Flores oscuras en una tarde sobre Managua

Esta es una crónica producto de una entrevista exclusiva con el escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado, con motivo de la aparición de su nuevo

Esta es una crónica producto de una entrevista exclusiva con el escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado, con motivo de la aparición de su nuevo libro de cuentos Flores Oscuras que será presentado en Costa Rica a final de agosto próximo.

Los días previos, la prensa escrita de Nicaragua y algunos programas de televisión, anunciaban la presentación de un nuevo libro suyo; comentarios literarios, breves entrevistas, las fotografías que lo muestran con su actitud reflexiva y apacible de siempre, formaban parte de la cobertura periodística que sigue a este escritor de setenta años que se ha ganado a pulso el lugar que ocupa en las letras latinoamericanas.

La noche anterior acabé al filo de la madrugada su libro testimonial titulado “La marca del zorro”, un texto de memorias basado en las entrevistas que le hiciera al guerrillero sandinista Francisco “Chico” Rivera a finales de los años ochentas, en el que se relata la vida de este combatiente nacido en Estelí y al mismo tiempo se recrea con un ritmo envolvente, fruto del trabajo del escritor, el último período de la lucha armada contra la dictadura de los Somoza.

 

La marca del zorro lo publicó la editorial Mondadori en el año de 1989 y “Chico” Rivera dice que le decían el zorro porque su vestimenta oscura lo hacía parecerse al personaje de las películas. Este libro de memorias, por su velocidad, por sus imágenes y por las reflexiones que a partir de él se pueden hacer sobre ese período de la historia nicaragüense, bien permite leerse como una película de aquella insurrección popular que ya parece tan lejana en el tiempo. Sin embargo, cuando lo leí, al igual que me ocurrió con la novela Castigo Divino, publicada en 1988, lo que más me sorprendió fue que el autor de estos libros los escribiera mientras ejercía el cargo de Vicepresidente de Nicaragua en un momento particularmente complejo. Si alguien debiera aparecer en aquella historia de los vicepresidentes de América Latina que proponía Jorge Luis Borges, es él.

 

Y a ese escritor salí a buscar desde el departamento fronterizo de Rivas para hablar de literatura, su oficio de siempre, soslayado temporalmente durante una década por su participación política, por la lucha antisomocista y por la revolución sandinista de la que fue Vicepresidente desde el año 1984. Cuenta Sergio Ramírez Mercado que en esa época se levantaba a escribir a las cuatro de la mañana para darle forma a Castigo Divino y poder cumplir después con las obligaciones que le exigía su cargo público.

Cuando llegué a la capital, Managua estaba nublada y el calor no se sentía tan fuerte como cuando el sol cae a plomo sobre la ciudad. En Managua sería la entrevista con Sergio Ramírez, quien tras su paso activo por la política, se ha dedicado en cuerpo y alma a la literatura, y al igual que en sus textos, en su estudio personal resalta por todos lados el oficio de escritor, todo está dispuesto para la literatura, tal vez como lo soñó de joven cuando devoraba libros en la biblioteca personal, con escalera de caracol y todo, que le facilitaba el rector de la Universidad Nacional Autónoma de León, donde estudió Derecho y también escribía cuentos.

Ser cuentista era un oficio en la Latinoamérica de aquellos años

Con Flores oscuras, su libro más reciente, Sergio Ramírez vuelve al género con el que inició. Cuando estudiaba Derecho en León, quería ser cuentista, y para ello se entrenaba escribiendo sus propios relatos y leyendo y leyendo a cuentistas latinoamericanos, principalmente al salvadoreño Salvador Salazar Arrué. “Ser cuentista era un oficio en la Latinoamérica de aquellos años”, dice. También leía a Antón Chejov y a Horacio Quiroga, con los años vinieron otros, Borges, por supuesto Juan Rulfo, y también Julio Cortázar.

En los primeros cuentos que escribió, aparecía mucho lo vernáculo, el costumbrismo latinoamericano, lo rural, que poco a poco comenzó a competir con lo moderno que le interesaba y convocaba. Lo moderno en literatura implicaba todo un cambio de lenguaje y constantes movimientos en las perspectivas de los narradores por hablar sólo de algunas cosas, que con el paso del tiempo Sergio Ramírez ha llegado a dominar como un maestro.

Si bien es cierto que en los narradores nicaragüenses de aquel entonces predominaba lo vernáculo, los textos de la tierra, en poesía, tal vez por el conocimiento que tenían algunos de los poetas más destacados en Nicaragua de la poesía norteamericana, lo moderno ya tenía carta de identidad. En este sentido, poetas como José Coronel Urtecho, Joaquín Pasos, Manolo Cuadra, Salomón de la Selva y otros, fueron referentes importantes en los inicios literarios de Sergio Ramírez.

Muchos años después, como se sabe, Sergio Ramírez llevaría a Julio Cortázar a conocer a José Coronel en su finca ubicada a las orillas del río San Juan, por donde tantos viajeros transitaron. Algunos de sus ensayos literarios están dedicados a estos poetas, a quienes también ha publicado, como es el caso de los sorprendentes poemas El soldado desconocido y Nicaragua tropical town de Salomón de la Selva.

A José Coronel y a su trabajo sobre la cocina nicaragüense Ramírez le rinde un homenaje en Tambor olvidado, su ensayo sobre lo negro en Nicaragua. En el capítulo titulado Lo que sabe el paladar, dice:

“De manera que desde la colonia hasta finales del siglo XIX, los elementos claves de la cocina africana no entraron al Pacífico por el río Escondido o por el río Grande de Matagalpa, o a lomo de mula por los escasos caminos de herradura, sino con los negros ladinos y los negros bozales, a través del río San Juan y el Gran Lago, hacia el puerto de Granada donde había un mercado de esclavos; y desde el estrecho de Magallanes y desde Lima, por el Realejo, donde había también un mercado de esclavos, lo mismo que lo había en El viejo. Coronel Urtecho, en su Elogio de la cocina nicaragüense, refiriéndose al guiso de la tortuga, una de las insignias de nuestra gastronomía, original de Granada, señala:

“La sopa de tortuga de los ingleses −que no es sino una excusa de marineros para tomar la sopa− es toda austeridad, mientras el plato de tortuga nicaragüense quiere ser una orgía gastronómica. Más mestizo que indígena, lo que el plato sugiere sobre todo es la influencia directa de cocineras mulatas en las haciendas próximas a los lagos y sus ríos tributarios”.

José Coronel era un gran conversador, dice Sergio Ramírez al tiempo que recuerda una novela sobre el río San Juan que le entusiasmara en sus años de juventud. Pero la novela y el querer ser novelista lo descubrió en San José de Costa Rica.

En las librerías de San José

Uno se apropia de una ciudad caminándola, recorriéndola, dice. Durante su vida de colegial, por diversas razones le tocó ir a vivir a Managua, a la casa de unos familiares que lo trataban con ligereza y holganza, cosa que él aprovechó para caminar y andar la capital nicaragüense de los años cincuentas, que comenzaba en la Loma de Tiscapa y terminaba al borde del lago Xolotlán. Aquella era una ciudad pequeña, de pocos habitantes, que recorrió de un extremo a otro olvidándose de sus obligaciones académicas hasta casi aplazar el año lectivo. Esa Managua ya no existe, la destruyó el terremoto de diciembre de 1972; sin embargo, a él le sirvió, además de escenario para sus aventuras juveniles, como materia prima para una de sus primeras novelas. En este escritor también aparece el tema de la ciudad ligado a las novelas.

Al hablar de la novela, dice que se convirtió en lector asiduo de ellas en San José de Costa Rica, cuando se fue a vivir allí a finales de los años sesentas debido a su trabajo en la Confederación de Universidades de Centro América y en la Editorial Universitaria de Centro América (Educa). A San José también llegó movido por su curiosidad intelectual y por la necesidad de ampliar horizontes. En esos años caminaba desde su casa de San Pedro de Montes de Oca hasta la Avenida Central, donde entraba a las librerías Trejos, Lehmann y Universal, en ellas encontraba novelas de todo tipo, clásicos rusos como Dostoievski o Tolstoi y lo más reciente de la literatura latinoamericana de aquel entonces, García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa. Lo cual da señales acerca de la existencia de buenos lectores en la ciudad de San José de los años sesentas. En aquellas librerías además, se daban cita en reuniones o conversaciones literarias, algunos de los principales intelectuales y escritores de la época, conversaciones a las que él asistía, participaba y disfrutaba. Esa ciudad de San José, tampoco existe ya.

Algo de la nostalgia con la que Sergio Ramírez recuerda la capital costarricense de aquel entonces, aparece en La fugitiva, su novela sobre Yolanda Oreamuno, publicada en el año 2011, sobre la cual confiesa que pretendió escribirla como si fuera un escritor costarricense. Las voces de sus tres personajes femeninos y la construcción literaria que hace de la ciudad parecen confirmarlo.

Siguiendo con la novela y los novelistas latinoamericanos, dice que García Márquez lo embriagó de tal forma, que tuvo que suspender la escritura de su primera novela, Tiempo de fulgor, para no caer en la franca imitación de la obra y el estilo del colombiano de Aracataca. En cuanto a Vargas Llosa, cuenta que leyendo sus primeras obras, encontró las claves para construir una novela, todo lo que tiene que ver con técnica literaria y estructura se le revelaba en aquellos textos. De Carlos Fuentes admiró mucho, desde luego que además de algunas de sus novelas, su papel como intelectual, opinando con propiedad de diversos y variados temas de la vida social. De Cortázar estudió mucho sus cuentos y por cosas de la vida y de la política, con los años el vínculo llegó a ser más estrecho, tanto así que  escribió Estás en Nicaragua, donde cuenta las visitas de Julio Cortázar a este país a principios de los ochenta, libro que viene a ser un homenaje personal que rinde Sergio Ramírez ante la muerte del escritor argentino en el año de 1984.

La novela histórica

La narrativa de Sergio Ramírez ha sido considerada por cierta parte de la crítica literaria como nueva novela histórica centroamericana; esto por la relación que existe en su obra entre historia, historiografía y ficción literaria, por los vasos comunicantes y el fluido de información que corre de la historia de Nicaragua, principalmente, hacia sus novelas. Esta información es reelaborada por el autor valiéndose de un estilo propio, de un dominio técnico cada vez más ágil y en general, de un conocimiento profundo de su oficio de novelista.

Ramírez dice no tener una teoría preconcebida que le marque el rumbo de lo que va a escribir; además confiesa que lee la poesía de Góngora o de San Juan de la Cruz para desentrabarse cuando la página se le queda en blanco. De la historia de Nicaragua y de sus mitos, saquea lo que le interesa y así ha hecho en sus libros de cuentos, en sus novelas, en los testimonios que ha pasado en limpio, corregido y publicado, como el de Abelardo Cuadra (Hombre del Caribe) o el de Francisco Rivera (La marca del zorro), que tratan distintos momentos de la dictadura somocista y de los movimientos sociales en su contra.

Los que él llama mitos de la historia nicaragüense, también constituyen fuentes para su literatura y de vez en cuando alimentan sus obsesiones de escritor. Entre ellos están, junto a otros, el mito de Pedrarias Dávila, que fue militar, gobernador de Nicaragua y criador de cerdos, sin contar sus influencias en el famoso burdel ya de todos conocido o también el tema del gran canal interoceánico que ya trabajó en su novela Mil y una muertes, donde uno de sus personajes sueña con barcos de gran calado que fascinan a propios y a extraños mientras navegan vistosos en medio de la ciudad de León.

Una novela sobre la Revolución Sandinista ya no interesa

La novela latinoamericana ha abordado muchas veces y desde distintos enfoques, el tema de la dictadura, sus efectos y el clima cotidiano que genera. También existen diversos ejemplos de novelas que han llevado a la ficción algunas de las principales revoluciones sociales en el continente. Alejo Carpentier en novelas como El siglo de las luces, El reino de este mundo o La consagración de la primavera, que trata el tema de la revolución cubana de 1959, es uno de ellos.

Sergio Ramírez también ha transformado en ficciones como Castigo Divino o Margarita está linda la mar, la experiencia de la dictadura, y la revolución sandinista la trabajó literariamente en una de sus aristas, los juicios sumarios, en su novela Sombras nada más; pero actualmente, dice, que a él se le hace muy difícil escribir una novela sobre la revolución; considera que ese es un tema que hoy a pocos interesa.

En relación con Alejo Carpentier, cuenta que se interesó mucho por su teoría del poder y está convencido de que la ética es un límite indispensable frente a este, que los ideales y los valores éticos funcionan como frenos ante la recurrente tentación del caudillismo y del ejercicio desmedido del poder.

Fronteras tenues

El tema de las fronteras no surgió en la conversación a raíz de la relación de vecindad entre Nicaragua y Costa Rica, relación sobre la que piensa que las principales tensiones no se generan debido al río San Juan, sino por la constante migración de personas de un país pobre hacia otro con una economía varias veces más grande.

El tema de las fronteras surgió porque su libro Flores oscuras, juega y transgrede en sus cuentos los límites de la ficción y el periodismo, mostrando con sensibilidad, desencanto y distancia, fragmentos de la vida, tribulaciones y miserias de seres marginales y pequeños, náufragos de sueños perdidos hace ya tiempo atrás. Para Sergio Ramírez, las fronteras entre el cuento y el reportaje, o entre el relato y la crónica, son tenues, difíciles de precisar y los recursos técnicos utilizados en un género o en el otro, los considera muy similares.

Otra vez en las calles de Managua

Con la sensación de tener muchos temas pendientes y de haber abusado del tiempo de mi interlocutor, salgo a la calle de nuevo, la tarde cae y el cielo comienza a oscurecer sobre Managua. No puedo decir que el clima esté fresco, pero sí que el calor es llevadero. Camino hacia un café donde me siento a tomar los apuntes que sirvieron de base para este trabajo y a dejar pasar el tiempo, porque a las siete de la noche está anunciado que el escritor Sergio Ramírez Mercado presentará su libro de cuentos Flores oscuras en la Alianza Francesa de Managua, cerca de la carretera a Masaya.

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