como si estuviera libre de plomo. Ella miró a su alrededor, se puso en pie, batió las alas, estiró el cuello y se alejó segura de que los polluelos no tardarían en encontrarla.

Una noche paseando por el campo en las cercanías de Prijedor, en Bosnia, vi, bajo unas hojas de hierba, la luz verde ámbar de una luciérnaga solitaria. La cogí y me la puse en el dedo; brillaba como un anillo con un ópalo eléctrico. Conforme me iba acercando a la casa, la competencia de las otras luces se hizo demasiado intensa, y la luciérnaga apagó la suya.

La coloqué en unas hojas sobre la cómoda del dormitorio. Cuando apagué la luz, la luciérnaga volvió a brillar. El espejo del tocador estaba enfrente de la ventana. Si me tumbaba de lado, veía una estrella reflejada en el espejo y, debajo, en la cómoda, la luciérnaga. La única diferencia entre las dos era que la luz de la luciérnaga era un poco más verde, más glacial, más lejana.

Tomado de Radar

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