El tiempo-espiral en Todo esto sucederá siempre de Alejandra Solórzano

“El resorte se achata cuando hay pocos cambios, y cuando entramos en un período de cambios acelerados, se abre”, nos decía Roberto Ayala,

“El resorte se achata cuando hay pocos cambios, y cuando entramos en un período de cambios acelerados, se abre”, nos decía Roberto Ayala, el profe de teoría marxista en la UCR. Recordé su metáfora al leer Todo esto sucederá siempre (Ediciones Espiral), de Alejandra Solórzano: uno de esos títulos que problematizan la aburrida linealidad del tiempo.

El libro es un escenario de interpelación. Hay que asumir la muerte de amigos, las dudas sobre el amor, la censura entre dos, el hartazgo de un cuerpo expuesto o la impotencia frente a la “puta guerra”. Nos habla una voz desde el proceso trasformador del duelo.

Me encuentro tentado a decir que Todo esto sucederá siempre nos regresa al tiempo circular, donde los momentos y las vivencias se repiten, pero no (el tiempo circular es igual de aburrido que el lineal, por suerte no estamos frente a poemas “redondos”). Más bien nos embulle en un tiempo-espiral; es un resorte abierto por los saltos (como el logo de la editorial), es decir: novedad. La novedad no es la “originalidad” sin partos, son las conversiones de la mirada, la sanación o las purificaciones. La voz poética paga el precio para acceder a la espiritualidad y nos guía.

El libro como objeto, al reforzar la materialidad del lenguaje y la lectura-escritura como una actividad primordialmente corporal, podría resultar una simpleza, pero no, estamos frente a un punto de partida y no únicamente de llegada. El poema “Feliz aniquilación del mundo” cristaliza esta materialidad en el soporte, en la problematización de la página y en las indicaciones de ejecución que nos piden rutas de lectura alternativas, como lo son leer de derecha a izquierda, leer a la derecha o girar el libro para que los versos se vuelvan legibles; de no seguir estas indicaciones el poema no podría existir.

Otras voces

Citar como forma de rememorar y traer frases que sean productivas en el presente, hablar desde los otros, incluso desde los muertos. El poema “Apología a Francisco Auyón” integra versos en cursiva que nos refieren a otra voz, un personaje extranjero a la voz poética del libro, pero cercana al misticismo de los pueblos originarios.

Esta voz extranjera resulta tremendamente productiva para la poeta, que se separa de la autoría individualizada. La diferencia tipográfica alude a la confluencia de autoría: “Para que no hiera el pájaro que canta / dentro del saco / de la soledad que nace de tu cabello. Para vos su estremecido reposo / el coro de sus plumas agitadas” (p.71).

Las preguntas retóricas constituyen escenarios de interpelación, pero esperar una respuesta concisa y tranquilizadora es fracasar. La autora asume esta imposibilidad en el poema “Una semilla con alas”, en el que se pregunta una y otra vez “qué soy”. Ahí está de nuevo esa cursiva que alude a otra voz que hace suya, la pregunta que se repite una y otra vez desde la antigüedad: “¿qué digo cuando digo ‘Yo’?”. Pero es la nada la que responde, esa nada creativa y con tono irónico nos dice: “Como si esa Nada / fuese nada” (p.57).

La imposibilidad de conocernos con absoluta rigurosidad se asume también en poemas donde se alude a un “yo” fragmentado: “No te apiades / No de mí / Tantos nombres para un mismo destino / Alejandra” (p.66). Ese nombre alude a un lugar, es una forma de estar-siendo (espacio / tiempo). No es simpleza autorreferencial.

La poesía y su función pragmática

Coincido con Eagleton en que su nivel de relación es menor o lejano, ya que se privilegia su función estética, no la pragmática. Pero en el poema “La mujer que observa al Equilibrista de Bayard Street”, la autora incluye dos versos que, por iniciar en infinitivo y por su orden, aluden a objetivos, vienen del discurso metodológico y en el poema son versos que indican acciones para resolver pérdidas, de esta forma se crea una pragmática de la voz poética: “Procurar con una taza de café, curar el curso que llevaba el estado de mis ojos” (p.47); o en otro poema: “contemplar un tiburón de agua dulce / Detener la respiración con respeto y fervor de niña” (p.69). También, refiere a esa capacidad del discurso poético de permearse de otras formas de conversación y de ser productivo desde la transgresión de las fronteras.

Este libro se escribe aceptando la paradoja materialismo misticismo: “El mundo constituido por tus manos. / Este / Tu acto de Fe” (p.69). De los múltiples ecos filosóficos presentes en el texto, aquí hay uno que recuerda el debate Kierkegaard / Hegel: ¿la fe o el vínculo con las cosas? Alejandra escoge las dos.

Estamos frente a una poesía que –en alto grado– hace lo que dice y nos motiva a conjurar, a poner el libro de cabeza, a que los muertos nos hablen y les contestemos. Con estos rituales logra pagar el precio de la transformación de la existencia, con su propia muerte, como ofrenda en la soledad.


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