Cuentista de oficio, todavía

Flores oscuras Sergio Ramírez Mercado Cuento Alfaguara 2013Cierto tipo de vida, aquella que ocurre en la penumbra del mundo social, en sus márgenes y

Flores oscuras

Sergio Ramírez Mercado

Cuento

Alfaguara

2013

Cierto tipo de vida, aquella que ocurre en la penumbra del mundo social, en sus márgenes y escondites, generalmente pasa desapercibida para la mayor parte de la gente y sus personajes transcurren y desaparecen en el más insignificante de los anonimatos. También ocurre que las notas rojas de los periódicos, la crónica de sucesos y cierto tipo de literatura como la policíaca, alimenten sus textos con estos seres pequeños, grises, atormentados y desconocidos que aparecen ante la luz pública llevados de la mano de alguna tragedia, algún crimen o descubiertos por la pluma de un escritor cuidadoso y observador.

El cuento es el primer género literario que cultivó Sergio Ramírez y a él vuelve con Flores Oscuras, el libro que publicó este año la editorial Alfaguara. Los cuentos reunidos en este volumen no son todos de la misma naturaleza ni abordan la misma temática, pero  en cada uno de ellos se percibe el trabajo meticuloso del escritor, el cuidado en la selección de cada palabra, el dominio de la estructura, la técnica y el humor, la agilidad en el estilo, la fluidez y la precisión en el lenguaje seleccionado para recrear los ambientes en los que transcurre la ficción. Estos son textos donde nada sobra y donde nada está puesto por casualidad.

“La palabra manjol viene del inglés manhole. Es el hueco que da acceso a las alcantarillas. La falta de la tapa del manjol puede ser causa de graves accidentes para los conductores de vehículos inadvertidos, y peor, para los peatones, sobre todo si se aventuran de noche por la media calle. Esta clase de accidentes se ha multiplicado en los últimos tiempos en Nicaragua, debido al alza exagerada en los mercados internacionales del precio de los metales que se usan para fabricar las tapas −hierro, cobre, bronce, etcétera−, lo cual pone a estos objetos en la mira constante de los ladrones.”

Así inicia La colina 155, uno de los cuentos que trata el tema de los ex guerrilleros nicaragüenses de los años setentas y ochentas del siglo pasado, en este caso dos de ellos, uno convertido en ladrón de manjoles y el otro en multimillonario que desde su silla de ruedas domina los jardines de su mansión y algunas cosas más. En este texto, con el distanciamiento y el entrenamiento que dan los años y con el dominio de algunas técnicas narrativas, estos personajes son  presentados en sus condiciones actuales con realismo y desencanto, ellos son expuestos en su momento presente, al que parece acompañarle ya muy poco entusiasmo épico por no decir ninguno.

Y sobre la cotidianidad de la vida contemporánea de personajes marginales y secundarios es que tratan buena parte de las historias de Flores oscuras, que en algunos casos, se vale de recursos del periodismo para fortalecer la ficción, siguiendo el camino inverso al de los periodistas que se valen de recursos literarios para fortalecer la noticia, la crónica o el reportaje. En todo caso, la discusión acerca de las relaciones existentes entre periodismo y literatura se puede retomar teniendo como base algunos de los cuentos de este libro que también tiene elementos de literatura policíaca y detectivesca.

El detalle y la precisión que permite el lenguaje forense, el uso de fechas puntuales y cercanas, el uso de nombres propios de personas de carne y hueso por todos conocidas,  por ejemplo Natividad Canda Mairena en Abbott y Costello o la precisión en las direcciones geográficas y en las descripciones de ciudades, barrios o caseríos, son una muestra de lo que se ha llamado en literatura el efecto realidad; el golpe de verosimilitud que también permite, como en este texto, que los lectores nos cuestionemos la facilidad con la que se suele diferenciar a la literatura del periodismo y por otro lado, bajemos las defensas y caigamos en la seducción que ofrece el narrador.

“Era uno de esos viejos barrios residenciales del sur de Managua, invadido con lentitud pero con eficacia por pequeños centros comerciales construidos de manera improvisada en los baldíos, sus cubículos rentados a tiendas de cosméticos y lavanderías, farmacias y boutiques de ropa, mientras las casas de los años sesentas y setentas del siglo anterior iban siendo abandonadas para convertirse en farmacias, pizzerías, restaurantes y bares, sin que faltaran las funerarias. De modo que sólo tenían que caminar unas cuadras para llegar al bar preferido suyo, surgido en las entrañas de una de aquellas residencias abandonadas por sus dueños, que se habían ido a vivir más arriba, siempre hacia el sur, en lo que eran las primeras estribaciones de la sierra, donde los tractores seguían derribando los plantíos de café para dar paso a las nuevas construcciones amuralladas”.

De no ser por la estructura a la que está unida, por el contrato tácito entre narrador y lector o por las voces subjetivas que apenas se asoman, vista de manera abstracta, esta descripción de una zona de Managua bien podría formar parte de una crónica de viaje, de un reportaje o de un ensayo sociológico sobre el destino de las ciudades centroamericanas.  Sin embargo,  por el arte de narrar y por una que otra convención, forma parte de un cuento que se llama Adán y Eva, como el bar donde un juez a punto de ser comprado por el narcotráfico, sale a tomar cerveza con su conciencia.

Pero Flores oscuras no sólo lanza miradas desencantadas hacia el presente, no sólo muestra las tribulaciones y miserias que padecen boxeadores de relleno en los cuadriláteros de Los Ángeles, California; o las que padecen excombatientes abandonados por la gloria y por la historia, o las de profesionales del turismo que se quedan mudos por no hablar inglés, o jóvenes viudas y pobres a la orilla del mar, jueces corruptos, ladrones infantiles o migrantes desgarrados por mordiscos de perros. En él no sólo se continúa con el universo ficcional que nos presentaron los detectives de El cielo llora por mí (2009); este libro  también tiene espacio para la nostalgia, también abre un mundo familiar y personal, un universo rural que el autor ya nos había presentado en algunas de sus obras anteriores y que ahora retoma con maestría y sensibilidad, es el mundo de Masatepe, su pueblo natal, que  también sirvió de escenario para la novela Un baile de máscaras (1995).

En cuentos como Ángela, el petrimetre y el diablo, en Ya no estás más a mi lado corazón, a mi juicio el mejor de los doce o en No me vayan a haber dejado solo, el más personal, familiar y sentimental de todos, el mundo que se nos presenta, con un lenguaje razonadamente seleccionado para ello, no es contemporáneo ni urbano, es un mundo cargado de una nostalgia embriagante en algunos casos, lleno de costumbres, creencias, prejuicios y personajes propios de un pueblo como tantos otros en Centroamérica, que mucho se parece a Masatepe. Es un universo rural narrado con técnicas modernas y ágiles que permiten una mirada desde afuera, una objetividad y un distanciamiento a pesar de la cercanía en los afectos.

En No me vayan a haber dejado solo, el hombre que narra su investigación y su búsqueda del pasado y de sus familiares más cercanos a partir de una fotografía de  infancia tomada en la casa natal, describe así la tienda de su padre:

“En los estantes de un lado, el pasadizo que da al corredor de por medio, están las piezas de tela, tanto para damas como para caballeros, y en los del otro, las latas de conserva y los vinos dulces, y un tanto más allá los cartones de cigarrillos Esfinge y Valencia, y las baterías Ray-O-Vac para lámparas de cabeza que compran los cazadores que van en busca de venados a las faldas del volcán Santiago, los últimos clientes antes de que se cierre la tienda cada noche, ya la gente de vuelta de la función de cine. Sobre el mostrador, bajo un lienzo, el quintal de queso que va siendo partido a medida que se vende en trozos de una libra, media libra, cuatro onzas, y la balanza de reloj”.

El humor y la sensibilidad, la precisión y la elegancia en el lenguaje, el dominio que se ejerce sobre la narración, el ritmo y el trabajo de arquitectura de cada uno de los cuentos, son todos elementos que nos evidencian el conocimiento del oficio de narrar que tiene este autor, quien nos presenta, en la variedad temática de Flores oscuras, fragmentos de un universo literario propio que ha venido construyendo con los años, intercalando en el tiempo excelentes cuentos y novelas.

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