Nona Fernández

“La memoria es un monstruo vivo”

Nona Fernández es una escritora polifacética, sus letras se deslizan sin dificultad por diferentes registros: teatro, televisión y literatura.

Nona Fernández es una escritora polifacética, sus letras se deslizan sin dificultad por diferentes registros: teatro, televisión y literatura.

En 2011 fue elegida por la Feria del Libro de Guadalajara como uno de los 25 Secretos Mejor Guardados de la Literatura Latinoamericana. El año pasado obtuvo el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La dimensión desconocida (2016). También ha publicado Mapocho (2002), Av. 10 de Julio (2007), Fuenzalida (2012), Space invaders (2013), Chilean Electric (2015) y el volumen de cuentos El cielo (2000).

En su obra es constante la reconstrucción de la niñez, marcada por la dictadura de Pinochet, y la mezcla de géneros: novela histórica, periodismo, diario. ¿Se podría catalogar su obra como “escritura de la memoria”?

–Es peligroso etiquetar a los autores. Nos condenan a escribir sobre un tema, y un autor es mucho más que eso. Creo que son fórmulas de mercado o pautas del análisis académico que tiendo a mirar con suspicacia. Si me van a catalogar, no seré yo quien lo haga.

Sus personajes, especialmente en Space invaders, construyen el recuerdo a través de los sueños. ¿Es una forma metafórica de representarlo?

–La memoria es tramposa, arbitraria y tremendamente personal. Nada es preciso en ella, todo es cuestionable, todo es relativo, y eso es lo maravilloso, porque definitivamente la memoria no es confiable, lo mismo que los sueños. No existe una memoria objetiva, que se detenga, que se pueda fotografiar, que se pueda dar por sentada. La memoria es un monstruo vivo, hecho a retazos, mitad realidad mitad ficción, tejido con el mismo material con el que se tejen los sueños. Los recuerdos nos obligan a estar alertas, a activar la mente, a completar, a dar sentido. La memoria es un motor de vida y de reflexión inagotable.

¿Escribe para luchar contra el tiempo, para reconciliarse con la niña y joven que fue, o, a diferencia de sus contemporáneos, para no olvidar los terribles días de la dictadura?

–Escribo como una manera de estar en el mundo, para tratar de entender lo que me rodea. Soy parte de una generación guacha. Guacho en Chile es el huérfano, el que no tiene papá ni mamá. Históricamente somos los nacidos en dictadura, en tiempos en que la generación de nuestros padres estaba con la cabeza en otra parte: algunos en shock, algunos muy golpeados por las pérdidas, algunos muy ocupados intentando resistir, otros definitivamente no estaban, los habían matado, y otros, los más, un poco locos de miedo, de ceguera, de tontera y estupidez. Entonces, nuestros padres nunca fueron buenos interlocutores a la hora de dar explicaciones o de narrar lo que pasaba.

Crecimos un poco perdidos en el espacio –prosigue–, desconcertados, sin comprender del todo lo que ocurría a nuestro alrededor, con preguntas atragantadas y enigmas sin resolver. Había atentados, muertos, matanzas, desapariciones, marchas, protestas, delatores, y todo iba configurando un puzzle oscuro difícil de resolver. Cuando llegó la democracia, pensamos que todo se aclararía, pero no fue así. Muchas preguntas se quedaron sin respuestas y el puzzle seguía ahí, lleno de acertijos.

Mi trabajo se ha ido enfocando en el intento de ir resolviendo ese puzzle, de ir investigando y de ir encontrando las respuestas. Creo que a mi generación le toca hacer el trabajo de reconstitución, “ficcionar”, apropiarse de los hechos, pasarlos por nosotros, sacarlos de la oficialidad y el museo, e instalarlos en ese inconsciente colectivo donde los pedacitos se vuelven un todo más complejo y poderoso. De ahí mi interés de trabajar sobre hechos reales.

En su novela Chilean Electric está muy presente su abuela. ¿Fue su influencia para escribir?

–De una manera lateral, creo que sí. Primero con sus cuentos y sus relatos de recuerdos reales e inventados, y luego por su oficio. Como buena secretaria ministerial, registraba en su máquina de escribir los informes que dejaban por escrito todo lo que pasaba en el Ministerio del Trabajo cuando ella laboraba ahí. Si ella no lo hacía, era como si las cosas no pasaran. Yo leí muchos de esos informes. Heredé su máquina de escribir y la labor del registro. Si no registro y no escribo lo que creo importante, quizá la oscuridad del olvido termine por tragarse esos materiales.

También en Chilean Electric, cuando se refiere a Allende, escribe: “(…) no tenía imágenes de él, era solo una sombra oscura y desenfocada… Mis primeros años de vida, Allende no tuvo rostro ni cuerpo, solo tuvo voz”. ¿Cómo fue para usted construir el concepto de democracia habiendo nacido en una dictadura?

–Todavía los chilenos no logramos construir un concepto de democracia. Mientras sigamos regidos por la constitución que redactaron los militares, es imposible creer que habitamos una democracia real.

Cuando se habla de la literatura chilena de los últimos años, algunos cuestionan que siempre en sus historias aparezca Pinochet.

–Vengo de una generación que está medio condenada al recuerdo. No fuimos los protagonistas de esos años, pero crecimos ahí, los observamos y hasta intentamos movilizarnos. No lo elegimos, pero así fue. En un país donde aún no terminamos de recordar, de resolver, de enjuiciar a los culpables, de saber las verdades completas; en un país donde el pinochetismo aún está vivo y tiene tribuna, un país que pactó con los militares la llegada de la democracia, y que tranzó mirar hacia adelante y dejar su pasado atrás para tener la fiesta en paz, tenemos derecho a la escritura. A intentar entender desde ahí. A enfocar desde ahí. A iluminar desde ahí. A reclamar desde ahí. Me obsesiona la memoria y el pasado de esos años porque creo que es la única manera de entender al Chile del presente. El pasado es un mapa, una hoja de ruta para el futuro.

¿Se identifica con otros autores que han escrito sobre las dictaduras en sus países?

–Más que identificarme, me interesan los proyectos con esta temática.

Isabel Allende, Roberto Bolaño, Pablo Neruda, Alejandro Zambra, Pedro Lemebel, José Donoso…

–Creo que la literatura chilena es bastante más rica que los nombres que menciona, todos escritores consagrados e importantes, por supuesto. Pero hay una efervescencia y vitalidad en este momento que es interesantísima. Multiplicidad de proyectos, de miradas. Las editoriales independientes han ayudado a esta revitalización de la escritura, ya que tienen curatorías más arriesgadas. Y quiero destacar el trabajo de las escritoras, se viene una gran generación de mujeres con mucho talento y power: Paulina Flores, Romina Reyes, Alia Trabuco, Mónica Dröulli, María José Navia, por mencionar algunas.

En sus historias es recurrente el Combate naval de Iquique y como era representado en el colegio. ¿Por qué este hecho la marcó tanto?

–Porque a la luz del tiempo es un recuerdo tremendamente inquietante. Disfrazar a los niños de marinos y hacerlos pelear año a año contra la armada peruana es una cosa muy delirante. Representar la guerra, jugar a los soldaditos, articular desde la más tierna infancia la distancia con los pueblos vecinos es una cosa de no creerlo, ¿no? La militarización de nuestra niñez se ve graficada en esa imagen que repetíamos todos los 21 de mayo.

¿Qué palabra borraría de su diccionario y por qué?

–Ejército. Los chilenos pagamos demasiado dinero por mantener al ejército. Si borramos la palabra, quizás ese dinero se iría a fines más nobles que preparar gente loca para la guerra.

Finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Nona Fernández?

–Es una ventana abierta a la calle, por la que entra mucho ruido. Yo me alimento y escribo sobre ese ruido.

Tomado de El Universal


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