Los trabajos del ocio

Cuando me invitaron a hablar sobre el ocio pensé en mi maestro Bartleby, el escribiente de Melville, y en responder como ese inusitado especialista

Cuando me invitaron a hablar sobre el ocio pensé en mi maestro Bartleby, el escribiente de Melville, y en responder como ese inusitado especialista en dejar pasar las cosas: “preferiría no hacerlo”. Pero mi buen sentido de la paradoja me llevó a pensar que no estaría mal gastar el tiempo escribiendo sobre el ocio, trabajando para explicar el malestar del mundo laboral, como lo hacen esos teóricos que escriben volúmenes de mil páginas para hablar de la brevedad.

Esas contradicciones me resultan conmovedoras, como me ocurre con Tom Hodgkinson, director de la revista El Vago, que hizo en casi trescientas páginas el excelente libro Elogio de la pereza, un “manifiesto definitivo contra la enfermedad del trabajo”, como reza su antetítulo.

Si por Hodgkinson fuera, quebrarían todos los complejos industriales donde se fabrican relojes despertadores. Me resulta esclarecedor y edificante su estudio porque se trata de un prontuario seguido a la moralina del trabajo como único motivo para ejercer esto que pomposamente llamamos la vida. “Vale más, cuando amanece el día, el eructo de un bohemio que el rezo de un hipócrita”, decía Omar Khayyam, el poeta y matemático persa del siglo XII, tan afecto a la ingesta de vino y a la ingesta de ocio.

Solamente a quienes han hecho del aburrimiento una religión se les puede ocurrir que el trabajo sea además de práctico algo que dignifica al hombre. Un laborar por lo general mal asalariado no puede verse como un hecho de vitalidad o de plenitud. Sin embargo, en muchos rincones del mundo se levantan esculturas y loas a ese tipo de trabajo, pero por ninguna parte se ve un monumento al ocio, diga usted una gran montaña de heno para el descanso, una gigantesca hamaca para pastorear nubes, atriles en los parques para leer el paisaje, etcétera. Pero, de cualquier manera, con el tema del ocio hay que irse con cuidado. El verdadero, el más elevado ocio no tiene que ver, en puridad, con el no-hacer, aunque resulte tan atractiva la divisa taoísta de “no hagas nada y todo está hecho”, sino con el hacer del trabajo desalienado, ese que no busca rentabilidades ni ganancias, el ocio creativo que tiene como epicentro una suerte de carpe diem sin beneficios ni retribuciones. Ya algún pensador anarquista prevenía ante “un par de hechos”. Por un lado, ante el trabajo mecanizado y sin interés individual y, por otro, frente a la “prefabricación del tiempo libre”.

El tiempo libre gobernado por las fuerzas del consumo que se despliegan desde la pantalla del televisor o desde los juegos de video o del cine vacuo y el entretenimiento, es proporcional en su alienación al trabajo como servidumbre, solo que en esas instancias la servidumbre tiene como monarca al aturdimiento, como vasallaje al bostezo disfrazado de descanso. Muy lejos están los usos del tiempo libre que tenía el flaneur, el paseante sin destino que hacia 1839 era dueño de un transcurrir moroso. Walter Benjamin recuerda en el Libro de los pasajes que en esa época “se consideraba elegante sacar a pasear a una tortuga”.

Voy a tejer, desde las horas de mi inacción, reflexiones hechas por grandes creadores en torno al ocio. Espero no ser acusado de apoyarme en un pensamiento derivativo o parasitario propio de un perezoso, pues he empleado en este pequeño trabajo más tiempo que el que emplea un industrial, un gerente o un presidente en jugar al golf o en esgrimir su incansable lengua en un consejo comunitario, mucho más tiempo que el que emplea un latifundista en contar sus hectáreas poco antes de dormirse sobre unos laureles que, curiosamente, algunas veces no logran cubrir unas manchas rojas parecidas a lo que de manera eufemística algunos llaman el líquido vital…

Chuang Tzu, el espléndido poeta chino, le otorga a la inacción el origen de todo. Y un filósofo, ya no oriental y por tanto menos amante del vacío como epicentro del mundo, Hobbes, le asigna al ocio el papel de madre de la filosofía. Bertand Russell, a su turno, afirmaba que “ser capaz de ocupar inteligentemente los ocios es el último producto de la civilización”. Quizá ese gran anhelo de llenar de inteligencia los ocios haya sido lo que llevó a Jean Arthur Rimbaud a plasmar en su Mala sangre, uno de los más estremecedores poemas en prosa de Una temporada en el infierno, a lanzarnos como una pedrada esta camorrera y levantisca aseveración: “Me horrorizan todos los oficios. Patrones y obreros, todos plebe, innobles. La mano que maneja la pluma vale tanto como la que conduce el arado. –Qué siglo de manos.”

Se puede hacer una paráfrasis del canto de Ezra Pound sobre la usura, a la que califica como un pecado contra la naturaleza, para trasladarlo a una reflexión sobre el ocio. Con usura, dice Pound: “el tallador de piedra es alejado de su piedra/ el tejedor alejado de su telar/… La usura mella la aguja en la mano de la doncella/ y detiene la habilidad de la hilandera”. Lo mismo podría decirse de la ausencia de ocio. Sin ocio, paradójicamente no se talla la piedra, sin ocio, aguja y mano no se encuentran de manera amorosa en el telar.

De otra parte, hay que entrar a considerar que antes que el oficio más antiguo y conocido sobre la tierra, que para algunos fue el ejercicio de la prostitución y para otros el oficio desempeñado por un ángel conserje, un ser de luz que a la vez cumplía el rol de espía y vigilante de los posibles desafueros sexuales de Adán y Eva en el Paraíso, fue el oficio de contadores de nubes, muy seguramente ejercido por “nuestros primeros padres” en el precario ábaco de sus dedos, si tenemos como cierto que en la holganza del perdido Edén todos los días de la semana debieron de ser domingo. Un largo y bostezante domingo.

En realidad, no es necesario que nos vayamos tan atrás en el tiempo, ni mucho menos a la primera mañana de la historia en la que un trozo de barro sublevado dejó de serlo para convertirse en hombre por los designios divinos.

Bastaría ubicarnos en una época más cercana para recordar que en el siglo XIV el hábito de no hacer nada fue ejercido por un hombre tan despierto como Giovanni Boccaccio, un extraordinario escritor afincado en una región de Italia en la que existía la legendaria Academia del Ocio, un círculo de amigos y soñadores al que perteneció y en el que mantuvo una fecunda e inactiva membresía.

Sin el ocio, sin su invisible y fecundo trajinar por la imaginación lejos de las demandas pragmáticas del día, posiblemente Giovanni Bocaccio no nos hubiera dejado aquel prodigio de su Decameron, como tampoco si el Comendador de los Creyentes, Harum Al Rashid, no hubiera tenido tiempo y lugar para recostarse en un diván a escuchar durante mil y una noches los cuentos de una mujer llamada Sherezada, y ya sabemos la catástrofe que puede sobrevenir si se calla la fabuladora.

Nada más deplorable que ver cercenada una cabeza capaz de soñar e imaginar, una testa capaz de crear, desde el descreído mundo nuestro de cada día, otros mundos fabulados y, a lo mejor, menos perecederos. Por algo los poetas escaldos, que eran tan ociosos que se dedicaban con furor a metaforizar todo lo que vieran en el mundo, llamaban a la cabeza de manera un tanto cómica “la fragua del canto”.

No tiene nada de bello el trabajo, caballeros, ni de noble, cuando esos preceptos son dictados desde el ocio patronal por los negreros de turno. Es más bello lo que no tiene utilidad, y más noble y más alegre, sin duda alguna. De ahí que sea tan apreciable la sentencia de John Ruskin: “Recordad que las cosas más bellas de este mundo son las más inútiles; por ejemplo, los pavos reales y los lirios.”

No por dañarle el caminado a Ruskin valdría la pena prevenir acerca de los pavos reales cuando se vuelven tocados de reinas de belleza y sobre los lirios de exportación que, almacenados por obreras que ni tiempo tienen de percibir su aroma en esos horribles galpones de plástico que hoy invaden nuestros campos, están a boca de jarro de dormir en un florero. Es decir, vale la pena prevenir contra la explotación de los pavos y del lirio por el hombre.

Ya el camarada Jesucristo lo había dicho con su verbo poético en el Sermón de la montaña: “Contemplad el crecer de los lirios en el campo: ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo os lo digo, Salomón jamás estuvo, con toda su gloria, tan brillantemente vestido como ellos”.

Hay una hermosa y cruel sátira escrita por Kafka titulada Josefina la cantora o el pueblo de los ratones, que tiene que ver, al decir del estudioso de los aforismos kafkianos Werner Hoffmann, con la idea del ocio, de ese “facilitar la vida al hombre”. En medio de los desafinados conciertos de Josefina los oyentes, léase el pueblo, toman un segundo aire como ocurre en los recesos del trabajo. Kafka lo manifiesta de esta manera: “Aquí, en las escasas pausas que hay entre las luchas, sueña el pueblo; es como si en el individuo se aflojaran los miembros, como si al que no tiene tranquilidad se le permitiera extenderse y estirarse a placer sobre el vasto y cálido lecho del pueblo”.

Parece ser la del escritor checo una analogía sobre el trabajo coercitivo, sobre el presidio fabril. Aflojar los miembros es lo propio del ocio, aun del ocio mental, y una forma de dudar del alardeo de la fuerza, del sudor de la frente y del despliegue muscular.

Pero podemos ir más allá en esta aventura del ocio, en la exaltación de sus trabajos silenciosos. El resabiado pensador rumano Emil Cioran, escribió en un aparte de su Breviario de podredumbre que “los desocupados captan más las cosas y son más profundos que los atareados; ninguna empresa limita su horizonte; nacidos en un eterno domingo, miran y se miran mirar. La pereza es un escepticismo fisiológico, la duda de la carne. En un mundo transido de ociosidad, serían los únicos en no hacerse asesinos.” Hay una palabra que de entrada debería estar en el diccionario del ocio: la palabra sueño. Y dado que el soñar es un material propio de la naturaleza creadora, cómo no recordar con verdadera unción que el poeta francés Saint Paul Roux, cuando se iba a dormir, colgaba en el pomo de la puerta de su habitación un cartelito que decía: “Silencio, el poeta trabaja.” Era aquella una manera sencilla y subversiva de señalar que el sueño reemplaza en el poeta lo que en otros se llama disciplina. Eso lo corroboraría nada menos que el doctor Johnson cuando afirmaba que “los momentos más felices de la vida de un hombre son los que pasa despierto en la cama por la mañana”.

Otra cosa es la relación conflictiva que estableció el Creador o, por lo menos, el mayordomo del Paraíso, entre el ocio y el deseo. Si el no-hacer desemboca en el interés por la piel del otro, sería mejor buscarle al hombre un trabajo, alejarlo de su deseo de romper las prohibiciones, que es lo propio de la desocupación. Así parece establecerlo nuestro mayor cronista, Luis Tejada, cuando afirma que “en todas las mitologías el trabajo es considerado como una maldición del cielo. El hombre, desde las edades remotas, ha simbolizado su ideal de vida en una quimérica palabra: Paraíso: Pero la primera condición para que ese Paraíso sea verdaderamente Paraíso, es que no haya necesidad de trabajar en él”.

Como quien dice, el ángel que se dejó caer por los suburbios del Paraíso para expulsar al hombre como a un indeseado inquilino, lo condenó más que al nomadeo y a la culpa, a tener que ganarse el sustento vendiendo sus horas de placidez. De paso, para ampliar o complementar el panorama de sus desdichas, acusó a la mujer que lo tentó de ser la culpable de su naciente esclavitud, de todas sus angustias y todos sus quebrantos, como lo expresara el cantor de un ritmo popular que muchos bailarines cantan al oído de su pareja, sin pensar en la gravedad de esa melódica pero muy severa acusación.

Es posible que Luis Tejada hubiera leído a Paul Lafargue, un revolucionario que amaba la pereza no tanto por haber nacido en el Caribe, más exactamente en la isla de Cuba, sino porque creía que el socialismo lo que pretendía era una mayor conquista de ocio. Lafargue, autor del celebrado libro El derecho a la pereza, que se casó con una hija de Carlos Marx y que más tarde se suicidó, le otorgaba al ocio una naturaleza divina: “El dios barbudo y hosco, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de pereza ideal: tras seis días de trabajo, descansó toda la eternidad.”

En el largo litigio entre el ocio y el trabajo también medió el lúcido portero de la percepción, Aldous Huxley. Decía, casi arengaba Huxley: “Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no olvidéis jamás que es sucio y que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes.”

Al festejar algunas célebres instancias para el ocio es como si tuviéramos una beligerante militancia o una antigua membresía en la secta de los ociosos del bosque de bambúes que instauró Li Bai, el mítico poeta chino expulsado de la Corte Imperial como cualquier poeta de La República de Platón. El legendario poeta oriental, que era una suerte de emperador de sí mismo, escribió treinta o más volúmenes de poemas producto de su desprecio a la vida muelle y cortesana (léase burguesa) donde, por supuesto, exaltaba su desprecio al jornaleo y su pasión por la contemplación de la naturaleza en su estado más puro.

Otro poeta, esta vez el belga Henri Michaux, escribió un agudo y cruel poema llamado “Un hombre apacible”. Se trata de la historia absurda y un tanto atravesada por un espíritu zen, de un individuo que duerme mientras lo juzgan por no haber hecho nada ante el cadáver de su mujer, triturada cuando un tren nocturno se llevó por delante su casa común. Tras el pavoroso accidente, el hombre continúa haciendo lo que hacía a la hora de quedarse viudo: dormir. El acusado oye impasible su sentencia y a continuación, como si no le concerniera, como si hablaran de otro, se echa de nuevo a dormir en una banca del juzgado, como si refutara la frase de John Donne cuando afirmaba que nadie duerme en la carreta que lo conduce de la prisión al cadalso.

Henri Michaux practicó desde su infancia el ocio como una forma de acceder a mundos imaginarios, a contravía de los oficios habituales. Como el que sabe que todo niño es extranjero, como el que sabe que todo niño vive en las márgenes de la realidad o en la periferia del mundo entronizado por la razón de los adultos, Michaux conservó para siempre, lo mismo en su vida meditativa que en su obra poética o en las agudas observaciones volcadas en sus cuadernos de viajes, ese rasgo de la niñez que muchas veces llamó con gracia y rebeldía “su carácter de huelguista”.

El mismo Michaux escribió un poema en su libro Mis propiedades en el que afirma que “el alma adora nadar”. Ese privilegio natatorio cree que es propio de esas personas a las que “se las denomina vulgarmente perezosas”. Asevera el poeta que la gente suele encarnizarse con los perezosos y que “cuando están recostados los golpean, les echan agua fría sobre la cabeza y no les queda otra cosa que apresurarse a hacer regresar su alma”.

Yo creo que los que obran así con los inofensivos perezosos lo hacen por envidia, por ser incapaces de echar a nadar su alma, de dejarla ir de vacaciones por ríos y mares como hacen los poetas, por lagos y estanques, nadando con estilo libre como lo hacen los del-fines, sin duda. Todo porque ellos, los perezosos, son los únicos que saben que “el alma adora nadar”.

Hay que repetirlo una vez más: no nos podemos creer el cuento del homo faber como de naturaleza superior al homo ludens (“el juego es anterior a la cultura”, decía Johan Huizinga), ni mucho menos debemos sentir culpa cuando no asistimos al trabajo. Por todo esto se hace inolvidable una suerte de premisa taoísta que le adeudamos a la lucidez hiriente de Cioran, una consigna que a veces practico en algunas mañanas de desaliento: “Tomo una decisión, la anulo y me acuesto.”

Y como ya me va ganando no tanto el cansancio como la pereza de seguir escribiendo sobre la pereza, solo me resta invitar a que, en sintonía con el pensamiento de Aldous Huxley y de los muchos pares libertarios que he rastreado en este texto, permanezcamos vigilantes.

No nos dejemos convencer del discurso fatuo de los puritanos y de los hombres de negocios que nos quieren poner a trabajar, trabajar y trabajar. Es gente peligrosa, carece de imaginación.

Tomado de La Jornada.


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