La pandemia y el miedo

Si, como se suele decir, la primera baja en una guerra es la verdad, la primera muerte en una pandemia de miedo es la sensatez.

Si, como se suele decir, la primera baja en una guerra es la verdad, la primera muerte en una pandemia de miedo es la sensatez. Personas al uso de pensamiento atinado y lúcido se convierten en paranoicas silentes paralizadas por la duda irracional o en especuladores conspirativos ávidos de alguna certeza, aunque esta falte a la evidencia empírica.

El miedo, diseminado socialmente ante una eventual amenazada pública, potencial o imaginaria, reclama los autoritarismos. Así, excusas como la expansión territorial o el enemigo nacional promueven las guerras y, en ellas, la institución del ejército pasa a controlar el poder autoritario. De la Modernidad en adelante la salud pública se convirtió en tema principal de la cohesión social. De ahí que las amenazas a la salud pública vinieran a constituirse como argumentos principales para el ejercicio de poderes autoritarios.

La muerte en Venecia (1971) adaptación de la novela de Thomas Mann por Luchino Visconti. El cólera en la ciudad de los canales: mientras las autoridades lo ocultan para no alejar el turismo, un viejo autor agoniza por un amor platónico inconfesable y los estragos de la epidemia.

Sobre estos temas, la pandemia del SIDA, en las últimas dos décadas del siglo pasado, provocó mucha reflexión, que hoy parece quedar en el olvido.

Los sujetos en una sociedad aceptan sacrificar su libertad y sus garantías individuales si con ello conjuran los miedos por los que se sienten amenazados.

La sumisión, entonces, acompaña al autoritarismo en un comportamiento social excepcional. Generalmente, cuando ha pasado ese periodo de excepcionalidad y las sociedades vuelven a la normalidad, ya no son las mismas. Las relaciones de poder se han reacomodado; hay vencedores y vencidos, normas que se deben acatar, reglas, leyes, aceptadas o impuestas durante el periodo de excepción. El alivio ante la amenaza rechazada ha cobrado el precio de una pérdida subjetiva, precio que se ha pagado con gusto ante las dimensiones del miedo.

Se ha dicho que la ignorancia engendra o, cuando menos, estimula el miedo. Nada pone más a prueba nuestra ignorancia que constatar el hecho de que siga existiendo un cuerpo pero que ya no exista en él la vida.

En la época presente en que la tecnología ha exacerbado el acceso del ciudadano común a la información, no al conocimiento, las posibilidades de propagación de una pandemia de miedo son veloces y de consecuencias difíciles de prever.

La peste de Albert Camus, de 1948, apunta a una visión crítica de la pérdida de valores humanos en la sociedad y que la crisis saca a flote. Varias veces llevada al cine.

Las temibles cifras de indigentes, tan presentes en las grandes ciudades y tan invisibles en las estadísticas, y la fragilidad de los excluidos por la desigualdad, ahora las hace visibles la brutal hemorragia incontenible de decesos que un nuevo coronavirus produce en el mundo globalizado. Cunden cadáveres de muchos que, ya de por sí, apenas medio vivían.

La epidemia en algunas ciudades evidenció sistemas de salud pública insuficientes. La pandemia en el mundo entero mostró una peligrosa inclinación al autoritarismo y la sumisión ante la alarma difundida en sobredosis de información.

Desde hace varias décadas, el lenguaje sutilmente xenófobo de las historias de zombis ha decantado su sedimento de pánico. Luego, términos como epidemia, pandemia y contagio pasaron a articular el léxico del miedo.

El nuevo virus vino a sumarse a otras epidemias como la obesidad, la hipertensión arterial, la diabetes, los inmunodeprimidos, los enfermos crónicos, las patologías de vías respiratorias, y el resultado fue devastador.

El sueño de la razón produjo monstruos y la humanidad entera parece haber saltado del siglo XXI a la Edad Media.

Diario del año de la peste de Daniel DeFoe de 1722, acerca de la plaga negra en Londres en 1664. A la manera de una crónica el autor cuenta con detalle la experiencia de la gran urbe enferma.

Boccaccio

El Decamerón o Príncipe Galeotto, escrita por Giovanni Boccaccio entre 1348 (año en que vivió la peste en Florencia) y 1353, fue su respuesta llena de ingenio, humor, ironía y sensatez a la desesperanza y el miedo que la muerte imponía en su amada Florencia, asolada por la peste bubónica. Es considerado principal en la literatura universal y afectó e inspiró a lo largo de los siglos a muchas otras obras escritas, pictóricas, musicales y cinematográficas.

El Decamerón sufrió las llamas de la hoguera de las vanidades del fanático Savonarola en el martes de carnaval de 1497, pues lo consideraba inmoral y pecaminoso.

Por otro lado, muchos artistas lo han tomado como inspiración y motivo para celebrar la vida y la libertad o como modelo literario, como es el caso de las Novelas ejemplares de Cervantes o Los cuentos de Canterbury de Goeffrey Chaucer.

Boccaccio escribió una obra que se centra en el amor humano, en casi todas sus vertientes, y en las mujeres a quienes da protagonismo.

A continuación, presentamos extractos del inicio de El Decamerón, donde la semejanza con la actualidad seis siglos y medio después es, cuando menos, inquietante:

Informe sobre la ceguera de José Saramago, analiza los cambios en la conducta de las personas y la sociedad por la epidemia. Fue llevada al cine.

“Humana cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de él necesitado o le fue querido o ya de él recibió el contento, me cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y noble amor (tal vez, por yo narrarlo, bastante más de lo que parecería conveniente a mi baja condición aunque por los discretos a cuya noticia llegó fuese alabado y reputado en mucho), no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo: ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún razonable límite me dejaba estar contento, me hacía muchas veces sentir más dolor del que había necesidad.”

Sobre la estructura de la obra explica:

“…en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias, como las queramos llamar, narradas en diez días, como manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las dichas señoras.”

En los siguientes párrafos subrayamos pasajes que parecieran describir la actualidad:

“Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo.”

“Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho.

Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba.”

“Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender.”

Pier Paolo Pasolini recrea 9 de los 100 relatos de El Decamerón (1971), como parte de su trilogía de la vida, con las películas Los cuentos de Canterbury (1972) a partir de la obra de Goeffrey Chaucer, que son influenciados por Boccaccio, y la última con base en el clásico anónimo Las mil y un noches (1974).

Historias de libertad en cuarentena

“…en la venerable iglesia de Santa María la Nueva, un martes de mañana, no habiendo casi ninguna otra persona, oídos los divinos oficios en hábitos de duelo, como pedían semejantes tiempos, se encontraron siete mujeres jóvenes, todas entre sí unidas o por amistad o por vecindad o por parentesco, de las cuales ninguna había pasado el vigésimo año ni era menor de dieciocho, discretas todas y de sangre noble y hermosas de figura y adornadas con ropas y honestidad gallarda. Sus nombres diría yo debidamente si una justa razón no me impidiese hacerlo, que es que no quiero que por las cosas contadas de ellas que se siguen, y por lo escuchado, ninguna pueda avergonzarse en el tiempo por venir, estando hoy un tanto restringidas las leyes del placer que entonces, por las razones antes dichas, eran no ya para su edad sino para otra mucho más madura amplísimas; ni tampoco dar materia a los envidiosos (prestos a mancillar toda vida loable), de disminuir en ningún modo la honestidad de las valerosas mujeres en conversaciones desconsideradas.”

Así introduce Giovanni Boccaccio su delicioso canto a la vida. Como corolario veamos ahora algunas obras que también se narran desde ese lugar excepcional que es la epidemia.

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