Los Libros

Saber leer

La única razón de ser del libro, de los autores y de la escritura en general es que haya lectores.

Se habla en el mundo entero de la crisis del libro impreso, como si lo más importante de esta supuesta y temida “crónica de una muerte anunciada” se centrara tan solo en ese adminículo, creado por un maestro-artesano renano del siglo XV llamado Johannes Gutenberg, quien en 1440 ideó ese objeto que ha revolucionado el mundo entero, hasta el punto de que sin el libro sería imposible pensar siquiera en el advenimiento de la Edad Moderna. Todo lo cual le ha valido a su creador el ser considerado, por no pocos historiadores de la cultura y analistas de la historia universal, como el personaje más importante de los últimos quinientos años. Por estas razones, el homenaje al libro está más que merecido en el mundo entero. Todos le debemos esa maravillosa experiencia que es la lectura y el haber aprendido a leer desde pequeños, gracias a la maestra de primaria en mi caso personal que se mantiene siempre viva en los rincones más queridos de nuestra memoria.

Pero hoy el libro no está solo; tiene rivales tan avasalladores que no pocos opinan, insisto,  que ha llegado el fin del libro impreso. Debido a las maravillas de una tecnología, cuya revolución en el campo de la comunicación no ha hecho sino comenzar, hoy hablamos de un lenguaje virtual. Gracias a Google, se ha creado la biblioteca más fabulosa que ni Borges fue capaz de imaginar…Y todo al alcance de un minúsculo aparato que cabe en la palma de la mano. Pero no hay que asustarse. Al fin y al cabo, el libro no es más que una cosa material, un objeto, un “chunche” como diríamos en el lenguaje coloquial nuestro.  Por eso mis reflexiones, más que enfatizar en el libro, o quien lo gesta (el autor), parten del supuesto de que lo más importante es el lector. Cualquiera que sea el destino futuro del libro y de los autores (pues las máquinas actuales como sofisticadas computadoras pueden  sustituir a los autores… y lo harán cada vez más) hay algo que no puede ser sustituido y ese es el lector. Por ende, lo más importante y la razón de ser del libro es que fomenta la lectura.

La única razón de ser del libro, de los autores y de la escritura en general es que haya lectores. Una lectura inteligente es el mayor homenaje al libro, constituye el más alto premio a que pueda aspirar un autor. Es la razón de ser de uno y otro. Por eso, aprender a leer inteligentemente sigue siendo una tarea impostergable para el fomento de todos los valores culturales. La lectura debe ser un ejercicio de nuestras facultades superiores; de la agudización de la inteligencia y del espíritu sanamente crítico, fuente de erudición y del conocimiento, no solo de la especialidad del lector, sino del acervo en el campo de su cultural general. Una lectura inteligente debe incitar al enamoramiento de los más altos valores éticos, como el altruismo y la solidaridad con las mejores causas de la humanidad. Igualmente, la lectura debe llevarnos a disfrutar de la belleza literaria, de ese arte que consiste en el cultivo de lo bello a través del lenguaje. La lectura es un acto creador al igual que la creación literaria que tipifica al autor. El libro es tan solo el espacio donde se ofrece una posibilidad para hacer de cada lector un creador. El libro es el acontecimiento en el cual nos insertamos como quien participa en un evento artístico, para vivir en otro espacio donde la imaginación construye un mundo, donde la inteligencia avizora horizontes insospechados de lo real, donde brotan ideas y propósitos que cambian nuestras vidas. Cada uno de nosotros, puede decir que su vida cambió a partir del momento en que entró en contacto con tal o cual autor, a partir del momento en que pudo entender tal o cual teoría, a partir del momento en que un libro cayó en sus manos y sus ojos comenzaron a tener una mirada diferente de lo real, a vislumbrar un panorama nuevo.

Para lograr lo anterior, no solo de un libro de autor determinado en una edad específica de nuestra vida, sino cada vez que caiga en nuestras manos un libro valioso o un autor inteligente, es necesario que nuestra lectura sea igualmente inteligente. Pero los niveles de comprensión de un libro se asemejan a los niveles o capas de la corteza terrestre. Para entender eso, debemos partir del reconocimiento de una verdad de Perogrullo, a saber, que un libro es un texto, un conjunto de palabras; y las palabras no son más que símbolos originalmente sonoros, pero que luego fueron convertidos en signos gráficos. Pero todo símbolo posee una característica: es polisémico, es decir, susceptible de recibir distintos significados. Al lector corresponde dar énfasis en cada uno de esos significados, o dejando algunos de lado. Pero la lectura de una misma obra cambia según sea la circunstancia existencial (edad, estudios, estado de ánimo, intereses, etc.) que cada uno de nosotros tenga, de modo que un mismo libro dice al mismo lector cosas muy disímiles según sean las circunstancias que lo rodeen en su lectura. Por eso hay libros que consideramos de cabecera; de ahí que nunca terminamos de leer aunque lleguemos una y otra vez a la última línea; siempre volvemos sobre ellos, porque siempre tienen algo nuevo que decirnos; se da una especie de complicidad entre el lector y el autor, que hace que nuestra lectura se convierta en un diálogo vivo, una cita permanente con el maestro en la que siempre se aprende algo nuevo, aun si con el tiempo asumimos una actitud polémica frente al autor por diversas razones.

Lo dicho enfatiza tan solo en el aspecto subjetivo o intimista de la lectura. Sin embargo, un libro es un texto al cual hay que darle, para su recta y enriquecedora utilidad, un enfoque  objetivo que ponga de manifiesto su propia verdad que va más allá de la subjetividad del lector. Como todo texto, un libro se compone de palabras que poseen su historia y su significado (etimología); incluso las ciencias y saberes específicos poseen de una significación técnica. Las cosas se complican aún más cuando de traducciones se trata, pues las palabras en cada idioma tienen una connotación que proviene de las tradiciones e historia del pueblo, que configura la sensibilidad colectiva y el acervo cultural de la  comunidad hablante. Por eso, el primer paso para lograr una lectura placentera y provechosa es tener al lado un diccionario. Eso nos suministra, no solo la comprensión de un texto, sino el enriquecimiento del idioma y, con ello, de nuestra inteligencia en tanto facultad de pensar; porque las palabras son algo más que vehículos trasmisores de ideas, sentimientos, frustraciones y sueños de su autor.

El conocimiento del contexto histórico y existencial en que los textos fueron redactados nos suministra elementos indispensables, en vistas de una justa valoración de su sentido actual más allá de su significación original. Lo cual resulta imprescindible cuando de comprender escritos de otras épocas o culturas se trata. La circunstancia subjetiva (existencial) y la circunstancia objetiva (contexto histórico), nos hacen factible un diálogo fecundo entre autor y lector; por lo que poco importa si lo que tenemos ante los ojos es un libro impreso o un texto en Internet. Lo importante es que tengamos  una mirada inteligente y un corazón sensible. Porque, en última instancia, si existe el libro y existe el autor es porque existe el lector.

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