La televisión pública en Costa Rica

El boato que rondó el nacimiento de la televisión pública en Costa Rica (Sinart) 1978, con la presencia de los reyes de España, recibida con beneplácito por la población y puesta en marcha por un partido emergente,

El boato que rondó el nacimiento de la televisión pública en Costa Rica (Sinart) 1978, con la presencia de los reyes de España, recibida con beneplácito por la población y puesta en marcha por un partido emergente, Renovación Democrática en coalición, desapareció casi por completo en el primer cambio de gobierno. Paradójico, porque no tendría que ser, pero es la realidad. El nuevo gobierno (1982) de bandera verde y blanca, no más entrando, sacó del aire los programas más emblemáticos y con mejor rating. El nuevo jerarca provenía de los medios privados y arrastraba, parecía, catizumba de compromisos. Sembró la incertidumbre programática y la ambigüedad de rumbos empezó a marcar el destino. Quien no se adhiere se excomulga. Gracias a esfuerzos colectivos de trabajadores, y después de ardua labor legal, los diferentes puestos fueron reconocidos por el Servicio Civil y gozaron de propiedad, que entrañó dificultades para jugar a la gallina ciega con el personal.

Luego vino otro gobierno verde y blanco que elevó el grado de improvisación a disparate: la autoadulación. Tratado como el más bello de los juguetes, los nuevos jerarcas despilfarraban el presupuesto en tonteras, cuyo primer ingrediente eran sus maquillados rostros en pantalla. Así corría la suerte de tan primordial medio, nombrando, sin ningún conocimiento, al primo del presidente de la República como director general (PUSC), y ocurrencias del todo novedosas, como apagar señales de radio y televisión del 24 de diciembre al 2 de enero, para echarse el personal a la bolsa, cuando sobran ojos para la pantalla (L.N.). El juego espurio del bipartidismo de tratarlo, de veras, como regalo navideño. Parecido a lo que hizo el presidente López Portillo en México (1976-1982), que nombró a su hermana Margarita responsable de la Dirección General de Radio, Televisión y  Cinematografía, y por tanto responsable del manejo de la televisión pública. Dirección que sin proyectos ni objetivos sirvió únicamente de apoyo a la gestión presidencial del hermano y a la ruina de la corporación.

Una televisión pública requiere de un presupuesto que le permita competir, en el sentido más sano del término, con la televisión privada. Los transmisores, equipos técnicos, su vida útil, repuestos y la carrera vertiginosa de la tecnología de punta, de pláceme ahora con lo digital, que estrena novedades cada mes, obligan a ser sensatos con el presupuesto. La televisión pública cargará siempre con el trauma irreversible del presupuesto. Si hay que ir a buscar en el mercado de la publicidad la subsistencia del mismo, de antemano lo han lanzado al suicidio y quebrantado sus principios.

Y por supuesto… requiere de personal profesional que haga frente a ese trabajo ciclópeo para mantenerse a flote en el maremágnum mediático que jalonea día y noche mentes y cuerpos.

La realidad ha sido otra, primó una y otra vez el interés político, y quien no alcanzaba una diputación, ministerio o presidencia ejecutiva de alcurnia, iba a parar al Sinart (la televisión pública no es un premio de consolación). Los objetivos de la institución estuvieron siempre en y solo en el papel. Los profesionales en comunicación brillaron por su ausencia. En sus inicios RTVE, de España, (que fue la matriz y donó equipos y programas) preparó camarógrafos, iluminadores, sonidistas, técnicos electrónicos, escenógrafos, maquillistas. Sin embargo, los puestos de dirección (al margen del primer director general Dr. Óscar Aguilar B.) fueron desempeñados por ellos y después emigraron.

Los operadores preparados en el Sinart y muchos que vinieron de otras empresas flechados por el nuevo medio, y también por los salarios, porque iba en serio la cosa (la intención: ser escuela centroamericana), fueron el mejor soporte, pero sin dirección. Cada nuevo Director General, a los días de andar por los pasillos de la institución ya había elaborado su programita personal con descomunal presupuesto (salida semanal de unidad móvil, personal en grande, etc.), reduciendo costos y posibilidades a los programas de verdad. Los intentos educativos generados desde el ministerio de educación eran el sumun de la aburrición, preparados por gente que si acaso había encendido un televisor, sin estructuras, sin movimiento, trasladando el aula tal cual, a un estudio de televisión, desoyendo consejos (¿quién se le puede atravesar a un profesor?) y haciendo gala de sus presencias no más porque habían sido bendecidos en la tómbola de la imagen.

El resto de la producción propia, a pesar de los recortes programáticos para rebajar animosidad en lo privado, y de un financiamiento cada día menor, generaron gran interés por la producción nacional (uno de sus grandes aportes). Productores, guionistas y realizadores crecían profesionalmente. Los medios privados pusieron ojo en la producción nacional. El retrato de nuestra cotidianidad se convirtió en un oficio novedoso apetecido por la juventud y por la audiencia.

Desde las cúpulas del poder siempre navegó una falta de compromiso para con los medios de comunicación públicos. Privatizarlos estuvo mucho tiempo entre las opciones, dizque para salvarlos, entregarlos a una fundación, o algo por el estilo. Liberación Nacional apostaba por su proyecto Fundación Ondas del Saber, la Unidad Social Cristina por entregarlo a la Conferencia Episcopal, que nada había solicitado, y donde aparecía casi ya con el medio en la bolsa el controversial cura Minor de Jesús Calvo. Tiempos en que después de manejarlo a su antojo el cura, vino un período de oscurantismo y permaneció fuera del aire meses, un jugueteo desastroso propiciado por Liberación, en aras de engullirlo.

Ambos proyectos cedían jugoso porcentaje de programación a la Iglesia católica (¿buscaban bendición?). Siempre fue el talón de Aquiles de Liberación su lejanía con los medios de comunicación en manos de una oligarquía opositora. Manejó Teleonce S. A. (sus socios figuras prominentes de Liberación) y para alimentar la palestra política cundían rumores de si el financista prófugo Robert Vesco era socio. Igual que el periódico Excelsior, Teleonce también fracasó. Su obra cumbre fue la producción Cubaces tiernos en abril, la novela de José Figueres Ferrer.

La realidad es que el proyecto de Fundación Ondas del Saber tironeado por don Guido Sáenz, nunca prosperó por el precedente de la Peni. La entrega que hizo Rafael A. Calderón, presidente de la República (Unidad Social Cristiana 1990-1994), de la Penitenciaría Central a su señora esposa doña Gloria, como bien público que pasó a manos privadas, tamaño regalo, sin discutir ahora el desarrollo del Museo del Niño que bien puede considerarse exitoso. Ese precedente salvó al Sinart de ser privatizado por manos políticas interesadas. Por ley, se prohibió desde entonces entregar bienes públicos a fundaciones privadas, por más que el discurso sea el interés público y “sin fines de lucro”. Siguió viva la hija pródiga de la comunicación mediática.

Esa ha sido la historia, borrar la huella tonta, espuria, antidemocrática, de los adalides de la comunicación. La ficción es parte de la realidad, o la realidad parte de la ficción. Lo de institución autónoma no ha corrido. Su mayor problema han sido los políticos mediocres, imbuidos en el retrato de la meritocracia, gente que llena un puesto, pero la pantalla no tiene recreos. Requiere trabajo día y noche, creatividad, esfuerzo, investigación, producción, relaciones, programación, rigor y, por supuesto, conocimiento del medio. El tiempo no perdona.

Como encender un televisor es cosa fácil, muchos creyeron que era pan comido. Su mayor mérito ha sido la supervivencia, y a veces se nota empeño en quienes llegan. Cuarenta y dos años le auguran una vida plena.

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