Los teólogos de la revolución

Todo comenzó silenciosamente en el remoto aposento de un canónigo humilde, Copérnico

Todo comenzó silenciosamente en el remoto aposento de un canónigo humilde, Copérnico, quien movió, allá por 1506, una minúscula pieza del inmenso edificio medieval: le arrebató a la Tierra su puesto en los cielos. Esa movilización de lo inamovible hizo mutable todo lo inmutable: la fe, la cristiandad, las certezas, la autoridad y lo demás. Puede sospecharse que Copérnico intuyó la galerna que iba a desatarse. Así que murió sin meter un solo ruido, y su De revolutionibus apareció cuando yacía en el lecho de muerte. Estamos en el nacimiento de un río gigantesco: las revoluciones modernas, cuyas raíces “teológicas” deberíamos repensar. Pero la gran conmoción la iba a desatar un eremita agustino, pura pólvora, que amaba compulsivamente los ruidos: su nombre familiar era Luder, que en transcendente ocasión transformó en Luther, es decir, Eleutherius, el liberado. Nombre que es programa. Liberación que cambió el mundo para siempre. Se cumplen 500 años de aquel acontecimiento, mitad verdad, mitad leyenda, en el que, en vísperas de los difuntos, Eleuterio clava en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg las 95 tesis que originan el mundo moderno (en la numeración inicial eran 87). Dice Troeltsch que Lutero era un ser medieval. Puede. Pero es el creador del mundo moderno. Para bien y para mal.

Punto de rozamiento

Figura en tantos aspectos tremenda, por energía, bravura, cegueras, contradicciones, desasosiegos, compulsiones y polarizaciones. Escribió Goethe en el tercer centenario: “Dicho entre nosotros, en toda esta cosa (la Reforma) lo más interesante es el carácter de Lutero. Todo lo demás es una enrevesada nadería”. Se le ha adjetivado de mil maneras: primer rebelde moderno, “hercules germanicus”, “el” profeta alemán, héroe de su Pueblo, cloaca máxima, anticristo, lamedor de déspotas, ansia concupiscente. Estamos ante la primera estrella mediática de la historia. Fue un gigante de aquel siglo: por su impaciencia, energía, furia, brutalidad ocasional, capacidad polémica, sus mentiras, su soberbia o sus osadías.

Utilizando una metáfora geométrica suya, podríamos decir que Lutero es el punto de rozamiento entre una esfera inmensa -el Universo- y una línea débil, la Historia. Ocurrió lo que tenía que ocurrir: la explosión volcánica del mundo. De ese volcán salieron inmensas lavas y consecuencias: la conversión del hombre en Papa de sí mismo, la autonomía individual, la dimensión innegociable de la conciencia, el fin de la verdad única, la negación de la autoridad. Lo encontramos en la Dieta de Worms, con miedo de muerte ante Carlos V, pronunciando aquellas famosísimas palabras de leyenda: “Yo no puedo y no quiero retractarme de nada. Dios me ayude”. Un ser hipercontradictorio con mil caras culminando un enrevesado destino: ver cómo ocurría lo que no quería. Quería una Reforma -o purificación de la Iglesia- y causó la rotura y destrucción del llamado Reino de Dios en la Tierra.

Muchas figuras famosas se cruzaron en su vida. Su fiel Melanchthon, el suave Erasmo (al que Dilthey llamó Voltaire del siglo XVI) con su amarga disputa sobre el libre albedrío, o Calvino, quien abriría la vía reformista que llevaría al “espíritu del capitalismo” de Weber. Pero su mayor enemigo fue otro monje, protegido suyo: Thomas Müntzer, del que desconocemos la fecha de nacimiento pero que murió decapitado con menos de 40 años por orden de los nobles alemanes. No hay una Reforma, hay varias. Una, la Reforma Clásica (de Lutero), otra, la Reforma radical (de Müntzer). La de Lutero es una rebelión contra el Papa y la Iglesia, la de Müntzer es una Reforma contra el Papa de Roma y contra el “nuevo Papa” de Wittenberg y sus clérigos, “embalsamadores” de la Escritura. La de Lutero es una “Reforma para Príncipes”. La de Müntzer es una Reforma basada en el Sermón de la Montaña. Las escuelas marxistas han tratado de convertir a Müntzer en un mero revolucionario político, o en caudillo campesino. Incluso Bloch, que descubrió sus raíces místicas, le convierte en una especie de Lenin del siglo XVI, como criticó agriamente Kracauer. Pero no fue un profesional de la revolución, sino un “místico con el martillo”: quería imponer “el nuevo orden de Dios” (unión interior entre hombre y Dios). Su fondo fue siempre mesiánico: “Yo no llevo adelante mi obra, sino la de Dios”. Se sentía un “Nuncio de Cristo” enviado para convertir el corazón de cada hombre en mansión de Dios.

Líder de los miserables

Con ese propósito de instaurar el reino milenario de los justos Thomas Müntzer escribió textos tremendos contra los gobernantes alemanes. Principalmente el Manifiesto de Praga y el Sermón a los Príncipes de Sajonia, publicados en Tratados y Sermones (Trotta). Ese enfrentamiento brutal entre las dos Reformas desembocó en el drama de la Guerra de los Campesinos (1524-25), a la que Engels consideró la gran revolución preburguesa. Müntzer acabó convertido en líder de aquellos hijos de la miseria. Con esta justificación teológica: Dios da la espada a los poderosos para que protejan a los piadosos; si no lo hacen, su espada pasa al “hombre común”, y Dios les arrebata el señorío para entregarlo al pueblo humilde.

Uno de los que más alto han cantado los méritos de Müntzer fue Hugo Ball: “Nunca una revolución fue dirigida por un espíritu más sublime y más puro”. Y revisa, con dureza, el papel de Lutero: un déspota y dogmático sin sentido alguno para las necesidades de su pueblo; su postura en ese Levantamiento niega el espíritu cristiano; y revela, además, la raíz de la barbarie alemana: la incapacidad para la compasión. Para Ball, esa derrota de Müntzer trajo consecuencias desastrosas para el país: con Lutero la inteligencia alemana se convirtió en “sierva” de déspotas; él impidió que Alemania se pusiese al frente de la civilización de la libertad condenándola para siempre al feudalismo militar.

El final de ese Levantamiento no pudo ser más sangriento: los nobles aniquilaron a miles de campesinos, y torturaron y decapitaron a Müntzer. No fue la mayor tragedia. Lo peor fueron las palabras de Lutero, una licencia del asesinato brutal: “Hay que aplastarlos, estrangularlos y acuchillarlos secreta y públicamente por quien pueda, como se tiene que matar a un perro rabioso”. Sus cartas y escritos sobre los campesinos son detestables, y marcan uno de los momentos más miserables de su existencia.

Lo expresó Heine mejor que nadie: “La libertad es una nueva religión, la religión de nuestra época. Aunque Cristo no sea el Dios de esta religión, es su máximo sacerdote”. Y añade: “Müntzer tenía razón, Lutero no”. Para Heine, Müntzer es el heroico y desgraciado hijo de la patria que defiende la santidad del cielo y la igualdad de la Tierra. El mismo Lutero lo masculló: su muerte “cuelga de mi cuello”. Con su poderosísima pluma había aniquilado a su mayor enemigo por salvar la para él sagrada institución de la autoridad. Casi como Maquiavelo, y casi al mismo tiempo.

Tomado de ABC Cultural


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