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A ras del cielo

50 años de la novela A ras del suelo de Luisa González Gutiérrez

“La educación a través de los sentidos ̈, planteaba Luisa González Gutiérrez, cuando me explicaba en qué consistía el método didáctico de María Montessori, que caracterizaba al primer Centro de Educación Maternal que ella junto a Carmen Lyra y Matilde Carranza fundara en San José en 1922.

“La inteligencia desarrollada a través de los sentidos y con toda su pasión ̈. Luisa evocaba la arcilla, los dibujos, la música de Ismael Cardona al piano, el ambiente artístico, los cuentos, los cuadros de colores que decoraban el gran salón, los zapatos de los niños y hasta la alimentación que se les daba.

Con su pasión y amor de maestra de infantes, evocaba, no hace mucho, Luisa, su vida.

Una vida de trabajos más que para sí misma, para las y los otros. Una vida de un solo compromiso. Un inalterable compromiso. Las y los otros, los necesitados, los más pobres y entre los más pobres. Las niñas y niños más pobres a quien Luisa entregó su juventud y energía.

Si Luisa hubiera sido cristiana hubiera sido abnegada de caridad y amor por los demás, por el prójimo. Luisa fue comunista toda su vida y, como muchos viejos camaradas, el compromiso y la abnegación en la entrega a causas y compromisos con las y los más necesitados lo asumió con la misma humildad y pasión que algunos religiosos auténticos.

Si alguien me evoca la idea de sacrificio de abnegación, la idea de hacer de la vida un ejercicio de compromiso y rectitud para con sus propias ideas, ese alguien sin duda es Luisa González Gutiérrez.

A ras del suelo hace conmover al más incrédulo y cínico. Describe la pobreza no como problema personal, sino como un problema de todos. No como un castigo de Dios, sino que en ella misma halla el camino de la compresión como situación social y de desigualdad y vuelca su sensibilidad y conciencia hacia la lucha con trabajo y compromiso. Eso encierra su potente plancha de hierro, símbolo de trabajo y a la vez de liberación.

Su libro A ras del suelo es parte de nuestro patrimonio literario e histórico, del acero intangible que solo la palabra impresa con el corazón guarda en los anaqueles de las bibliotecas, los valores que parecen desvanecerse tras la incandescente luz de lo engañoso.

Este texto nos narra la desigualdad de la vida de los costarricenses de una San José de principios del siglo XX, testigo en el corazón triste de los pobres, de la vida ajena, discriminatoria y dolorosa para los desposeídos. Sus páginas están llenas de trabajo y fatiga de los desheredados de bienes materiales, donde la alegría de vivir es un bien que se desvanece con el cansancio físico del trabajo.

Veamos este fragmento del capítulo “La casa de la plancha” de​ A ras de suelo.

“Allá, exactamete allá, en aquella puerta donde se veía siempre una plancha negra de vapor echando humo y chispas rojas al viento, allá precisamente estaba mi casa.Mi casa es corrocha, horriblemente fea que encerraba un mundo de penas, de trabajos de maldiciones y protestas contra esa vida de perros…Nunca podré olvidar aquella plancha de hierro señalando como un centinela implacable la puerta de mi casa.Nunca podré olvidar aquella boca negra y humeante que desde lejos me gritaba: Aquí vivís vos, esta es tu casa, no lo negués, no te avergoncés por eso. ¿Acaso vos tenés la culpa? Somos pobres, muy pobres, por eso tenemos que vivir en este barrio indecente, queramos o no.

Como la maldición salía de sus entrañas, aquella sentencia envuelta en chispas y en nubes de humo negro, pregonando a los cuatro vientos, como una vieja chismosa, que allí, en esa casa horrible, de piso de tierra y ventanas desvencijadas, vivíamos nosotros. Esta plancha negra vivía con nosotros más de veinte años, era como otras de mis tías morenas y regordetas que desde buena mañana se cuadraban para hacer frente a los oficios de la casa y del trabajo. Quién como ella podría conocer mejor las manos de mi madre que muchas horas del día y de la noche presionaban duro su espinazo, a lo largo del planchador, sobre las sábanas y camisas blancas de cuya superficie huían las arrugas, al sentir el calor que las perseguía sin tregua​.”

Su narrativa, lleva más valor por su ruptura, por escribir desde los de abajo, ellos son ella misma, con voz propia, imponiéndose a un destino inexorable del sistema capitalista de clases sociales, unos pocos arriba y los demás abajo, sobreviviendo, pero también construyendo un destino común en un lugar denominado patria.

La literatura costarricense tiene pocos ejemplos de una novela con identidad que subleva el orden económico, que lo devela desde los bajos fondos de los fuegos de carbón y las manos rudas de las mujeres, siempre más pobres entre los pobres. Poca es la literatura escrita por una mujer que nos abre la puerta de su casa llena de mujeres, en que el día a día es el conseguir el bocado sin un anhelo, es el trabajo sin un sueño que lo cambie. Es poca la literatura con identidad propia, constructora a su vez de una ruptura de la censura contra las mujeres, cuestionadora de roles y denunciante de violencia de género.

Es la voz de las mujeres humildes, invisible en la conciencia nacional del proyecto capitalista de una Costa Rica desclasada y desmemoriada, esta novela es la prueba manifiesta de dónde venimos la mayoría de costarricenses, de abajo, de la tierra, del trabajo duro de la violencia social y de género, de un proceso de urbanismo que fue como todos los bienes materiales, excluyendo en el espacio, y forjando para las clases trabajadoras un nuevo espacio social donde vivir, donde nacer, donde construir los nuevos derechos para la utópica igualdad que no ha sabido forjar nuestra civilización.

Patrimonio histórico para que no se olvide, a través de una pluma ligera y sincera, la ardua lucha de quienes creyeron que la pobreza no es una enfermedad ni una condición heredada, ni un castigo divino, ni el infortunio que margina, sino algo injusto que siempre beneficia a otros. Una lucha que dar, un sentido de la vida humana, radical y rebelde para imponerse a ella, para luchar contra la pobreza.

Sus páginas llenas de valentía y coraje vuelcan el espíritu a la cultura, a la formación, a la capacidad de comprender una identidad que se amalgama con la fe en la superación, con la fe que libera al conocimiento y se impone ante la luz a la injusticia. Esto es la poética de la literatura costarricense, la indoblegable luz de los humildes que batallan en lo ordinario del día a día, y encuentran la llave de las transformaciones internas y se convierten en los líderes de sí mismos y de los otros.

Esta es la literatura nacional, tantas veces discutida, la poética de la identidad en la novela A ras del suelo, porque ella guarda las posibilidades infinitas aún del cielo y de las justicias terrenales.

Nuestro patrimonio intangible debe ser custodiado como parte de nuestra identidad, siempre viva, con ciertas y rotundas rutas que han sabido componer en fina y elaborada filigrana los testigos de nuestra entraña de ser costarricense.

La recuerdo ahora en sus librerías, en sus causas, pero siempre creo que su alma

de maestra impuso una dimensión especial a su vida.

Haber sido alumna y amiga de Carmen Lyra, haber participado en las luchas gremiales de las maestras junto a otras, en la época de la dictadura de Tinoco en las manifestaciones que presionaron hasta la caída del dictador, marcó su vida.

Pero, sobre todo, creo que la vida de Luisa se marcó definitivamente, como la de tantos otros, en los oscuros días de la guerra civil. Esa lucha que dieron los comunistas, convencidos de que la cuota del sacrificio podía llegar hasta entregar sus vidas por la defensa de la legislación social y de unas elecciones que no se respetaron.

Luisa González sobrevivió escondida, huyendo de una casa a otra, vestida de hombre, cubierta por la noche y huyendo finalmente al exilio.

La evoco contándome sobre esto con la tristeza del que sabe que el olvido no da paz, porque la memoria perdura para el dolor.

“No le compre…no le hable…no le venda…” Por años fue el lema contra los que perdieron la guerra. Y una mujer como Luisa supo perdonar porque así lo decidió, pero no olvidar lo que no se debe olvidar.
Con su memoria, que a ratos daba saltos en el tiempo, conversé por varias horas en lo que llegó a ser la última vez. Aprendí que siempre pudo más en su vida la virtud de la abnegación de la maestra de infantes que ama su oficio, porque era su verdadera vocación.

Comunista, obstinada, privilegiada en sus épocas de combativa: humilde y frugal, como su entorno, su casa y los pocos objetos que le acompañaban.

Aprendí de Luisa González Gutiérrez a ver la humildad y la entrega como un don que ella nos hereda para este nuevo siglo y que no debemos olvidar.

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