Explorador de la humanidad

La palabra revolución puede hablarnos de una explosión social, de una guerra desatada contra un orden inoperante o injusto,

Una ciudad moderna, aburrida, violenta. Niza. Un muchacho detesta el presente, el colegio, su casa, su padre enfermo, su madre dependiente. La literatura es invención subjetiva, imaginación, memoria que puede llegar en la palabra dicha por una anciana solitaria que conserva como mejor tesoro los recuerdos de su familia, su infancia y juventud en la isla Mauricio, en el fin del mundo, donde un antepasado suyo llegó a vivir con su mujer huyendo del clasismo francés, a pesar de la revolución. La anciana es la tía Catherine, la misma que le cuenta al joven Jean la historia de los Marro, con la que él se fuga de la vida cotidiana y encuentra, al final del camino, su lugar en el mundo.

La palabra revolución puede hablarnos de una explosión social, de una guerra desatada contra un orden inoperante o injusto, un estallido que persigue el iluso y violento fin de cambiarlo todo de una vez; sin embargo, esa palabra también nos puede recordar el cíclico movimiento de los astros en su órbita, esos viajes regidos por leyes perfectas que de forma racional trasladan a los cuerpos en el espacio y, quizás, viajes comparables al destino de las personas a lo largo de la historia. Seres que vuelven y se revuelven una y otra vez en distintos tiempos, en distintos lugares, familias cuyos miembros guardan semejanzas vitales, identidades emocionales.

En el año 2008 el novelista francés J.M.G. Le Clézio ganó el Premio Nobel de literatura, entre otras cosas, según la academia sueca, por ser un explorador de la humanidad. En el año 2003 él publicó Revoluciones, novela de poco más de seiscientas páginas, ambiciosa, sensible, profunda, cuya materia prima, como en El buscador de oro o en Viaje a Rodrigues, su autor halla en la historia de su familia, en esa isla Mauricio tan distante y tan cercana para él, en el juego de dobles que se puede presentar entre parientes a pesar de la distancia de los años.

En una conversación reciente entre Le Clézio y Mario Vargas Llosa, ambos novelistas recordaron su temor de niños frente a un padre autoritario, esa manera de entender la literatura como refugio ante la hostilidad de la vida. Ellos coincidieron también en una fascinación que experimentaron en medio de las selvas latinoamericanas al escuchar, alrededor del fuego, las historias que contaron unos indígenas en el Darién y en el Alto Marañón, historias que contenían la memoria de sus pueblos expuestas por narradores orales que mucho les enseñaron a ambos acerca del valor de su oficio. 

Vargas Llosa buscó hacer su vida de escritor en Europa; Le Clézio, harto de Francia y de Londres se fue a México, recorrió América Latina, leyó de cabo a rabo a los cronistas españoles, vivió entre indígenas y encontró en los márgenes de la civilización occidental una forma de escribir novelas.

Jean Marro y Jean Marro. El primero y el último.

El primero de la tribu fue un bretón que se unió a las filas de la Revolución Francesa para enfrentar a los alemanes que deseaban la vuelta de la nobleza al gobierno. Él sobrevivió a la guerra, ganó prestigio y al regresar a su pueblo buscó a la mujer que amaba para casarse con ella. Lo consiguió. Sin embargo, la familia de su esposa lo despreció por su condición social. “No hicimos una revolución para sufrir esto.” Se indignó el primer Jean Marro y decidió irse para siempre de Francia. Los barcos a las Antillas estaban llenos, alguien le habló de la isla Mauricio, en ese momento llamada La isla de Francia. Marro se ilusionó con aquel destino utópico al que su condición de combatiente le dio acceso a pesar de las intransigencias de los jacobinos. Entonces, él y su esposa se embarcaron y emprendieron así aquel riesgoso viaje que fundó una familia al tiempo que fundó un mito.

Revoluciones alterna en su compleja estructura la narración de la vida de ese primer Jean Marro con lo que le ocurre en el siglo XX al último Jean Marro, cuando Francia está en guerra con Argelia y él teme ser obligado a enlistarse en el ejército. Un narrador muy sensible, cercanísimo a la vida íntima de los personajes, es quien nos cuenta las vivencias de este muchacho inteligente y medio desubicado, sus amores furtivos, sus amistades adolescentes, el horror que experimenta ante la guerra, sus noches frente al mar y, principalmente, sus conversaciones con la tía Catherine (su tía abuela), quien mientras se marchita en un apartamento de ciudad le relata a él su vida en Mauricio, los bosques de ébano, las aguas limpias y frescas de los ríos que serpentean la isla en la que ella vivió con sus padres y hermanos a principios de siglo en una hacienda sembrada en medio de la naturaleza, una propiedad que su familia perdió.

El último Jean Marro se interesa en Rimbaud y en los filósofos presocráticos que estudia en el colegio, tiene una y otra novia, a veces se emborracha y siempre vuelve a las historias de su tía Catherine, a las leyendas que le contaron a ella sus amigas de India, a los relatos sobre las luchas de los esclavos africanos maltratados por los colonos franceses en Mauricio; algunos eran jacobinos, otros seguidores de Napoleón, todos temían que en aquella isla del Océano Índico se alzara una revuelta de negros como la de Haití. 

La gran literatura suele explorar en la subjetividad e indagar en la historia, a esta última la cuestiona, la confronta, la reordena. En la ficción cobran vida y tienen voz seres marginales, anónimos, singulares que en los libros de historia o de filosofía son abstracciones, tendencias, procesos, categorías. Una niña africana se duerme escuchando el canto amoroso de su madre, que a su vez es una esclava de los franceses y conserva la capacidad de leer el futuro en los sueños que tiene cada noche. Un bretón recuerda la independencia y la vitalidad de su tierra antes de ser vencida por el Reino de Francia en el siglo XV; niñas argelinas revelan el horror de las calles de su país sometidas por la bota colonial, por los tanques extranjeros. Le Clézio, con una sensibilidad extraordinaria, desde la individualidad de sus personajes, nos cuenta las tensiones de la historia, el sufrimiento, la extensión del dominio colonial por el mundo, aquello que Michel Foucault llamó “la guerra de las razas”. 

Los dos Jean Marro, cada uno en su tiempo, detestan su país y logran escapar de él para recomenzar sus vidas en otra parte. Como decíamos, el primero se va a Mauricio y el último a Latinoamérica después de estudiar medicina por unos años en Londres; donde vive en Jamaica Road en un mundo marginal y violento que parece sacado de la picaresca española o de la novela naturalista norteamericana. 

En Inglaterra, otra vez el narrador principal de Revoluciones nos cuenta la vida de Jean Marro librándose ahora del ejército francés por medio de sus estudios, teniendo peleas callejeras e intensos amores de paso. El último Jean Marro también se cansa de Londres, entonces vuelve a Francia, a su ciudad, donde ya no queda nada de su adolescencia. Su tía ha muerto, sus padres siguen siendo los mismos, agobiados por la enfermedad y por el tedio. Un día, por esas vueltas que tiene la vida, Jean se enamora de una muchacha de Orán, se enamora de una argelina solitaria y desarraigada como él.

En algún momento de la historia nos enteramos de la causa de la ruina de los Marro, la que los hizo abandonar Mauricio. Jean, como su antepasado bretón, ahora quiere viajar. Con tristeza se despide de la argelina. Escogió México, por suerte para nosotros porque en estas últimas páginas la novela adquiere una intensidad maravillosa, se convierte en la crónica de viaje de un francés sensible y curioso que se enamora de Ciudad de México, de sus barrios marginales, un personaje que se acerca a los herederos pobres de aztecas y mexicas, un caminante que nos presenta las diferencias de clase en el presente ficcional de esa capital latinoamericana, desigualdades cuyo hilo histórico nos llevan otra vez a la conquista, al dominio español que el lector entrelaza con el francés, con el destino de los africanos en Mauricio, con el de los argelinos en Niza. Le Clézio escarba en los márgenes para contarnos el lado malo de la modernidad, la opresión del colonialismo.

Mientras vive en México, el último de los Marro se hace amigo de una muchacha y de su hermano, junto a ellos es testigo de la masacre de Tlatelolco en 1968, frente a la cual el mayo francés le parece a él un juego de niños. A sus amigos mexicanos los ve partir hacia los Estados Unidos tras el sueño americano, escapando así de la persecución que desataron contra la población civil el gobierno y el ejército mexicano tras los hechos sangrientos. En la frontera les perdimos el rastro, pero no es difícil imaginar lo que les tocó vivir al otro lado a esa pareja de muchachos indígenas y pobres.

Jean Marro vuelve a Francia, donde encontró otra vez a la argelina de quien seguía enamorado; junto a ella viajó al fin del mundo, a isla Mauricio, ese lugar destinado a unir su vida con la memoria de su familia, con el mito que a él tanto le ayudó en los tiempos difíciles.

Así se cierra un ciclo, una revolución y una novela extraordinaria que toca las líneas maestras de la mejor literatura, una ficción que hila los eslabones de una familia, las revoluciones de unos parientes y sus contemporáneos, su manera de estar en el mundo en distintos momentos de una historia humana que va de guerra en guerra, de opresión en opresión, de migración en migración, con intermitentes relampagueos de libertad. Una historia cuyo rumbo principal nunca es el único y siempre puede cuestionarse o abandonarse, para encontrar un destino propio, un lugar en el mundo, a veces en los márgenes de las civilizaciones triunfantes.

Dice Le Clézio que uno de sus libros favoritos es El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. De él le gusta lo marginal de sus personajes, la contradicción Don Quijote-Sancho que nos habita, la idea de escapar de la vida cotidiana por medio de la ficción. No es casualidad entonces que en los difíciles tiempos que corren la lectura de Revoluciones me haya sustraído del mundanal ruido, de la estupidez circundante y también, me haya ayudado tanto a comprender un poco mejor lo que somos, lo que hemos sido y lo que no queremos ser. Poco más se le puede pedir a una novela.

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