Sonámbulos urbanos

Fernando Contreras Castro es un gato callejero. Las páginas de sus libros son tejados por los cuales este felino ha ido saltando a lo

Fernando Contreras Castro es un gato callejero. Las páginas de sus libros son tejados por los cuales este felino ha ido saltando a lo largo de su vida errante. Su astucia le ha permitido escudriñar, entre toda la prisa cotidiana y muchos semáforos en rojo, esa poesía encapsulada que mora escondida en las calles citadinas.

El escritor costarricense acaba de publicar una reedición de su novela El tibio recinto de la oscuridad y una compilación de dos libros suyos, Urbanoscopio y Sonambulario, bajo el título de Relatos. Este último contiene un cuento reelaborado y otro completamente nuevo.

Desde un monje que vela por la educación de un niño cíclope hasta gatos que dan conciertos de jazz todas las noches en el tejado del Mercado Central de San José, Contreras crea historias que marcan intersticios en la realidad y demuestra que es tan sólo una ficción más.

Estas dos publicaciones, con el sello de REA Ediciones, y especialmente la compilación Relatos, representan dos esferas en las cuales los personajes de este morador taciturno se mueven: mares de asfalto en los cuales sirenas urbanas exigen mástiles y universos infinitos de sueños donde los sonámbulos se inmiscuyen.

¿Cuál es la diferencia entre el Fernando Contreras que escribió Única Mirando al Mar y el que acaba de publicar el libro de Relatos?

−Es una diferencia no sólo temporal, en el sentido de que son 20 años que han transcurrido, sino que la primera edición de Única Mirando al Mar obedece a una cuestión muy impulsiva, a un deseo por publicar. Actualmente, mi intención es muy distinta, tiene que ver con el hecho de producir un texto con una conciencia distinta, un trabajo infinitamente más exigente, asumiendo el oficio de una manera diferente.

¿Su obra ha cambiado a lo largo de los años o ha evolucionado?

−Diría que ha evolucionado, tanto en la temática como en lo que es estrictamente literario, que vendría a ser el trabajo de la forma.

¿Qué busca cuando escribe?

−Lo que busco es comunicar, poner a circular ideas, en el mejor de los casos discutirlas, hacer una propuesta que ojalá genere una buena conversación. Uno siempre quiere comunicar sus impresiones, su perspectiva, su punto de vista y tal vez el producto de las reflexiones u observaciones. En mi caso, eso siempre ha estado íntimamente ligado a una posición política porque me parece que el arte en general no puede prescindir de esto.

¿Qué lo influencia para hacerlo?

−La influencia inmediata es el medio; esto significa estar atento a lo que está pasando y tratar de tener una lectura crítica del momento.

¿Cómo sabe si escribir una novela, un cuento o un ensayo?

−Es difícil porque la respuesta siempre suena metafórica. En realidad, es el mismo tema el que escoge su forma. Hay temas que exigen una novela y otros un micro relato. Tengo que tener primero la idea, la imagen, para pensar un poco desde donde trabajarla.

¿Un género (por ejemplo, fantasía, terror, policiaco…) afecta al escritor o le da oportunidades?

−Si el escritor está muy apegado a la cuestión de los géneros, lo limita. No es mi caso. Siento que el género es una preocupación de índole, más bien, académica, es un problema de los críticos y no de los escritores. Pero los géneros no son limitaciones, permean entre sí y, muy por el contrario, uno puede tomarse ciertas licencias; por ejemplo, mi novela El tibio recinto de la oscuridad la cual en principio parece estar escrita en verso libre y, sin embargo, es una novela.  En general, se trata de jugar con una mezcla de posibilidades.

¿Cuál es la relación entre autor y lector?

−En principio, debe haber algo que distinga a la Literatura de otras cosas. Creo que la Literatura parte de un principio: el pacto de la verosimilitud. Es decir, yo como lector voy a creer todo lo que el texto me está proponiendo y el texto, a su vez, me va a prometer acercarse a esa otra enorme ficción que llamamos verdad. Si este pacto se respeta, funciona el binomio lector/texto. En ese sentido, la Literatura me propone una transacción pero no una filiación directa ni una obligación como si me lo propondría, eventualmente, la Ciencia. El autor promete ser verosímil y el lector promete creerse lo que diga el texto por lo menos durante lo que dure la lectura; si eso se rompe, no hay relación posible.

¿Cómo se describiría como escritor?

−No tengo pajaritos en la cabeza para hacerlo: creo que el escritor es un actor social más que escoge esa forma para comunicar. Trato de mantenerme rígidamente en eso. Es decir, no creo que el hecho de ser escritor me convierta en una persona ni exótica, ni excéntrica, ni diferente a ningún otro trabajador. Creo que tengo una responsabilidad con la sociedad y trato de cumplirla. No pretendo torres de marfil ni privilegios, nada de ese tipo de cosas.

¿Por qué reescribir Rapa Nui en Relatos?

−Siempre he tenido una obsesión con las islas y, muy en especial, con la Isla de Pascua. Sonambulario está lleno de hipótesis sobre diferentes temas; por ejemplo, qué pasa con las Variaciones Goldberg, la obra de Bach. Trato de dar respuesta a obras o temas que me han obsesionado siempre. Ese cuento lo escribo antes de visitar la Isla de Pascua, entonces había detalles, imprecisiones; después de visitarla, quise retomar el texto y pulirlo. Cualquiera podría decir que es innecesario porque es Literatura pero la exigencia era personal.

¿Cuál fue la intención de escribir un cuento nuevo para la publicación de Relatos?

−El cuento nuevo gira alrededor del Quijote, otra de las obsesiones de mi vida. De alguna manera resume mi tesis de maestría y diferentes artículos, ensayos sobre el personaje de Cervantes. Esta vez quise darle un tratamiento literario y hacerlo calzar con la propuesta del Sonambulario.

La ciudad es parte fundamental de sus historias. ¿Por qué la ha convertido en un personaje?

−Me considero un animal urbano, me siento bien en la ciudad, me comunico, me relaciono bien con ella. No es que el campo no me guste pero mi vida, en general, se desarrolla en un ambiente urbano y trato de ser un observador y narrador de ese ambiente. Entonces, no creo tener esa misma solvencia en temas más bucólicos, rurales.

¿Sus personajes cambiarían si vivieran en la ciudad de hoy? ¿Cómo sería Jerónimo Peor [personaje de la novela Los Peor] caminando por las calles de San José en el 2013?

−A mí me resulta atractiva la idea. Incluso, cuando se ha pensado en una película, yo preferiría desarrollar la historia en una gran ciudad. Lo ideal sería volver a ese mismo personaje con las mismas características en un ambiente como Nueva York o Tokio. Creo que el resultado sería exactamente el mismo en tanto ideas muy antiguas entran en conflicto con una dinámica urbana, o hiperurbana.

¿La Literatura preserva una ciudad o crea nuevas?

−Crea nuevas ciudades necesariamente. Eso es una de las grandes lecciones de Italo Calvino. La Literatura crea ciudades invisibles y las hace visibles.

¿Cuál es la labor de la Literatura en la sociedad?

−Ya Saramago dijo que la Literatura no puede cambiar nada porque de poderlo hacer ya lo habría hecho. Lo que creo es que la Literatura tiene que poner temas a circular y propiciar la conversación. Tal vez de una buena conversación alrededor de un texto literario surjan ideas que sí puedan transformar algo. El Arte, en general, es una especie de receptáculo donde las ideas se combinan y, al final, lo que estamos presentando es una transposición de propuestas, debiendo tener una difusión social que, eventualmente, genere una voluntad de cambio en el mejor de los casos.

Al final, ¿la ficción es ficción?

−Más bien, diría que la realidad es una pequeña parte de la ficción, una precaria parte, porque si existiera tal cosa llamada realidad sería igual para todos. Evidentemente, no lo es. La realidad es una construcción discursiva que necesariamente cae dentro de la categoría de ficción.

¿Un escritor nace o se hace?

−Una manera muy idealista de contestar la pregunta es diciendo que el escritor nace, entonces habría que atribuirlo a una serie de fenómenos, incluso, medio esotéricos de los cuales no tengo muy clara la idea. Prefiero pensar que el escritor se construye, se hace a sí mismo. Tal vez, como lo dice Don Quijote, “el hombre es hijo de sus obras”; prefiero pensar que tengo más control sobre mi trabajo, mi oficio, haciéndome a mí mismo, reconstruyéndome, reinventándome, que sólo por el hecho de haberlo tenido como una condición innata.

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