Literatura centroamericana

Hay algo que está claro, los escritores centroamericanos contemporáneos escriben con mayor desenfado, menos pretensión de trascendencia, apartados de la novela social con

Hay algo que está claro, los escritores centroamericanos contemporáneos escriben con mayor desenfado, menos pretensión de trascendencia, apartados de la novela social con resabios de naturalismo realista y de la novela intimista con tintes de psicologismo postromántico.

La tendencia general en la narrativa contemporánea latinoamericana es sobrevivir a los inefables gigantes del “boom”. En ese esfuerzo, dos subgéneros predominan: la novela histórica, la nueva y la tradicional y la del desencanto, que algunos han llamado realismo sucio, con influencia de escritores anglos, del lenguaje cinematográfico, del habla popular y del discurso homogenizador de los medios masivos de entretenimiento. La narrativa actual centroamericana está muy activa y el interés de estudiosos en Europa y Estados Unidos es creciente. Ya no solo como un fenómeno o una creación exótica, sino por las posibilidades de aporte que puede tener. Algunos de los autores que destacan son: los guatemaltecos Adolfo Méndez Vides con Las Murallas y Franz Galich con Managua, Salsa City: Devórame otra vez; los salvadoreños Jacinta Escudos y Horacio Castellanos Moya; los nicaragüenses Sergio Ramírez y Julio Valle Castillo; los hondureños Roberto Castillo y Julio Escoto; los costarricenses Tatiana Lobo y Oscar Nuñez; y las panameñas Gloria Guardia y Rosa María Britton. Todos ellos entre muchos otros. En sus voces, temas, estilos y géneros, la literatura centroamericana parece ponerse al día con la del resto de Latinoamérica. Desprovista de engañosas certezas, con humor irónico y a veces ácido, la nueva narrativa del istmo tiene la cualidad de sustentarse en una realidad de diversa y agitada.

HISTORIA Y DESENCANTO A partir de procesos muy dolorosos, como ocurrió en Chile, por ejemplo, con la dictadura de Pinochet, surge un desarrollo literario importante, donde la necesidad de volver a identificarse en los textos vuelca a los narradores a escribir historias, simples y directas, sin afanes trascendentales, sin mayor experimentación estética, sino con el sincero interés de contar una historia. Es posible que por eso mismo, las novelas contemporáneas sean fácilmente clasificadas cercanas al género negro, corriente que nació y se destacó en Estados Unidos en los años 20 y 30 del siglo pasado, justamente como consecuencia de procesos sociales muy fuertes. Esta narrativa del desencanto, surgida en una Centroamérica que padeció durante décadas las guerras de liberación por una sociedad más justa y finalmente fue castigada con dolor, cadáveres, traiciones y mayores injusticias, es la perfecta antiutopía. Griegamente trágicos, los personajes sufren en una sociedad de supervivencia, como castigo por haber retado al Olimpo, pero la decadencia nos es extraña, ni penosa, sino más bien una forma de vida. Este realismo nada tiene de mágico y sí mucho de sucio. Los grandes hechos asombrosos, que rememoraba un testigo de memoria portentosa, son sustituidos por una realidad aún más asombrosa, la de los excluidos, que apenas necesita unas pocas horas de desarrollo de la acción para echar un vistazo a un entorno decadente. Pero la otra vertiente es la novela histórica, que, de alguna forma, intenta identificar claves embrionarias de la sociedad actual. Pero toma la historia con una grado también de desenfado. Indaga procesos con una afán desmitificador. Pone en momentos trascendentales a personajes comunes, que a la larga resultan los verdaderos héroes, por el simple hecho de haber sobrevivido o de haber vivido esos momentos. Desde la óptica de estos personajes simples releemos las acontecimientos narrados con una posibilidad de cercanía y desencanto al mismo tiempo. No olvidar el pasado y tampoco desatender los signos cotidianos de la sociedad contemporánea, son el interés que prima en la narrativa actual, la cual no parece ofrecer soluciones, sino lanzar más preguntas. Como efecto de la apabuyante industria del entretenimiento masivo, las sociedades desinformadas de nuestros países buscan más su realidad en la literatura que en el discurso masificador de los medios de comunicación. El deporte convertido en espectáculo, el espectáculo en noticia y la noticia en una parodia, constituyen la receta con que se nutre la mayoría de la población, cuyos procesos de identidad fragmentada y endeble tienden a asimilar con facilidad nuevos giros lingüísticos con lo cual borran en su propio decir los sentidos de pertenencia. De esa amalgama de desencanto, frustración, anonadamiento y enajenación, surge una literatura que, por una lado quiere dar cuenta de lo que está pasando y por el otro vuelve a leer su historia desde la llanura. Sin esencialismos, muestra una sociedad decadente que desde su lenta agonía echa mano de todos los recursos posibles para reinventarse cada día, pero evidencia, a la vez, que esto no es un proceso nuevo, más bien el sino de un pueblo que resiste.

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