Sangre de topo

–¿Vende topos? –preguntó de repente la desconocida. Sus ojos vibraban como telaraña vieja y desgarrada, con una arañita en el centro, la pupila.

Pocos clientes vienen a mi pequeña tienda. Por lo regular, solo miran los animales en las jaulas y no compran nada. El espacio es tan angosto que alguien más corpulento no podría siquiera darse la vuelta cuando ranas, lagartijas y gusanos se estiraran hacia él. Maestros vienen a recoger paquetes de variados animales para sus clases de biología; de repente también se aparecen pescadores que revuelven la carnada en las cajas. Pienso cerrar la tienda porque no puedo seguir cubriendo las pérdidas, pero estoy tan acostumbrada a este cuartucho ruin, a la oscuridad y al olor a formol. Lo que voy a extrañar más son las lagartijas con sus ojitos de lenteja. ¿Qué harán con estos bichos tan asustadizos después de las demostraciones? Espero que no los maten…

Cierto día, una mujer entró a la tienda. Era diminuta, encogida como esos últimos montoncitos de nieve al final de la primavera. Se me acercó. En el interior de mi madriguera sus manos blancas lucían como pescados muertos. No me miró, no dijo nada, solo apoyó sus codos en el mostrador. Tal vez no venía a comprar algo, simplemente se había sentido mal en la calle. Se tambaleó, y si no la hubiera agarrado de la mano, seguramente se habría caído de tan flaca que estaba. Callaba. Era muy diferente de los demás clientes.

–¿Vende topos? –preguntó de repente la desconocida. Sus ojos vibraban como telaraña vieja y desgarrada, con una arañita en el centro, la pupila.

–¿Topos? –me detuve. Le contesté que jamás había visto o vendido topos. Pero esa no era la respuesta que quería escuchar. Su mirada quemaba; sus manos se estiraron hacia mí. Yo sabía que no podía ayudarle.

–No tengo –dije.

La mujer suspiró y de pronto se volteó hacia un lado sin decir palabra. Permaneció agachada, luchando desesperadamente por acallar la decepción en sus pasos enmudecidos.

–¡Espere! –grité–. Puede que tenga topos. –No sé por qué lo dije.

Ella se detuvo. Me miró.

–Dicen que la sangre de topo cura –dijo en voz muy baja–. Basta con beber tres gotas.

Me asusté. El sufrimiento horadaba sus ojos.

–Cuando menos frenaría el dolor por un rato… –susurró antes de que su voz se apagara por completo.

–¿Usted es la que está enferma? –pregunté sin pensar que así sólo incrementaría su tortura.

–Mi hijo.

Las arrugas temblaron alrededor de sus párpados transparentes. Aquellas manos consumidas –dos ramas secas– se retiraron del mostrador. Quería consolarla, darle algo, un vaso de agua aunque sea. Su mirada se hundió en el piso; sus hombros estrechos se encogieron aún más dentro del abrigo plomizo.

–¿Quiere agua? –No respondió. Cuando tomó el vaso y dio un sorbo, la telaraña de arrugas finas empezó a temblar más fuerte–. Tranquila, no pasa nada –me apresuré a decir sin saber cómo continuar. Ella se volteó y, encorvada, cojeó hacia la puerta.

–¡Le daré sangre de topo! –grité.

La mujer se detuvo. Una de sus manos se levantó hasta la frente y allí se quedó.

Corrí al cuarto de atrás. No reflexioné en lo que estaba haciendo, tampoco me importaba mentirle. Las lagartijas me observaban en la oscuridad. No había manera de conseguir la sangre. No tenía topos. La mujer esperaba afuera. Su mano tal vez seguía cubriendo sus ojos. Empujé la puerta para que no me viera. Me corté la muñeca con una navaja que siempre guardaba en el cajón con lápices y papel de cartas. La sangre manó lentamente de la herida. No me dolía, pero me daba miedo ver cómo se escurría en el frasco. Se juntó un poco, parecía brasas relucientes. Salí del cuarto trasero y me apresuré hacia la mujer.

–Aquí tiene –dije–. ¡Esta sangre es de topo!

No dijo nada. Clavó los ojos en mi mano, de la cual aún escurrían gotas de sangre. Deslicé mi brazo detrás de la espalda. La mujer me miraba. Callaba. Ni siquiera intentó alzar la mano para tomar el frasco. Se dirigió hacia la puerta. La alcancé y metí a la fuerza el envase de vidrio en su mano.

–¡Es de topo, es de topo!

Tomó el frasco sigilosamente. Dentro la sangre relucía como una llama a punto de extinguirse. Acto seguido, sacó dinero de su andrajosa bolsa de mano que había perdido el color mucho tiempo atrás.

–No, no quiero –dije.

Sin mirarme, la mujer aventó el dinero sobre el mostrador y se dirigió hacia la puerta. Quería acompañarla o al menos ofrecerle más agua antes de que se fuera. Sentí que no me necesitaba, que nadie le hacía falta. Me quedé sola en la tienda. Desde las jaulas, los animales me miraban fijamente, como siempre.

El otoño seguía regando la ciudad con días nublados y hojas amarillas inútiles, todos idénticos entre sí como gemelos. Tendría que cerrar la tienda pronto. Aquella mujer podría volver, aunque probablemente solo se quedaría callada. La sangre de topo no habría salvado a su hijo. A fin de cuentas, le había mentido. Afuera hacía frío. La gente pasaba de prisa ante la vitrina de mi pequeña tienda, solo los niños se detenían un rato para observar a los animales disecados. El frío ahuyentaba a mis clientes.

Una mañana, la puerta se abrió de golpe. Aquella mujer diminuta entró de nuevo a la tienda. Corrió hacia mí. Quise esconderme en el oscuro pasillo de atrás, pero ella me alcanzó. Me abrazó. Estaba muy delgada y ligera. Lloraba. La sostuve para que no se cayera: estaba a punto de desfallecer. De pronto levantó mi mano izquierda. La cicatriz ya había desaparecido. Aun así, ella encontró el lugar y pegó sus labios a mi muñeca; lágrimas mojaron la piel de mi mano y la manga de mi bata azul.

–Ya camina –dijo sollozando y escondió su sonrisa insegura en las palmas de las manos.

Quería darme dinero. Había traído algo en una gran bolsa color café. Me agarraba de la mano y no quería irse. Sentí que había recobrado las fuerzas, que sus pequeños dedos ya no eran tan frágiles ni temblaban. La acompañé a la calle; ella –diminuta y sonriente– se quedó durante un largo rato en la esquina, en medio del frío. Después la calle quedó desierta. Me sentí muy a gusto en la tienda. El viejo y absurdo aliento a formol me pareció muy dulce. Los animales eran preciosos y los amaba como si fueran niños.

Ese mismo día en la tarde, ante el mostrador de mi oscuro cuartucho se paró un hombre alto, encorvado y temeroso.

–¿Tiene sangre de topo? –preguntó. Sus ojos, como clavados en mi cara, no parpadeaban. Su mirada me asustó.

–No tengo. Nunca he vendido topos.

–¡Sí tiene, sí tiene! Mi mujer está muy grave. ¡Solo tres gotas! –luego me agarró la mano izquierda, la levantó por la fuerza y me torció la muñeca.

–¡Tres gotas! Si no, se va a morir.

Mi sangre brotó muy lento de la cortada. El hombre sostenía el frasco, las gotas rodaron despacio hacia el fondo. Luego dejó dinero en el mostrador y se fue.

A la mañana siguiente ante la puerta de mi tienda esperaba una muchedumbre. Todos sujetaban navajas cortas y envases pequeños.

–¡Sangre de topo! ¡Sangre de topo! –gritaban, chillaban, se empujaban entre sí.

Cada uno tenía un dolor en casa y un cuchillo en la mano.

Zdravka Evtimova (1959, Pernik) es escritora y traductora búlgara, docente en la Universidad de Sofía. Sus libros han sido traducidos y publicados en más de veinte países. Por el lenguaje romántico y taciturno de su prosa, Evtimova a menudo es comparada con Kafka, Kundera, Szymborska y Tokarchuk. “Sangre de topo” le trajo a su autora reconocimiento mundial; esta versión directa del búlgaro de Radina Dimitrova, docente de la UNAM y traductor.

 

 

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