Los Libros

Guerra y paz: patrimonio de la humanidad

“Si yo no fuera yo y fuera apuesto y fuera uno de los hombres más espirituales del mundo y fuera libre, te pediría la mano para casarme contigo.”

Una página, luego otra y otra más. De pronto se ha abierto una ventana a un lugar distante, a un tiempo remoto. Estamos en los salones de la gran nobleza rusa a inicios del siglo XIX, más precisamente, en julio de 1805. Mujeres hermosísimas se exhiben ante jóvenes apuestos que compiten por ellas. Príncipes, condes, se mueven con soltura en un ambiente de lujos y placeres, un ambiente frívolo en el que nacen pasiones, amores y rivalidades. Lejos, muy lejos, el ejército más poderoso de la Tierra está por penetrar el territorio del Zar.

De las distintas formas que tenemos para viajar al pasado, la literatura, la novela, es acaso la que nos sumerge con mayor intensidad en el tiempo perdido, recobrado por las palabras, por las imágenes, un tiempo decisivo en la historia de Europa. Lo que se nos cuenta ocurrió entre 1805 y 1813, entre una batalla y otra, entre un amor y otro, entre una muerte y otra, entre una resurrección y otra. Y nos lo cuenta un genio, León Tolstói, que en 1869 terminó de publicar Guerra y paz, una de las mejores novelas que se haya escrito nunca. 

Más de medio siglo pasó entre aquellos acontecimientos determinantes para la vida rusa y el nacimiento de una ficción monumental, donde las pasiones individuales conviven con batallas épicas en las que cientos de miles de hombres se enfrentan, ya sea para defender un territorio, ya sea para conquistarlo.

A diferencia del historiador que pretende encontrar la objetividad y explicar las causas de una guerra, la política de un imperio, las tensiones comerciales o la mentalidad de una época, un novelista busca al individuo. 

 Al inicio de Guerra y paz cuesta identificar un solo personaje a quien seguirle la pista para descubrir su vida y sus tribulaciones. Aparecen muchos. Hombres, mujeres, niños. Se nos dan detalles de la familia de uno y de otro, su linaje; también se evidencian las jerarquías dentro de la nobleza, se describe el aspecto físico de una princesa, su sensibilidad, en la acción se muestra el temperamento impulsivo de un conde. Aquellos salones en los que se pactan matrimonios y negocios son el gran mundo, uno que mucho admira a Occidente. 

Entre una conversación y otra alguien habla de la guerra, el miedo apenas se enuncia. Tolstói es un mago en la administración de la información que le brinda al lector, su truco está ahí, en lo que oculta en cada episodio, en lo que no dice; que es aquello que nos mantiene expectantes a lo largo de toda la novela, porque no sabemos si se realizará o no un duelo, si en ese duelo uno de los combatientes morirá o no, si se consumará o no una infidelidad, y así. 

Tolstói, a pesar de la diferencia de costumbres entre su época y la nuestra, nos agarra y no nos suelta. La belleza de su obra está sostenida en una arquitectura perfecta. Toda la narración está controlada, a él no se le escapa el más mínimo detalle, ni una carta dejada sin leer sobre una mesa ni un perrito que anda suelto entre los soldados. Él sabe el destino de cada hilo narrativo, sus cruces, suspensiones y reanudaciones; eso sí, a nosotros nos los va diciendo muy poco a poco.

Con la lectura pasan las páginas y los tiempos de la paz, que son los tiempos de los amores, se alternan con los tiempos de la guerra, que son los tiempos del avance hacia Moscú de la Gran Armada de Napoleón Bonaparte. 

Andrés Bolkonski se ha ido al campo de batalla, Austerlitz, y nos sorprende con una declaración tremenda: “La guerra no es como yo la imaginaba.” Aquello es un desorden, una carnicería con tiempos muertos, incomodidad, aburrimiento y después, ataques y contrataques que no se entienden, estrategias que solo conocen en su totalidad los comandantes en jefe de ejércitos imperiales, poderosos y crueles. 

El narrador que crea Tolstói también maneja la información completa sobre aquella totalidad. A pesar de eso, no es desde esa perspectiva que cuenta la novela. Él lo sabe todo y, sin embargo, la historia no habla más de lo que saben los personajes de cada capítulo. Lo que saben en su presente. Entonces, comenzamos a descubrir quiénes son ellos, esas personas que vivieron en Rusia en los años de la invasión napoleónica. Esa es la diferencia con el historiador, al novelista le interesa contarnos la vida de esos individuos en aquel contexto de guerra y no la guerra en sí misma.

Los personajes

Napoleón importa porque también él es un personaje y porque sus actos dentro de la ficción alteran la vida de Andrés y María Bolkonski, de Nicolás y Natacha Rostov, de Anatolio y Elena Kuraguin; la vida de Kutúzov, el brillante Comandante en Jefe del Ejército Ruso. ¡Y claro!, la vida de Pedro Bezukhov, el verdadero héroe de esta novela.

“Si yo no fuera yo y fuera apuesto y fuera uno de los hombres más espirituales del mundo y fuera libre, te pediría la mano para casarme contigo.”

Le declara, con sensibilidad maravillosa, Pedro a Natacha Rostov cuando ella estaba triste y sufría una crisis emocional por la revelación de un triángulo amoroso en el que se vio involucrada junto a su prometido Andrés Bolkonski y a Anatolio Kuraguin, un don Juan que se la quería robar.

Andrés se fue a la guerra para alejarse de la traición, Anatolio huyó porque lo iban a matar. Natacha se quedó en la casa de sus padres recuperándose del mal de amores. María vivía sometida a la voluntad de su padre, un viejo príncipe cuya hacienda se encontraba en el camino de la guerra. Nicolás Rostov, el hermano de Natacha, ocupaba un alto puesto en las tropas cuya misión era detener a Napoleón, en las tropas que comandaba Kutúzov. Y Pedro, Pedro era el hijo natural preferido de todos los que tuvo un poderoso noble ruso, una de esas personas que poseía grandes extensiones de tierra y tenía a su servicio hombres y mujeres que casi no tienen voz en la novela. Pobres de la tierra. Carne de cañón, siervos de aquellos otros como él, que se movía con tanta soltura en salones y teatros donde mucho se hablaba en francés; como él que pertenecía a esa clase social que desde San Petersburgo nombró a los jefes del ejército que debía defenderlos de los invasores; esos nobles quienes confiaban en Mijaíl Kutúzov, que en Borodino, esperaba a Napoleón y a su armada de más de medio millón de personas.

El conde Pedro Kirilovich Bezukhov era enorme, de cuerpo y de corazón. Impulsivo y bueno, inteligente y violento. Un oso ruso con alma de niño o de cristiano primitivo, un hombre capaz de matar con los puños y de amar a los indefensos. Con él, Tolstói abre el alma rusa, es principalmente con él que nos muestra sus ideas sobre la subjetividad humana, también con él nos saca de la frivolidad de la nobleza y nos lleva al campo de combate. Ahí, Pedro observa esa terrible batalla de Borodino que hoy en día es recordada porque se cuenta de forma magistral en Guerra y paz. No me extrañaría que lo mismo le ocurriera a Bonaparte, que dentro de algunos años se le recuerde por ser un personaje de Guerra y paz, porque así es la literatura, una maravilla descomunal que vive cuando todo lo demás muere.

En Borodino nadie alcanzó la victoria definitiva. Los dos ejércitos se desangraron. Dice Tolstói que de haber hecho un último esfuerzo los franceses hubieran vencido y que, si los rusos hubieran hecho un último esfuerzo, también hubieran vencido. Pero no. Ninguno lo hizo. Los rusos en apariencia cedieron, se retiraron dejando el camino abierto para que Bonaparte cabalgara hambriento de gloria hacia “la Capital de Asia”, hacia “la Santa”, hacia Moscú, la que extasiado de gloria el Emperador de Europa divisó desde una prominencia. “A la clara luz matinal miraba ora a Moscú, ora al plano, observando sus detalles, y la seguridad de su posesión le conmovía y le asustaba a la vez.”

Él no sabía que Kutúzov había ordenado el desalojo de la ciudad. Nosotros tampoco. Caravanas de personas asustadas y comprometidas con Rusia, entre las que iban nuestros personajes, esos a los que tanto amó Tolstói, viajaban en carruajes cargados con lo poco que habían podido sacar de sus casas. 

Desde San Petersburgo se recibieron las noticias: Moscú ardía. Moscú fue incendiada. Algunos de sus edificios, hechos de madera, eran devorados por las llamas. El ejército de Napoleón persiguió a los incendiarios, quienes la quemaron para dejar a los franceses con las ganas de conquistar algo. Porque Moscú era una ciudad fantasma, una trampa tendida para que el hambre y el invierno por iniciar se encargaran del enemigo de la gran Rusia.

Por esa Moscú en llamas caminó Pedro, por ahí ayudó a los débiles, le rompió la cara a puñetazos a un francés, fue preso y liberado, y en su aventura, desde su dolor por ver perderse a Moscú, en su andar por la calle, nos llevó a nosotros los lectores a conocer a los que sufren, a los vagabundos, a los borrachos, a los reos de Napoleón, a obreros detenidos, a los que lo han perdido todo, a los condenados de la tierra. Pedro nos llevó a visitar barracas inmundas donde también se pueden encontrar la bondad humana, el amor y la sabiduría, como la de Karataiev, alias Platón, un viejo prisionero que dormía con una perrita acurrucada entre sus piernas, tendido en el suelo de la cárcel al lado de Pedro, a quien una noche le regaló dos o tres de las pocas papas que tenía, para que se las comiera en rodajas, rociadas de sal. Y al final, es de esto de lo que trata Guerra y paz, de la posibilidad que tienen la bondad y el amor aún en las peores circunstancias, del renacimiento espiritual antes de la muerte y de la libertad del alma, de su fuerza, a pesar de que el cuerpo se encuentre arrojado en una prisión infecta. Eso le pasó a Pedro, que salió transformado de la guerra, del incendio de Moscú y de la cárcel, libre para hacer lo que quisiera mientras Rusia también era libre. A fines de 1812 los franceses regresaban derrotados a Europa por el camino por el que habían venido. Moscú pronto se reconstruiría entre sus cenizas.     

 Los hilos narrativos son llevados todos hasta su final, a veces a una muerte en paz, a veces a una violenta; en ocasiones a la victoria, en otras a la derrota; a veces al amor, a veces al desamor. Kutúzov venció a Bonaparte, Rusia a Francia. Pedro, Natacha, Nicolás y María encontraron su destino en el mundo que nació de la guerra. Entonces el libro se me acabó entre las manos y me quedé completamente solo, con la sensación de haber vivido algo extraordinario. Ese es el poder de Guerra y paz, novela bélica, histórica, novela realista, de amor y de muerte. Novela que les recomiendo porque me gustó mucho y porque Tolstói nos enseña a ser generosos.

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