La reconstrucción imperial y el enigma de la diferencia rusa

La Catedral del Cristo Salvador fue construida en Moscú entre 1839 y 1883, obedecía a un proyecto decidido por el Zar en 1812 con la finalidad de conmemorar la victoria sobre las tropas de Napoleón.

La Catedral del Cristo Salvador fue construida en Moscú entre 1839 y 1883, obedecía a un proyecto decidido por el Zar en 1812 con la finalidad de conmemorar la victoria sobre las tropas de Napoleón. Fue diseñada en el estilo bizantino tradicional y sus proporciones eran monumentales, simbólicamente reunía la corona imperial con la Iglesia Ortodoxa y el nacionalismo ruso que celebraba la victoria frente a la invasión francesa.

 

La Catedral del Cristo Salvador en 1900                

Destrucción de la Catedral en 1931

La Catedral del Cristo Salvador hoy

En 1931, el gobierno soviético decidió demoler la Catedral para construir en su estratégico lugar el Palacio de los Soviets, monumento que celebraría el triunfo del comunismo. El grandioso plan arquitectónico no se pudo concretar y luego de la II guerra mundial fue abandonado; en su lugar, se construyeron varias instalaciones deportivas.

En 1994, luego del fin de la Unión Soviética, comenzó la nueva construcción de la Catedral del Cristo Salvador, la cual fue concluida en 1999 siguiendo los diseños originales. En 2000, la Catedral fue utilizada para la canonización del Zar Nicolás II y su familia, asesinados, como se sabe, durante la revolución bolchevique en 1918. En 2007 allí fue celebrado el funeral de Estado de Boris Yeltsin, primer presidente de la Federación Rusa (1991-1999). Desde su inauguración en 2000, la Catedral del Cristo Salvador ha sido un nudo simbólico de Rusia: el Estado, la Iglesia Ortodoxa y el alma nacional más profunda.

La Catedral del Cristo Salvador hoy

El episodio ilustra bien la profunda voluntad de restaurar el pasado nacional glorioso, de Iván el Terrible a Pedro el Grande, incluyendo también el periodo soviético. Esto no deja de ser paradójico y difícil de entender, luego de una revolución como la bolchevique que se propuso borrar las huellas del pasado y abrir el camino, no solo de Rusia sino de la humanidad entera, hacia un futuro comunista utópico.

Veamos algunas características generales de la Federación Rusa. Lo primero es el peso geopolítico, expresado en una extensión territorial inmensa, masivamente continental. Con 17 millones de kilómetros cuadrados de extensión, Rusia dobla prácticamente el tamaño territorial de los Estados Unidos, al igual que el de China y el de Brasil.

Sin embargo, en términos demográficos, la perspectiva es diferente:  Rusia tiene hoy unos 143 millones de habitantes, es decir, aproximadamente la mitad de la población de los Estados Unidos; también bastante menos que la población de Brasil (208 millones) y muchísimo menos que la de China (1.372 millones). En 2016, el producto interno bruto per cápita, medido en términos reales (US $ de 2011), era de 23 mil dólares, la mitad del de Estados Unidos o del de Holanda en el mismo año.

La inmensidad territorial y la debilidad relativa, en términos demográficos y económicos, enmarcan otros hechos innegables: Rusia es una gran potencia militar, con una considerable fuerza nuclear estratégica y es también una potencia espacial y aeronáutica; y dispone de vastos recursos minerales, sobre todo en metales, gas y petróleo. La industria y la red interna de transportes (trenes, transporte fluvial, red vial), al igual que la agricultura, han tardado en modernizarse luego del shock que significó el fin de la Unión Soviética en 1991; una reconversión difícil, y a menudo traumática, que tomó más de 20 años, pero finalmente está dando resultados positivos.

La contaminación sigue siendo elevada y todavía sigue constituyendo una herencia pesada del modelo soviético de industrialización, en el cual los desechos iban sobre todo a los ríos, lagos y arroyos; el manejo de los desechos nucleares sigue también siendo problemático. La pobreza se ha reducido sensiblemente, de un 29% de población viviendo por debajo del límite de pobreza en 2000, a un 13,4% en 2016.

Rusia es una gran potencia militar, con una considerable fuerza nuclear estratégica y es también una potencia espacial y aeronáutica.

La proporción de población que utiliza internet frisa el 80% en 2016, algo parecido a lo que ocurre en Estados Unidos y la Unión Europea. Y la sociedad de consumo se expande: crece el número de familias con automóvil propio y se expande el consumo de electrodomésticos y de bebidas no tan tradicionales como la cerveza, el vino y el champán; entretanto, IKEA, la cadena sueca de muebles y artículos para el hogar, seduce a las familias rusas. Otro aspecto significativo es la reducción en la mortalidad; la tasa bruta de mortalidad bajó a 13,1 por mil habitantes en 2015 frente a un 15,7 por mil habitantes en 1994; sin embargo, todavía estamos lejos del 8,9 por mil a que se había llegado en 1970. La natalidad también ha ido en aumento y en 2012 superó la mortalidad, invirtiendo una tendencia a la baja presente desde 1992.

Repasemos ahora las constantes de larga duración presentes en la Rusia actual. Estas persistencias son las que establecen una fuerte diferencia con los países occidentales y deben incluirse si se pretende un análisis serio de los conflictos y desafíos en el mundo de hoy.

La diversidad étnica

El censo de 2002 registró un 79,9% de población rusa y un 20,1% de habitantes perteneciente a otros grupos nacionales: tártaros, ucranianos, judíos, armenios, georgianos, chechenos, baskires, etc. Por otra parte, debe notarse que en las fronteras de la Federación Rusa, en el Cáucaso y en Asia Central, se encuentran países como Armenia, Azerbaiyán, Kazajistán, Uzbekistán, Turkmenistán y Kirguistán, entre otros, que formaron parte de la Unión Soviética y están poblados predominantemente por etnias no rusas. Esta diversidad étnica tiene muchos siglos de existencia, ha sufrido guerras, traslados forzados y procesos de migratorios, pero ha estado fuertemente presente tanto en el Imperio de los Zares (1547-1917) como en la Unión Soviética (1917-1991).

Conviene recordar que la expansión territorial rusa hacia Siberia comenzó a fines del siglo XVI y fue tanto una conquista militar para proteger las fronteras de posibles invasiones, como una empresa de colonización campesina (en Siberia no existía la servidumbre) para explotar los vastos recursos naturales disponibles (madera, minerales, etc.). En este largo proceso escalonado a lo largo de más de dos siglos, las poblaciones (de etnias diversas y dispersas) que habitaban esos territorios, fueron sometidas e integradas poco a poco al dominio ruso. El ferrocarril trans-siberiano que une Moscú y Vladivostok fue construido entre 1891 y 1917. Siberia funcionó también como una tierra de prisiones y exilios; hacia fines del siglo XIX, se estima que había allí unos 200.000 exiliados, incluyendo criminales, prisioneros políticos y sus familias.

La Iglesia ortodoxa

Tras la disolución de la Unión Soviética se ha producido un vigoroso renacimiento de la Iglesia ortodoxa. Una ley votada en 1997 reconoció cuatro religiones tradicionales: la ortodoxa, el islam, el budismo y el judaísmo. Otras religiones como el catolicismo y el protestantismo son percibidas como asociadas a occidente y no son tomadas en cuenta oficialmente.

La Iglesia ortodoxa cuenta con un 60% de fieles, en el total de la población, y debe reconocerse no solo como una religión tradicional sino también como un importante elemento de identificación étnico-cultural.

A pesar de que el estado es laico, la Iglesia ortodoxa tiene una presencia creciente a los niveles más diversos: en la educación, en las Fuerzas Armadas, en los monasterios e iglesias restauradas, y en celebraciones masivas como las que ocurren en Moscú en la primavera, cuando las reliquias que se guardan en la Catedral del Cristo Salvador son expuestas al público.

Las relaciones entre el Estado y la Iglesia ortodoxa son muy estrechas y cumplen un papel ideológico fundamental. Hay que notar, por ejemplo, que en 2006 en uno de sus concilios, la iglesia promulgó una Declaración de los derechos y de la dignidad del hombre, en la cual se marcaba una profunda distancia con la visión individualista y liberal occidental, indicándose además que estos derechos podían ser manipulados por los occidentales para la injerencia política y cultural; a la vez, se indicaba que hay otros valores, tan importantes como los derechos humanos, como la “fe, la moral, lo sagrado y la patria”. A la luz de esto, se puede entender mejor la declaración de Vladimir Putin en 2005, cuando visitaba oficialmente el Monte Athos, y declaró que Rusia era una “potencia de la fe ortodoxa” con 130 millones de almas.

La autocracia

La autocracia, en distintas variantes, ha sido el régimen político dominante en Rusia desde su constitución como un estado moderno. Los Zares se consideraban herederos del Imperio Bizantino y mantuvieron una simbiosis profunda entre la cruz y la espada. Pedro el Grande, Zar desde 1682 hasta 1725, quiso aproximar Rusia a la modernidad europea y entre otras cosas, en 1712 trasladó la capital de Moscú a San Petersburgo, la ciudad que había fundado en 1703 y que fue planeada y construida siguiendo modelos franceses. Situada en la costa del Báltico, San Petersburgo era considerada como una “ventana hacia Europa”. Pedro el Grande quiso aplicar un concepto abstracto del estado autocrático, siguiendo en esto también las concepciones occidentales; esta idea siempre estuvo en conflicto con la concepción tradicional que encarnaba la autocracia en la persona divina del Zar, guiado por Dios y “amado” por el pueblo. De hecho, los sucesores de Pedro el Grande siempre oscilaron entre estas dos concepciones, pero en el último de los Románov, el Zar Nicolás II, acabó predominando con creces la concepción tradicional; eso bloqueó, como se sabe, todos los intentos de transformación institucional en los años anteriores a la revolución de 1917.

El régimen soviético fue autocrático, con el poder concentrado en el Partido Comunista y la impronta fuertemente personal de Lenin primero y de Stalin después; el cristianismo ortodoxo fue reemplazado por la ideología comunista secular, elaborada e interpretada por el Partido; las similitudes con la autocracia de los Zares han sido señaladas a menudo y a veces justificadas, dado el supuesto “espíritu instintivamente anárquico del pueblo ruso.”

Disuelta la Unión Soviética en 1991, la Federación Rusa ha adoptado un régimen fuertemente presidencialista, donde la impronta personalista es notable, desde la presidencia de Boris Yeltsin (1991-1999) hasta la reciente de Vladimir Putin, en el poder desde 2000. La concentración del poder en el presidente, el manejo a menudo autoritario y la fuerte vinculación con la Iglesia ortodoxa, alejan el modelo político ruso de los moldes democráticos occidentales. Algunos politólogos rusos han visto similitudes con el modelo autoritario del PRI mexicano. En todo caso, parece claro que el nuevo régimen político ruso todavía carece de una plena consolidación.

Inseguridad geopolítica

Otra constante de la historia rusa es el sentimiento de inseguridad geopolítica.  Stalin lo expresó con claridad meridiana el 5 de febrero de 1931:

“La historia de la vieja Rusia consistía, entre otras cosas, en que era constantemente batida por su atraso. La batieron los kanes mongoles. La batieron los beys turcos. La batieron los señores feudales suecos. La batieron los panis polacos y lituanos. La batieron los capitalistas ingleses y franceses. La batieron los barones japoneses. La batieron todos, por su atraso. Por su atraso militar, por su atraso cultural, por su atraso estatal, por su atraso industrial y por su atraso agrícola. La batían porque ello era lucrativo y porque se podía hacer impunemente.”

La seguridad de las fronteras es un tema constante bajo los Zares, la Unión Soviética y la Federación Rusa. Otro asunto crucial es el de buscar salidas del enclave continental. Pedro el Grande derrotó a Suecia y pudo consolidar la salida hacia el Báltico; la frontera polaca y lituana fue otro factor importante que incluyó el fin de Polonia como estado entre 1768 y 1795; la salida hacia el Mar Negro y el Mediterráneo implicó guerras intermitentes con los turcos y solo quedó asegurada hacia 1829. En cambio, el objetivo de controlar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, nunca fue conseguido.

Al concluir la segunda Guerra Mundial, Stalin logró consolidar, gracias al rotundo triunfo militar sobre la Alemania Nazi, una nueva frontera gananciosa con los países europeos, la cual quedó todavía más fortalecida con el triunfo comunista en Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria.

Otra zona de conflictos fue el Asia Central, con frecuentes choques entre rusos y británicos durante la segunda mitad del siglo XIX; Irán y Afganistán se convirtieron en zonas de influencia y disputa. En el Extremo Oriente el choque con la expansión japonesa creció a partir de 1895 y culminó en 1905, con una humillante derrota rusa. La extensa costa rusa en el Ártico ha sido también, desde 1920, objeto de atención y preocupación, como ruta de navegación solo es plenamente utilizable de junio a setiembre; sin embargo, dada la tendencia al deshielo que afecta el Ártico, las posibilidades de un uso más extendido están obviamente planteadas. Por otra parte, los recursos naturales explotables de la zona (sobre todo gas, petróleo y pesca) son particularmente abundantes.

Los valores comunitarios

Emmanuel Todd (Où en sommes-nous? Une esquisse de l’histoire humaine. Paris, 2017) piensa que es la permanencia de los valores comunitarios lo que ha permitido, luego de la turbulenta década de 1990, la emergencia de una democracia autoritaria estable. La fuerza de la integración colectiva sería lo que ha permitido que Rusia, en una era de auge del ultra-individualismo, logre enfrentar la anglosfera, un mundo tres veces más vasto y diez veces más rico.

Antropólogo histórico, Todd ha desarrollado desde 1983 la hipótesis de una relación general entre los sistemas familiares campesinos y las ideologías que aparecieron en el curso del proceso de alfabetización masiva.

En el caso de Rusia, el irresistible ascenso del sueño colectivista realizado por Stalin, a partir de 1929, no podría ser explicado sin la existencia de un fondo antropológico que predisponía a dicha experiencia. Este fondo antropológico consiste en el predominio ancestral de un sistema familiar comunitario patrilineal, el cual, en contraste con el de la familia nuclear, asocia fuertemente al padre con sus hijos casados.

El mir, es decir, la comunidad campesina tradicional, regida por un consejo de ancianos, regulaba y enmarcaba todos los aspectos de la vida rural dentro de la aldea; nótese que, por otra parte, la palabra mir tenía también otros significados como mundo, paz y universo. Fuera del mir, los campesinos no obedecían la ley sino más bien la autoridad de los terratenientes y funcionarios del gobierno.

El régimen soviético aprovechó y recicló este fondo cultural comunitario, el cual sobrevivió en la larga duración. El pueblo ruso superó la caída del comunismo gracias a las persistentes solidaridades familiares, locales y regionales.

Según Todd, con Putin surge finalmente un nuevo grupo dirigente que busca realinear el sistema social sobre estos viejos valores comunitarios. Esto daría sentido a la construcción de un estado fuerte, que modera la economía de mercado e intenta revivir el aparato industrial bajo un esquema proteccionista.

La diferencia rusa

En el contexto internacional actual, parece que Rusia, al igual que China, ha renunciado a una zambullida en el liberalismo y el ultra-individualismo feroz. Y retomando herencias y legados culturales propios intenta una reconstrucción imperial original. En un mundo multipolar tiene, en todo caso, un lugar asegurado.

La Federación Rusa

La ruta rusa del ártico (Pascal Marchand, Atlas géopolitique de la Russie. Paris, 2007)


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