Los Libros

La historia del libro

El infinito en un junco Irene Vallejo Ensayo Editorial Siruela 2019

Irene Vallejo es una escritora y filóloga española que ha convertido un ensayo sobre la historia de la escritura y los libros en uno de los mayores éxitos editoriales recientes en el mundo de habla hispana. Junto con numerosos reconocimientos, El infinito en un junco/ La invención de los libros en el mundo antiguo (Siruela, 2019) ha sido objetivo de múltiples ediciones y traducidos a diversas lenguas. ¿Por qué el éxito de esta obra? Grandes virtudes deben tener un texto que, como ella misma lo reconoce, le consumió infinitas horas en bibliotecas escudriñando textos antiguos para ofrecernos este erudito estudio. Vallejo (Zaragoza, 1979) es autora de otras obras como las novelas La luz sepultada y El silbido del arquero.

El Infinito en un junco es un texto sobre un ejercicio que ha acompañado a las personas en los últimos cinco mil años, cuando empezamos a dejar constancia gráfica de nuestro paso por la tierra. Y es que, ¿quién en la vida no ha tenido un libro en sus manos? Pero, ¿se ha preguntado usted dónde y cómo se originó ese pequeño artefacto al que acaso algunas veces no le damos todo el valor que merece? Un objeto imprescindible que ha evolucionado de manera paralela al devenir de nuestra civilización. Hasta el surgimiento de un invento tan reciente como es la Internet, el libro fue el instrumento fundamental para conservar la memoria de la especie humana en el campo de la ciencia, el arte, la historia y la literatura. Ha guardado los anhelos y sinsabores, los triunfos y las derrotas, de lo que hemos sido como humanidad.

Citado por Vallejo, Umberto Eco decía que el libro pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. “Una vez inventados –subraya-, no se puede hacer nada mejor.” El libro, tal y como lo conocemos hoy, ha superado la prueba del tiempo. Sigue vivo. ¿Por cuánto tiempo más? No sabemos. Añade la escritora: “Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí,” como si fuera el dinosaurio de Augusto Monterroso. Jorge Luis Borges decía que no podía imaginar la vida sin el libro, que “no es menos íntimo para mí que las manos o que los ojos”.

La autora indaga sobre el origen de la escritura en la antigua Mesopotamia, cuna de nuestra cultura, y el desarrollo del libro, desde los más más remotos impresos hasta llegar a convertirse en una herramienta clave en nuestros días, que llegó para preservar las expresiones orales milenios después de que nuestros antepasados empezaron a balbucear algunas palabras urgidos por comunicarse entre los diversos grupos o clanes.

Siglos después, surgió la palabra impresa, como diría Borges, “sucedáneo” de la oralidad. No siempre existió el verbo. La palabra es parte de nuestra milenaria evolución. Es posible que el jefe del clan o el chamán, al calor de la hoguera, reuniera a su grupo para contar historias, para narrar las experiencias del día, acaso no como realmente sucedieron, sino como él las vio, como las vivió o como quiso o pudo narrarlas. Era el génesis de la escritura de ficción, una necesidad primitiva que, milenos después, nos sigue fascinando.

“Animales muy parecidos a los humanos modernos aparecieron por primera vez hace 2,5 millones de años –dice Vallejo-. Hace 300.000 años, nuestros antepasados domesticaron el fuego. Hace 100.000 años, la especie humana conquistó la palabra. Entre el año 3500 y 3000 a. C. bajo el sol abrasador de Mesopotamia, algunos genios sumerios anónimos trazaron sobre el barro los primeros signos que, superando las barreras temporales y espaciales de la voz, lograron dejar huella duradera del lenguaje.”

Añade: “Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a sus relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños (…).  De alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forjó una cadena invisible de gente –hombres y mujeres- que, sin conocerse, ha salvado el tesoro de los relatos, sueños y pensamientos a lo largo del tiempo.”

Somos herederos de aquellos primeros relatos orales, de aquellos genios anónimos, de aquellos sumerios que pudieron registrar en signos expresiones orales. Posiblemente, un paso tan esencial como fue la conquista del fuego, que hizo posible, o más llevadera, la vida en las más ásperas e inimaginables condiciones para quienes ahora habitamos este planeta. Nunca sabremos tampoco dónde surgió y quién tuvo la genialidad, ni quién fue aquel pariente lejano que dejó un primer registro impreso de su paso por la vida.

La historia nos muestra que la vida humana es un continuum, con aportes anónimos de las más variadas culturas de las más diversas regiones, para llegar al periodo en que nos encontramos, en un mundo permanentemente intercomunicado. Un espíritu inquieto que nunca estará satisfecho con lo logrado, que no deja de soñar con alcanzar las estrellas. Una especie compleja, bondadosa y cruel, a la vez. Eso hemos sido y eso somos.

Vallejo nos habla de aquellas tablillas donde se registraron los primeros textos, que dieron paso a los papiros, a las grandes y míticas bibliotecas de la antigüedad como la de Alejandría, la lucha por preservar la palabra escrita, la memoria histórica, de creadores en todos los campos del saber, de los imperios y de los emperadores. En este largo viaje desde la antigua Mesopotamia, la autora nos conduce al imperio de los Ptolomeo, en Egipto, a la Grecia y Roma clásica, con sus pensadores, sus filósofos, sus artistas, a las bibliotecas y las disputas imperiales.

Somos los herederos de una larga tradición que se ha ido engrandeciendo siglo tras siglos hasta llegar a consolidar un popular objeto que ahora conocemos como libro, al alcance de todos, tras superar arduas pruebas, persecuciones e intentos de borrar la historia cuando le era desfavorable al gobernante, a dictadores iluminados, sea este Hitler en Alemania o Mao en China. Dictadores que aspiraban a ver aquellos objetos abrasados en hogueras, como si fuera la distopía de Ray Bradbury, Fahrenheit 451.

“En el año 213 a. C. –subraya Vallejo-, cuando un grupo de griegos intentaban reunir la totalidad de los libros en Alejandría (…), el emperador chino Shi Huandi ordenó que se quemasen todos los libros de su reino (…). Quería que la historia comenzase con él.” Pero el ejemplo no es único en la antigüedad. Cuando Alejandro Magno, en sus sueños imperiales, ocupó la ciudad de Persépolis y le prendió fuego, ardieron los ejemplares del libro sagrado del zoroastrismo (una antigua religión): “Sus fieles lo reconstruyeron gracias a que lo recordaban palabra por palabra”, advierte la autora.

La obra de célebres pensadores y de creadores, pudo llegar hasta nuestros días gracias al trabajo paciente y agotador de personas que supieron guardar ese legado, juntando letra por letra, palabra por palabra, frase por frase, para construir un párrafo, un capítulo para, finalmente, dar vida a un libro, antes de la invención de la imprenta (1450). Una ardua proeza. Inútil preguntarnos, ¿podríamos imaginar a la humanidad sin ese invento llamado libro?

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