La última batalla del Che en el Yuro

El Che ordena replegarse hacia el fondo de la cañada. Como el camino que habían recorrido era muy pelado,

El Che ordena replegarse hacia el fondo de la cañada. Como el camino que habían recorrido era muy pelado, de cualquier modo serían descubiertos. Pero Guevara, veterano guerrillero, sabe que lo mejor es tratar de pasar desapercibidos, tranquilos, para ver si el combate -que era previsible- se producía en la tarde. El asunto era prolongarlo hasta que cayera la noche; se hallan a unos 200 metros del firme, tomado por los soldados.
Ellos han visto a la tropa enemiga, pero quizá esta no los ha visto a ellos. Y así era, porque transcurren horas antes de que se produzca el choque. El Che no deja nada al azar. Ordena tomar posiciones y señala posibles salidas y lugares de reencuentro. Debe haber recordado lo grave que fue el no haber podido reencontrarse con el grupo de Joaquín, exterminado en el vado del Yeso el 31 de agosto.

En un relato hecho por los tres sobrevivientes cubanos a su regreso a Cuba en marzo de 1968, cinco meses después de la muerte del Che, señalaron que la defensa se distribuyó así: “Antonio, Chapaco, Arturo y Willy a la entrada de la quebrada; Benigno, Inti y Darío en el flanco izquierdo. En el flanco derecho Pacho, con la misión práctica de un puesto de observación, y en el extremo superior de la quebrada, Pombo y Urbano”.

En el centro, el Che con el resto de los combatientes, algunos de ellos enfermos como Moro y Eustaquio. El mismo Che ha tenido terribles ataques de asma y sin medicamentos; el Chino Chang pierde a cada rato sus anteojos, sin ellos no ve absolutamente nada.

Alrededor de la una y media de la tarde, el Che envía a Ñato y Aniceto a remplazar a Pombo y Urbano. Aniceto es alcanzado por una bala en el ojo. Se inicia el combate, que será a sangre y fuego: tableteo de ametralladoras, granadas, armas automáticas de distintos calibres, fusiles y hasta morterazos, disparados por el ejército.

Esto es lo que contaría Inti Peredo (solo quedaron vivos los tres cubanos y él, asesinado en La Paz el 8 de septiembre de 1969), pero Pombo, Benigno y Urbano contaron en marzo del 68 cómo le habían pedido a Aniceto -que con Ñato se encontraba en una posición intermedia entre el Che y ellos- que fuera a donde se encontraba Guevara para pedir orientaciones.

Al comprobar que el Che y su grupo se han movido de posición, y cuando regresa a informarlo, matan a Aniceto de dos balazos. Con esta muerte se inicia el combate.

Desde atrás de un árbol, Benigno, Inti y Darío tienen la mejor posición y logran hacerle varias bajas al ejército. Disparaban solo cuando el ruido de las armas enemigas se confundía con las de ellos. Así ahorraban munición y no se exponían a ser descubiertos. Hubo un momento en que los rangers pedían refuerzos, alegando que tenían muchas bajas. Y creyendo que los disparos llegaban desde el fondo de la quebrada.

Pombo y Urbano quedaron separados del mando porque, para regresar hasta donde estaba el Che, tenían que salir desde atrás de una piedra, sobre la cual les caía una ininterrumpida granizada de plomo. Pero primero logra salir Pombo, acosado a tiros, y luego lo hace Urbano, aprovechando el humo que ha levantado una granada que le cae enfrente.

Juntos avanzan hasta encontrarse con Ñato. Quebrada abajo se escucha un intenso tiroteo. No lo saben, pero es parte del grupo que junto con el Che se bate contra el ejército para proteger a los enfermos, y para que éstos puedan escapar del cerco. Con ellos está Pablito, el más joven de los bolivianos, valeroso hasta el suicidio, para protegerlos.

El cerco se cierra sobre el Che

Su sentido de compañerismo, su responsabilidad como jefe, lo prueba cuando divide a los nueve hombres que permanecen a su lado, en dos grupos: los enfermos se van mientras él y los que pueden combatir impiden que los primeros puedan ser exterminados. Deja a su lado, para cubrir la retirada de los enfermos, a cinco guerrilleros: Pacho, Antonio, Arturo, Willy y el Chino Chang.

Urbano y Benigno han contado que el combate violento duró hasta las cuatro de la tarde, más o menos, aunque siguieron escuchando disparos esporádicos hasta las seis. Están de acuerdo en que mientras el Che y sus compañeros cubren la retirada de los enfermos, el ejército logró cerrar en un anillo de fuego a este grupo.

Cuando el Che resulta herido por una ráfaga de ametralladora en la pantorrilla derecha, y una de las balas inutiliza su M2, además de que el asma retorna su pecho, sus compañeros lo confían a Willy para que trate de sacarlo. Desde la guerra en Cuba, siempre se hizo así con los enfermos y los heridos y ahora se aplicaba en su persona lo que él había practicado en todo combate en el que participó como jefe.

Willy (Simón Cuba) carga con su jefe ladera arriba, porque aparte de la herida, cuando Guevara tenía uno de esos ataques de asma apenas podía valerse por sí mismo. Entre tanto, sus hombres se baten desesperadamente. Así van cayendo uno a uno: Pacho, Olo, Arturo y el Chino, quien está ciego por completo pues ya perdió sus lentes. Apresado también, es conducido a la escuelita de La Higuera y asesinado el día 9 junto a Willy, poco antes de que ejecuten al Che.

El Che y Willy son sorprendidos por el cabo Balboa y los soldados Encinas y Choque, quienes los encañonan con sus fusiles. Aunque conserva inservible su M2 en las manos, el comandante Guevara ha perdido el magazine de su arma, por lo que no puede hacer nada.

En cuanto a Willy, no tiene tiempo de alzar su fusil, ya que los tres militares le apuntan con los suyos. Temeroso de que vayan a asesinar a su jefe, Willy grita: “¡Carajo, este es el comandante Guevara y lo van a respetar!”.

Herido, sin atención médica, permanece Ernesto Che Guevara en una de las aulas -en las otras están el Chino y Willy- de la escuela del poblado de La Higuera durante 18 horas, hasta que el suboficial Mario Terán entra al recinto con ánimo de asesinarlo, pero al ver los ojos del Che comienza a temblarle la metralleta con la que le apunta.

El Che, sereno, se levanta del banco donde estaba sentado y lo ayuda. Y da su última orden a un militar, aunque esta vez sea un militar enemigo:

“Póngase sereno y dispare, usted va a matar a un hombre”.

El día 12 caen en combate Moro, Eustaquio, Chapaco y Pablito.

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