Los Libros

Acerca de “La ruta de los héroes”

La ruta de los héroes es una novela que nace a partir del reconocimiento de la Segunda Campaña de la Guerra Nacional contra los invasores usamericanos en 1856/57. Mientras repasaba los textos publicados por el Museo Juan Santamaría sobre esa “ruta de los héroes”, tal y como sus mismos investigadores la denominaron, fui adquiriendo conciencia de que, a pesar de los esfuerzos investigativos de dicho museo en la persona de su entonces director don Raúl Aguilar Piedra, la primera campaña la opacaba totalmente, asunto a todas luces injustificado puesto que fue ese movimiento de tropas hacia la “Ruta del Tránsito”, así como la correspondiente toma de los vapores y principales puntos del Río San Juan y las desembocaduras del San Carlos y el Sarapiquí, lo que permite el corte del avituallamiento a las tropas de los filibusteros y provoca un vuelco total en la guerra. Fue un movimiento estratégico y por tanto heroico dado que no existían vías de penetración. Siendo oriundo de esa región, me sentí aludido y me dije que era una historia que había que escribir y dar a conocer.

Me di a la tarea, entonces, de recopilar material sobre esa etapa de la guerra que inicia en diciembre de 1856 y culmina en mayo de 1857. Debo decir que para entonces ya había realizado un par de recorridos por el río San Carlos y por el río San Juan, lo mismo hice más tarde por el río Sarapiquí, dado que en mi juventud laboré en campamentos de refugiados nicaragüenses durante la guerra civil de ese país para derrocar al dictador Anastasio Somoza Debayle. (Mi padre había laborado muchos años en Boca de San Carlos). Luego, como funcionario del Instituto Tecnológico de Costa Rica, Sede San Carlos, había colaborado con los investigadores y extensionistas del Museo Juan Santamaría para colocar una serie de mojones por la ruta como muestras materiales del paso del Ejército Costarricense. Fue más que emocionante conocer que las columnas expedicionarias acamparon cerca de lo que hoy es Ciudad Quesada, localidad donde pasé parte de mi infancia y adolescencia, así como en una serie de poblados que conocía desde entonces. Así, puedo afirmar que poseo un conocimiento bastante aproximado del terreno donde se realizaron las operaciones militares. Eso, como ya dije, se complementó con la búsqueda de material bibliográfico sobre la campaña.

Pero tan pronto empecé la escritura de la novela caí en la cuenta de que no podría abordarla como una novela histórica tradicional, decimonónica; no era eso lo que yo buscaba. Por demás, se fue ampliando el abanico temporal al profundizar en la tragedia del asesinato de Juan Rafael Mora Porras y del General José María Cañas Escamilla, entre otros personajes. En un agradable y sorpresivo desayuno/entrevista que sostuve con el colega Óscar Núñez Olivas sobre un proyecto periodístico que él estaba encabezando y en el cual me pedía colaborar, me enteré de que ya llevaba muy adelantada la escritura de lo que luego sería su novela histórica La guerra prometida. Igual, en pleno proceso de escritura, me entero de que mi buen amigo, el salvadoreño Manlio Argueta, también estaba empeñado en la escritura de otra novela sobre los hechos que me ocupaban. Manlio me llamó porque pretendía hacer el recorrido que yo había realizado para familiarizarse con el entorno, con la escenografía natural, a sabiendas de que conozco bien el territorio. No realizamos el periplo pero fortalecí la convicción de que redactaría algo muy diferente al abordaje narrativo tradicional, tratándose de hechos históricos. Por otra parte, me interesé en actualizar esa gesta, es decir, me planteé la pregunta acerca de cómo podrían ser los epígonos de aquellos héroes en nuestro tiempo y cómo se plantearían la lucha antimperialista en las circunstancias actuales, toda vez que los crímenes de Mora Porras y Cañas Escamilla siguen impunes.

Las fuentes históricas que utilicé fueron variadas, pero básicamente: los Cuadernos de Cultura: 11 de abril y la Colección ruta de los héroes 1856-1860, del Museo Juan Santamaría; los textos recopilados y producidos por la Comisión de Investigación Histórica de la Campaña de 1856-1857 de 1956; las Crónicas de la Guerra Nacional 1856-57 compiladas por quien fuera mi buen amigo y funcionario de la Biblioteca Nacional, Elías Zeledón (quien amablemente me solicitó que lo prologara); El Diario de Campaña de Máximo Blanco Rodríguez en la segunda campaña; los Diarios de Faustino Montes de Oca Gamero; Costa Rica y la guerra contra los filibusteros, Costa Rica y la guerra del 56 la campaña del Tránsito, de don Rafael Obregón Loría; el Clarín patriótico: la guerra contra los filibusteros y la nacionalidad costarricense de don Juan Rafael Quesada Camacho; El lado oculto del presidente Mora… de Armando Vargas Araya; entre otros textos de investigación histórica.

También eché mano de material literario, fundamentalmente de la obra de Manuel Argüello Mora, en especial sus relatos La trinchera y Elisa del Mar, los cuales utilizo como intertextos. Una de las cuestiones que me planteé con la lectura de la obra de Argüello Mora fue el porqué de su invisibilización como novelista. En el mismo prefacio de sus novelas se le niega la posibilidad de que sean novelas, mucho menos históricas. Mi hipótesis es que la historiografía y la crítica literarias las han obviado, no solo por su vínculo familiar con Juan Rafael Mora Porras, su tío y protector, sino por los hechos narrados y acaecidos alrededor de su asesinato, de los cuales don Manuelito —como se le conocía— fue valioso testigo y transmisor.

Ahora bien, ¿es la novela una ficción de memoria o de historia? Pues me parece que una mezcla de ambas. En todo caso, es una narración heterodoxa. En la misma narración el personaje principal se plantea y debate acerca de estas cuestiones como elementos escriturales, pero también de conciencia política y de puesta histórico/cultural en términos de un genotexto, cual si la historia fuese un palimpsesto sobre el que se reescriben y se sobreimprimen otras historias, otros testimonios, otras vivencias. Bien sabemos que la literatura es una puesta en palabras cuyo objetivo es la construcción y transmisión de sentido, por eso mi novela es polifónica en tanto intenta narrar desde múltiples voces y puntos de vista, tanto espaciales como temporales; es decir, su cronotopo es móvil, tal y como la historia social en sus diversos planos y acercamientos. En ese sentido hay un metatexto y una toma de posición con respecto, ya no solo a la historia y a la memoria, sino a las historias y a las memorias, en plural. Las memorias y las historias abarcan diferentes espacios y se trata de interpretarlos en el mismo proceso de escritura como una suerte de exorcismo literario donde la misma experiencia escritural nos conecta con otras experiencias de vida; dicho de otro modo, con la cultura de un pasado que está siempre presente y en movimiento. En ese sentido, la literatura intenta construir memorias compartidas pero también disidentes, puesto que la principal característica de ella es ser antidóxica. Así, la literatura puede permitirse lo que la narrativa histórica no puede ni debe, en tanto que la primera es performativa y, por ende, puede constituirse en iconoclasta y paródica, incluso llegar hasta el pastiche y desembocar en una crítica ácida que ponga en entredicho a la propia “epopeya nacional” y a la misma institución literatura.

La estrategia narrativa utilizada consta de tramas entrelazadas o superpuestas en dos grandes planos temporales: los hechos de 1856-1860 y ciertos acontecimientos político-militares que se suceden en la actualidad, a principios del siglo XXI digamos, pasando por el campo cultural con las disputas y miserias del quehacer artístico/literario en sus diversos estamentos y proyecciones. En el primer gran plano se utiliza el recurso del diario de un combatiente desconocido para ofrecer mayor verosimilitud; de hecho pueden cotejarse las fechas y entradas del mismo con los datos históricos. En el segundo gran plano se utilizan varios recursos narrativos que van desde el narrador omnisciente, los monólogos interiores, entrevistas, encuestas, testimonios e interrogatorios de diversos personajes, aderezados con reportajes periodísticos escritos y televisivos. En esa mixtura de planos y de recursos expresivos, se ofrecen vistas de los diarios  de dos personajes así como la técnica de la ficción dentro de la ficción (la novela dentro de la novela), de los vasos comunicantes o de las cajitas chinas, en tanto el personaje principal podría ser quien esté escribiendo la misma novela que para la ficción interna es una novela extraviada. Los lectores deben dilucidar esa trama. Podría incluso hablarse de un tercer y hasta de un cuarto plano narrativo. El iceberg, como las historias y las memorias, es suficientemente profundo.

En la ficción se mezclan personajes históricos con personajes ficticios, tanto del siglo XIX como de nuestra época. Muchos de ellos son centroamericanos para fortalecer el abanico narrativo, en tanto se supone una guerra de países aliados contra un enemigo común. Es la primera y única vez que las naciones centroamericanas se alían con el propósito de defender su soberanía. Claro que se privilegia la participación de la tropa común; los héroes de la Campaña Nacional aparecen con sus luces y sombras, sobre todo en la tragedia final, pero no ocupan los primeros planos. Esto se hace con el propósito de mostrar la heroicidad de un pueblo que mostró sus mejores perfiles socioculturales y ciudadanos ante la real amenaza de un poderoso enemigo extranjero que, sin duda, contaba con simpatizantes y aliados internos. Por su parte, se trata de poner en escena las repeticiones de la historia: la primera como una tragedia, a pesar de la derrota coyuntural del enemigo; la segunda como una tragicomedia, más o menos como lo planteaba don Carlos Marx, lo que en el fondo interpreto como una doble tragedia.

Se me ha preguntado sobre la participación de la mujer, acerca de si hay un enfoque de género. No lo hay, pero la mujer ocupa un papel muy importante, sobre todo en el segundo gran plano narrativo. En las acciones bélicas del 56/57 se menciona el acto heroico de Pancha Carrasco y aparece el personaje femenino acompañante del redactor de los diarios de campaña como una figura romántica en escorzo que, de algún modo, simboliza la casa como pequeña patria íntima y razón de fortaleza para el regreso; más adelante se convierte en la esposa del mismo. Ya en el segundo gran plano, la presencia de la mujer es decisiva e incluso asistimos a un debate sobre la condición de la misma y sobre los variados feminismos.

Finalmente, apunto que, en efecto, la novela lanza una aguda mirada hacia el presente. Como ya se ha dicho, dicha mirada no es para nada halagüeña pues se enfoca en un momento crítico de la historia reciente, donde un grupo de jóvenes literatos quiere “salvar” la patria a partir de un proyecto político/militar con métodos de lucha imposibles en tanto que operan desajustados con las condiciones objetivas del país. En esa línea de acciones la reflexión hacia el futuro es amarga y pesimista. Se invita a reflexionar sobre momentos aciagos de la historia costarricense y centroamericana en una coyuntura extraordinariamente negativa para nuestros pueblos. En Costa Rica el proyecto democrático denominado la “Segunda República” ha periclitado; su Estado Social de Derecho ha sido conculcado y violentado, está herido de muerte. La guerra continúa.

Suscríbase al boletín

Ir al contenido