Los Libros

La revolución de Marcel Proust  

“Proust es un Stendhal elevado a la quinta potencia. Pero más genial y mucho más profundo, con la máxima profundidad que se puede alcanzar en el análisis”.  

La filosofía del pasado siglo quiso dejar a un lado el conocimiento, que, durante la influencia positivista quedó en la sombra. Pero el problema debe retornar, constituye toda la metafísica.

Siempre habrá una teoría del conocimiento, porque hay un Universo que el hombre necesita conocer. Haeckel dijo que en el Universo no había enigmas, pero el creer en la unidad de la substancia y en su manifestación mediante dos esencias opuestas, el éter móvil y la materia inerte ¿no implica el reconocimiento de que en el mundo hay enigmas y la afirmación tácita de la necesidad de la metafísica?

Todo es enigma. El hombre lo es para sí mismo. Durante décadas creyose que la ciencia lo explicaría todo. Hoy sabemos que el poder de la ciencia es limitado; y que cuando ella se eleva desde el hecho a la generalización y a la hipótesis trascendental, deja de ser ciencia para convertirse en metafísica.

Así como la escritura de Proust buscó en las profundidades del ser, William James ahondó en los mundos del subconsciente.

Pero la filosofía moderna no se ocupa de la materia cognoscible, sino de los órganos del conocimiento y de su valor. Estudia al hombre para deducir su capacidad de conocer algo de los grandes problemas. Estudia al no-yo, la naturaleza, las fuerzas de la naturaleza. Recientes hipótesis y descubrimientos científicos muestran la relación entre el ser humano y las fuerzas sobrenaturales.

Nuestra alma no está aislada. Vínculos misteriosos, aún no conocidos, nos unen a las cosas y a las otras almas. La fórmula de Protágoras —»el hombre es la medida de todas las cosas»— ya no podría ser sostenida por causa de su excesivo subjetivismo. De las comprobaciones de Einstein se desprende una nueva entrada en escena del objeto. La naturaleza adquiere un valor excepcional y obligará a los filósofos a no mirar el mundo desde el solo punto de vista del hombre, como lo hizo Kant.

El análisis de los órganos del conocimiento para juzgar de su valor no fue nunca novedad. Platón dejó observaciones sobre la capacidad del hombre para conocer. Hasta hoy los órganos del conocimiento fueron dos: la inteligencia o razón y los sentidos. Los filósofos, según diesen mayor importancia a uno u otro, fueron idealistas y espiritualistas, o sensualistas y materialistas. Descartes no reconoció otro órgano del conocimiento que la inteligencia; Locke solo creía en la sensación. Kant intentó demostrar la incapacidad de la inteligencia para conocer. Durante el siglo XIX la influencia de Kant fue absoluta: se ejerció hasta en el positivismo, que le era adverso. Muy anteriormente, hubo el paréntesis de Pascal, que agregaba el corazón —la fe— a los órganos del conocimiento. Pero Pascal no separaba la razón del corazón, al que consideraba como una razón más concreta, algo que apoyaba y daba fuerza a los razonamientos.

A fines del siglo pasado, William James revolucionó la filosofía con sus análisis de los estados subconscientes. Cualquier idea que tengamos sobre el pragmatismo. No es posible negar la importancia del reconocimiento del yo subliminal. James, espíritu práctico, moralista más que filósofo, voluntarista e incluso escéptico, no dio valor nosciológico al subconsciente. Lo hizo Bergson, que llamó «intuición» a las operaciones de la subconciencia y demostró el poder creador del instinto.

En los últimos años, el valor de lo subconsciente ha crecido de modo inusitado. Freud reveló que había en el hombre una forma de vida que ignoraba. Freud enseña que la vida subconsciente es tan poderosa como la de la inteligencia, y que existe entre los hombres, y entre ellos y las cosas, relaciones profundas. Cuando se llegue a dominar el secreto de lo subconsciente, el hombre se hallará en posesión de un poderoso órgano de conocimiento.

No solo esto hará superar las deducciones de los filósofos. Creo que la inteligencia y los sentidos se irán perfeccionando, afinando y sensibilizando hasta adquirir un real valor epistemológico. Desde el primer hombre la inteligencia ha ido progresando, y las modernas comprobaciones científicas suministran al ser humano enormes recursos de engrandecimiento mental. ¿No es lícito prever que dentro de quinientos años el hombre, armado con las adquisiciones de las ciencias, agudizará hasta lo increíble su inteligencia y, ayudado por sus invenciones, llegará a conocer con evidencia algunos de los problemas filosóficos fundamentales?

Y también se perfeccionarán los sentidos y la intuición. La literatura y el arte modernos revelan que el perfeccionamiento ha comenzado. Esta revelación maravillosa nos la da Marcel Proust.

 LA REVELACIÓN

Desde los griegos y romanos, que no veían matices en el alma, hasta Proust, hay recorrido un camino como de centenares de siglos, Después de Proust, sabemos sobre el hombre mucho más que antes. Cierto que el conocimiento de nuestra psiquis avanzó mucho por los libros de los místicos, y en especial los de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz. Pero todo lo que vino después —escritores del siglo XVIII, tratadistas de Psicología, Stendhal, Dostoievski— no significó un progreso excepcional. En la literatura, sin embargo, el análisis pareció haber alcanzado con Stendhal el límite de las posibilidades.

Y la tragedia maeterlinckiana, emparentada con la obra de William James, había revelado cómo dentro de nosotros llevamos un mundo, hasta pocos años atrás desconocido: el de los presentimientos, las intuiciones, la vida subconsciente.

Marcel Proust superó a todos los reveladores de la psiquis y la sensibilidad humanas. Su aparición tiene tanta importancia como la de Shakespeare o la de Goethe, o mayor. Su obra es una poderosa y singular creación.

Más que novelista es autor de memorias. Disfraza apenas las cosas y da a sus recuerdos una vaga forma novelesca. En sus libros nada ocurre. Carecen de dramatismo y desarrollo. No hay en ellos composición ni orden. Su desorden es el orden de la vida creadora: un recuerdo surge en medio de un estado de ánimo y engendra otro recuerdo, que tal vez ocupe muchas páginas. Ningún plan. Todo imprevisto, como en la vida.

Tampoco reconstruye ambientes ni pinta caracteres ni evoca el existir cotidiano. A sus personajes no los vemos moverse, ni vivir. Solo cuando hemos leído un volumen o dos, los actores se destacan con una riqueza de vida interior no sospechada hasta entonces. No conocemos con tanta hondura a ningún ser real, amigo o pariente, como a los personajes de Proust. No podríamos saber de ellos cuanto sabemos de Swann o de la duquesa de Guermantes.

Ausencia de preocupación literaria: dijérase que escribió con el fin de aglomerar materiales para sus libros. Inmenso almacén de materias primas literarias, el más vasto y repleto que ha existido. Todo esto no significa que su obra no esté realizada: lo está, pero de un modo desconocido hasta entonces. Los libros de Baroja son notas para futuros libros: los de Proust son verdaderos libros, bien trabajados y completos. No los concibo sino como son. Si Proust los hubiera abreviado y ordenado a la manera tradicional, no tendrían la novedad, ni el tono, ni el valor que tienen.

La falta de preocupación retórica no impide que en cada página encontremos magníficas e inéditas bellezas, como cierta descripción de la lluvia que empieza así.

Pero el interés de Proust y su valor excepcional reside en la cantidad de maravillosas anotaciones psicológicas y de los pormenores nuevos y profundos que ve en los seres y en las cosas. Es un psicólogo que analiza con asombrosa prolijidad los caracteres y los estados de ánimo: incluso las cosas, tanto en sí mismas como en su influencia sobre las almas. Con igual minucia se encarniza en un recuerdo, en el espíritu de un paisaje o de un cuarto. No olvido la página sobre el olor del cuarto de la tía Leoncia. No trata un tema sin analizarlo, agotando lo que de él pudiera decirse: no lo abandona sino cuando ya no da más de sí. Se detiene en páginas y páginas en el hecho menos dramático y, en apariencia, menos interesante.«Un golpecito en el vidrio, como si alguna cosa lo hubiese atropellado, seguido de una amplia caída ligera como de granos de arena…»

Stendhal es un antecesor suyo. En El Rojo y el Negro abundan los trozos de exclusivo análisis, muy extensos y en los que la acción no avanza, trozos estáticos, sin estilo, y cuyo valor consiste en la cantidad y excelencia de las anotaciones psicológicas. Las anotaciones de Proust son de igual carácter que las de Stendhal. He ahí algunas: «Ella ensayó admirar al Embajador para poder alabarle con sinceridad»; «Uno se vuelve moral desde que es desgraciado»; «Swann, antes que ella le dejase caer, como a su pesar, sobre sus labios, la retuvo un instante, a alguna distancia, entre sus dos manos. Ni había querido dejar a su pensamiento el tiempo de acudir, de reconocer el ensueño que había tan largo tiempo acariciado y de asistir a su realización». Proust es un Stendhal elevado a la quinta potencia. Pero más genial; y mucho más profundo, con la máxima profundidad que se puede alcanzar en el análisis.

El contenido filosófico de la obra de Proust no interesa menos que su valor literario. En el fondo, es un relativista, y, tal vez sin saberlo, un renovador, en la literatura y en forma ejemplar, no sistemática, del fenomenismo de Hume. Como el inglés, que no reconocía sino sucesiones de fenómenos, en Proust todo —el alma, el amor, por ejemplo— no son sino sucesiones de estados de ánimo, de momentos. Hume negaba la unidad del ser humano. Proust lo mismo, recordemos el amor de Swann hacia Odette.

EL AMOR EN TODA SU DIMENSIÓN

No es, como cree Ortega y Gasset, un relato que contiene «puntos de sensualidad cálida, pigmentos morados de recelo, pardos de hábitos, grises de cansancio vital» y en el que «lo único que no hay es amor». Lo que ocurre es que Proust, por primera vez en el mundo, ha pintado al amor como es.

El clasicismo lo impuso como una unidad clara y definida. El romanticismo, incapaz de ver la realidad y cómplice de la ilusión sentimental, no podía reaccionar contra el viejo concepto; y a los naturalistas, su poco interés por lo psicológico les vedaba el comprender la verdad. Proust mostró cómo en el amor entran numerosos elementos que no son amor: egoísmo, vanidad, cobardía, piedad, vicio, hastío, hábito, generosidad, desilusión y otras cosas, inclusive amor.

El concepto unitario del amor, como el de otra pasión cualquiera, es falso y teatral. Frente al clasicismo y a lo que de él persiste en la vida y en la literatura, Proust levanta el concepto de lo múltiple y heterogéneo, de la sucesión de fenómenos. Ha escrito: «Lo que creemos de nuestro amor, nuestros celos, no es una misma pasión continua, indivisible. Se compone de una infinidad de amores sucesivos, de celos diferentes, y que son efímeros; pero por su multitud ininterrumpida dan la impresión de la continuidad, la ilusión de la unidad.»

En su libro sobre Dostoievski, Gide observa que el novelista ruso trata a sus personajes prescindiendo de la continuidad de la línea. Pero esto nada tiene que ver con el modo como Proust ve los hombres y las cosas. En Dostoievski los personajes son inconsecuentes, pero sus almas tienen unidad. En las novelas occidentales, la unidad está formada por la moral, las normas sociales, la disciplina y otros productos de la civilización.

Los personajes de Dostoievski —caprichosos, histéricos, salvajes, anárquicos, románticos— tienen la unidad de los primitivos y los bárbaros. El gran ruso, cuyo espíritu mantuvo unidad en medio de sus contradicciones, retrató a sus personajes no muy diferentemente de como era él mismo. La falta de unidad en los personajes de Proust deriva de un exceso de civilización: en los de Dostoievski, en un exceso de barbarie. En cierto sentido son, pues, contrarios. Dostoievski, con más genio que casi todos sus predecesores en la novela, ve al hombre como esos predecesores. Proust lo ve de una manera totalmente nueva: como una sucesión de momentos.

Podría objetarse que el «recuerdo» da unidad a los personajes de Proust. El gran escritor, en efecto, mezcla el recuerdo y la realidad incesantemente, como en el cinematógrafo, y de tal manera que el lector, muchas veces, debe esforzarse en distinguir lo que pertenece al presente y lo que pertenece al pasado. Esto es psicológicamente verdadero: cada momento actual contiene todo nuestro pasado. Pero esta verdad no es argumento en favor de la unidad del ser humano.

Precisamente «de esta supervivencia del pasado —dice Bergson— surge la imposibilidad de que una conciencia pase dos veces por un mismo estado». El filósofo de la evolución creadora afirma, luego, en el mismo libro, refiriéndose a nuestro estado de conciencia considerado como un momento de una historia que va desarrollándose: «es simple, y no puede haber sido antes percibido, desde que concentra en sí todo lo ya percibido y, además, lo que el presente le agrega: es un momento original de una historia no menos original».

Ni la persistencia del recuerdo prueba la unidad del ser humano, ni la diversidad de cada estado de conciencia prueba su falta de unidad.

Para el conocimiento del ser humano, la obra de Proust es, por consiguiente, de un valor único. Jamás las almas fueron analizadas con tanta profundidad. Proust poseyó unos sentidos extraordinarios. Sus ojos vieron lo que nadie vería ni vio nunca; sus oídos oyeron lo que nadie puede oír ni oyó jamás. No es un miope, que se acerca demasiado a las cosas, como lo considera Ortega y Gasset. Lo imagino con un microscopio en cada ojo, de manera que puede advertir lo infinitamente pequeño, ya en el orden espiritual, ya en las cosas materiales. Su sensibilidad es de una sutileza que nadie hubiera nunca podido suponer. Posee una aptitud milagrosa para descomponer las cosas, las almas y los momentos; para dividir, cortar, separar, unir. Es un misterioso alquimista espiritual.

El valor del hombre, en cuanto a su capacidad intelectual y sensible, ha aumentado después de Proust. El horizonte de nuestras limitaciones está ahora un poco más lejos. Proust nos ha hecho saber que podemos mucho más de lo que creíamos poder. Su obra autoriza de nuevo a preguntar: ¿llegará el hombre a una agudización de la inteligencia y los sentidos mayor que la actual, y al dominio de lo que hoy llamamos subconsciente y que podría no serlo mañana?

Bergson, preconizando una filosofía que se propusiese la investigación orientada en el mismo sentido que el arte y que tomase por objeto a la vida en general, dice: «la intuición podría alcanzar lo que hay de insuficiente en los datos de la inteligencia y dejarnos entrever la manera de completarlos».

La naturaleza, no tratándose de monstruos, no produce nada individual ni absolutamente aislado. Si produjo una sensibilidad como la de Proust, ¿por qué no ha de producir otras? Lo que hoy es una rareza, tal vez dentro de cien años no lo sea. La sensibilidad humana ha progresado extraordinariamente por la obra de los artistas. Recordemos el moderno sentido del paisaje. Del fenomenismo de Proust se desprende una filosofía optimista, pues demuestra el posible y constante crecimiento de la inteligencia humana, de todas las aptitudes intelectuales del hombre.

Todavía el hombre no ha llegado a saber mucho de sí mismo, y sus capacidades son limitadas. Pero ya va

 Los esfuerzos del hombre van creando un nuevo grado de realidad. Ya no podemos afirmar que el ser humano se limita a continuar el movimiento de la naturaleza, como tampoco que el mundo sensible no tenga realidad sino en el hombre mismo. El mundo sensible, poderoso, ciertamente, no impide el poder del hombre, que cada día irá notando el crecimiento de sus capacidades. tomando posesión de su ser, conociendo sus fuerzas, descubriendo nuevos reinos interiores, como el subconsciente, y dominando la naturaleza y la vida por medio de la ciencia. Tal vez —repitámoslo— dentro de doscientos, de quinientos años, el hombre, mediante sus propios sentidos y los instrumentos científicos que haya inventado, llegue a ver, a oír, a sentir, a intuir, a presentir lo que hoy parece imposible de ser oído, visto, sentido, intuído y presentido.

No creo, como cree William James, que el progreso de la ciencia agrande el mundo material y disminuya la importancia del hombre, pues si el no-yo cobra una extensión cada día mayor, es evidente que también el yo se enriquece. El hombre y el mundo sensible están frente a frente, pero no aislados sino unidos.

Están unidos por hilos misteriosos, ignorados todavía en gran parte, pero que el hombre, progresivamente, irá conociendo. La obra de Einstein en la ciencia, la de Freud en la psicología y la de Proust en la literatura, son revelaciones sobre algunos de aquellos misteriosos hilos.

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